Una imagen de la carretera Trabanca en el municipio salmantino de Villarino de los Aires

Una imagen de la carretera Trabanca en el municipio salmantino de Villarino de los Aires

Opinión

Arribes y la España olvidada: carreteras secundarias en ruinas

"Resulta difícil de justificar que, en la actualidad, la Diputación de Salamanca consienta el deterioro extremo de la vía Trabanca a Villarino, comprometiendo seriamente la seguridad de conductores, ciclistas y peatones que la utilizan."

Publicada

Por mucho que las estadísticas oficiales quieran maquillar la realidad, basta con abandonar las autovías para comprobarlo: la red secundaria de la provincia de Salamanca, especialmente en la comarca de Arribes, se cae a pedazos. Y no es una exageración retórica. Es una evidencia diaria que sufren vecinos, transportistas y turistas que se atreven a circular por estas vías.

Mientras los datos celebran descensos en la siniestralidad —ocho fallecidos en 2025 en carreteras interurbanas de la provincia —, la pregunta incómoda sigue sin respuesta: ¿a qué precio se está logrando esa mejora? Porque reducir víctimas no equivale necesariamente a mejorar infraestructuras. En demasiados casos, lo que se ha reducido es el uso de estas carreteras, convertidas en itinerarios evitables por puro instinto de supervivencia.

La carretera que conecta Trabanca con Villarino de los Aires, en la entrada a Las Arribes del Duero, es un claro reflejo de abandono que no debería tolerarse. Transitar por este tramo no solo resulta incómodo, sino que supone un riesgo evidente para quienes lo utilizan a diario. El firme presenta numerosos desperfectos, con baches pronunciados, zonas deterioradas y una preocupante falta de señalización, lo que incrementa la peligrosidad del recorrido.

Cuesta entender cómo, en la actualidad, se mantiene una vía en estas condiciones bajo la responsabilidad de la Diputación de Salamanca. No se trata de una cuestión estética, sino de garantizar la seguridad de conductores, ciclistas y peatones. La falta de intervención y mantenimiento convierte esta carretera en un ejemplo evidente de desatención institucional. Es necesario que las autoridades actúen con urgencia y asuman su responsabilidad antes de que las consecuencias sean aún más graves.

Las denuncias no son nuevas. Conductores de la provincia llevan años alertando del deterioro progresivo del firme, la falta de mantenimiento y soluciones improvisadas. En algunos tramos, incluso de la red principal, se habla abiertamente de “riesgo diario” por baches, drenaje deficiente y reparaciones mal ejecutadas. Si esto ocurre en autovías, como bien se encargan de denunciar desde el ámbito local, regional y provincial, el estado de las carreteras secundarias —sin visibilidad mediática ni prioridad política— resulta aún más preocupante.

En Arribes del Duero, donde la orografía complica el trazado y exige un mantenimiento constante, el problema se agrava: calzadas estrechas, ausencia de arcenes, señalización deficiente y firmes degradados convierten cada trayecto en una prueba de resistencia. No es solo una cuestión de comodidad; es una cuestión de seguridad básica.

Aislamiento territorial encubierto

El deterioro de estas vías no es un problema técnico, es un problema político. Las carreteras secundarias son las arterias de la España rural, y su abandono implica aislamiento. Cada bache es un mensaje: “aquí no merece la pena invertir”. Las consecuencias son claras: dificultad para fijar población, menor atractivo turístico en zonas como Arribes, incremento de costes para agricultores y ganaderos y acceso limitado a servicios básicos.

Frente a esta realidad, las administraciones responden con anuncios de inversiones “históricas”. La Diputación de Salamanca ha aprobado más de 31 millones de euros para mejorar 131 kilómetros de carreteras entre 2025 y 2026. Sobre el papel, suena ambicioso. En la práctica, resulta claramente insuficiente.

La provincia cuenta con una extensa red de carreteras locales y comarcales que supera con creces esa cifra. Actuar en 131 kilómetros es, en el mejor de los casos, un parche. Y ese es precisamente el problema: la política de infraestructuras en Salamanca lleva años basada en parches, no en soluciones estructurales.

La normalización del deterioro

La peligrosidad no es una percepción subjetiva. Informes recientes identifican varios tramos de la provincia como puntos negros dentro de la red estatal. A esto se suman factores propios de las secundarias: presencia de fauna, falta de iluminación y climatología adversa.

De hecho, la propia administración provincial ha tenido que reconocer el problema instalando sistemas para evitar accidentes con animales en carreteras del oeste salmantino. Pero estas medidas, aunque necesarias, vuelven a ser reactivas. Se actúa cuando el problema ya existe, no para prevenirlo desde el diseño y mantenimiento adecuado de la vía.

Quizá lo más preocupante no sea el estado de las carreteras, sino la resignación colectiva. Circular esquivando baches, reducir la velocidad por miedo a reventar una rueda o asumir cortes frecuentes ya forma parte de la rutina.

Y mientras tanto, Arribes —uno de los paisajes más espectaculares de España— sigue conectado por carreteras que parecen más propias de otra época que de un país que presume de infraestructuras modernas.

El estado de las carreteras secundarias en Salamanca no es solo un problema de movilidad. Es el reflejo de un modelo territorial que prioriza lo visible y rentable frente a lo necesario. Las autovías lucen bien en las estadísticas y en los discursos. Pero la verdadera cohesión territorial se juega en esas carreteras estrechas, agrietadas y olvidadas que conectan pueblos como los de Arribes.

Y ahí, Salamanca —y buena parte de la España rural— sigue circulando en segunda categoría. ¡Ay!