El presidente de la Junta de Castilla y León en funciones, Alfonso Fernández Mañueco, es recibido con una ovación tras su victoria en las elecciones autonómicas, a su llegada a la Junta Directiva Nacional del PP, este lunes

El presidente de la Junta de Castilla y León en funciones, Alfonso Fernández Mañueco, es recibido con una ovación tras su victoria en las elecciones autonómicas, a su llegada a la Junta Directiva Nacional del PP, este lunes

Opinión

Ganar sin convencer: ¿y ahora qué?

"El viejo bipartidismo resiste. La política vuelve a parecerse demasiado a la de antes, pero con más polarización y menos margen para el consenso".

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Las elecciones autonómicas del 15 de marzo han dejado en Castilla y León una sensación curiosa: todo cambia para que, en el fondo, casi nada cambie. El Partido Popular vuelve a ganar y mejora su resultado, pero lo hace sin alcanzar la mayoría absoluta, más bien muy lejos de ella. Es una victoria clara en votos y escaños, sí, pero también una victoria incompleta. Porque, una vez más, gobernar dependerá de Vox.

El presidente Alfonso Fernández Mañueco puede presentar el resultado como una confirmación de su liderazgo. Sin embargo, la aritmética parlamentaria dice otra cosa: el poder del PP sigue condicionado. La comunidad más longeva en hegemonía conservadora de toda España —con gobiernos populares desde finales de los años ochenta, con Aznar, Lucas y Herrera antecediéndolo— vuelve a necesitar a su socio más incómodo para mantenerse en la Junta.

En cierto modo, estas elecciones han consolidado un nuevo equilibrio político. El viejo bipartidismo resiste: PP y PSOE concentran la mayoría del voto y del poder institucional. Pero ese bipartidismo ya no es autosuficiente. El PP necesita a Vox y el PSOE, aunque mejora resultados, sigue sin encontrar una fórmula que le permita competir de verdad por el gobierno y, más, cuando todas las fuerzas a su izquierda han quedado fuera de las Cortes y, en el último caso, sumando todos sus votos en una candidatura conjunta, tampoco valen para desbancar a la derecha.

La desaparición práctica de las fuerzas que hace una década prometían renovar la política es quizá uno de los datos más reveladores. Ciudadanos, que llegó a gobernar en coalición; Podemos y otras plataformas que aspiraban a romper el sistema de partidos, han quedado reducidos a un papel marginal o directamente han desaparecido del parlamento autonómico. La política vuelve a parecerse demasiado a la de antes, pero con más polarización y menos margen para el consenso.

Pero el verdadero problema de Castilla y León no está en los equilibrios parlamentarios, sino en lo que estos resultados dicen sobre el proyecto de comunidad. Tras más de treinta años de gobiernos del mismo signo político, la región sigue enfrentándose a los mismos desafíos estructurales: despoblación, envejecimiento acelerado, fuga de jóvenes cualificados y una economía que crece por debajo de su potencial.

La pregunta incómoda es evidente: ¿ha funcionado realmente el modelo político que ha gobernado la comunidad durante décadas? Los resultados electorales sugieren que una parte importante del electorado sigue confiando en él, o al menos no encuentra una alternativa convincente. Pero también muestran algo más: la falta de debate real sobre el rumbo de la región. Porque si algo ha faltado en esta campaña ha sido precisamente eso, una discusión profunda sobre el futuro de Castilla y León. Mucho ruido ideológico, mucha batalla simbólica, pero pocas propuestas concretas para afrontar el problema central de la comunidad: su declive demográfico y territorial.

Ahora comienza la negociación. Todo apunta a que PP y Vox volverán a entenderse, aunque probablemente con más exigencias por parte de la formación de extrema derecha. Eso significa que la legislatura volverá a estar marcada por una tensión constante entre la gestión cotidiana y la presión ideológica.

Mientras tanto, la oposición socialista tiene un reto claro: convertir su leve recuperación electoral en algo más que resistencia. Si quiere aspirar realmente a gobernar algún día Castilla y León, necesita construir un proyecto territorial que vaya más allá de la crítica al PP y que conecte con una sociedad cada vez más envejecida, dispersa y desconfiada de la política.

El 15M no ha cambiado el tablero político de Castilla y León. Pero sí ha dejado al descubierto una realidad preocupante: una comunidad atrapada entre la continuidad del poder y la ausencia de un proyecto claro de futuro. Y esa, más que la aritmética parlamentaria, es la verdadera incógnita que queda después de las elecciones. Me pregunto: ¿y ahora qué?, ¡ay!