Imagen de Juan Carlos con sus colmenas.
Juan Carlos (53), apicultor y profesor con 150 colmenas de abejas: "El bote de miel pequeño cuesta 9,50 €, y el grande, 14 €”
El leonés vive en Cacabelos y compagina la actividad docente con la apicultura. Cuenta con una marca propia a través de la cual vende su miel.
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Juan Carlos García Barba es un hombre de 53 años que nació en Cacabelos (León), lugar en el que ha pasado toda su vida, aunque su infancia estuvo a caballo entre este municipio y la localidad de Portela de Aguiar.
Nuestro protagonista estudió una Ingeniería Industrial y Filosofía. Es, en la actualidad, profesor de secundaria y también apicultor.
La apicultura llegó a su vida “hace unos 10 años” y en la actualidad cuenta con un total de 150 colmenas y con un negocio que lleva el nombre de Labejazul en el que vende la miel que le dan sus abejas.
“Los precios son más baratos de lo que me gustaría. Todo, teniendo en cuenta cuánto han subido todos los gastos y lo difícil que es producir miel con una certificación ecológica. El bote de miel pequeño cuesta 9,50 euros y el grande 14. El primero lleva un total de 425 gramos y el segundo 800”, afirma en declaraciones a EL ESPAÑOL de Castilla y León.
Conocemos al detalle su historia.
Su vida
“Soy un apicultor que da clase o un profesor que cría abejas. Depende la hora. Por la mañana estoy en el instituto con adolescentes y, por la tarde y los fines de semana, en el monte con unos cuantos millones de abejas”, asegura Juan Carlos García Barba.
Nuestro entrevistado nació en Cacabelos (León) y allí sigue viviendo. Pasó su infancia entre Cacabelos y Portela de Aguiar. Tiene 53 años y estudió Ingeniería Industrial y Filosofía. Es profesor de secundaria y apicultor y amante del campo, el deporte y de pasar un buen rato con sus amigos.
“Me encantan las dos profesiones. Se parecen. En las dos trabajas con colonias numerosas y llenas de energía y tienes que saber cuándo intervenir y cuándo dejar hacer. Eso sí, las abejas nunca me han pedido que les suba nota”, añade.
Lleva toda la vida en Cacabelos (León). Su infancia fue de ida y vuelta entre el lugar y Portela de Aguiar, el pueblo de su familia, en el municipio de Sobrado. “En Sobrado es donde hoy tengo los colmenares. En cierto modo, mis abejas viven en el patio de mi infancia”, apunta.
Hablando de esa infancia, la recuerda como “fácil y divertida”. Como la de cualquier niño en la calle, monte, castaño y entre amigos. Apunta, además, que cuando era pequeño “no tenía ni idea” de lo que quería ser de mayor.
“Ni apicultor, ni profesor, ni ninguna otra cosa. Lo de tener una profesión apareció bastante más tarde. Supongo que, de pequeño, estaba demasiado ocupado siendo pequeño”, asegura.
Ha estudiado Ingeniería Industrial y Filosofía en lo que él califica como “una combinación curiosa” ya que “la primera te enseña cómo funcionan las cosas” y la segunda “te pregunta para qué”.
“La apicultura tiene un poco de las dos. Una colmena es una maravilla de ingeniería. Las celdillas son hexágonos porque es la forma que permite guardar más miel gastando menos cera. Y a la vez, da mucho que pensar sobre cómo se organiza una sociedad. La apicultura empezó como un hobby y se ha ido colocando, poco a poco, en mi profesión”, explica Juan Carlos.
La apicultura
La apicultura llegó a su vida, como confirma nuestro entrevistado, hace “unos 10 años”. La descubrió “con su pareja de entonces” y “le picó la curiosidad”, nunca mejor dicho.
“Fuimos empezando, poco a poco. Aprendiendo y avanzando y nos encantó. La apicultura es un mundo del que es difícil salir porque te engancha. Te asomas una vez a una colmena y ya no hay vuelta atrás”, afirma.
En estos diez años, Juan Carlos ha aprendido “lo suficiente” para “saber que las abejas siempre te guardan alguna sorpresa” ya que “el que crea que lo sabe todo sobre ellas es que no ha abierto suficientes colmenas”, señala.
“Ahora mismo tengo unas 150 colmenas. Todas en producción ecológica certificada. Cada colmena es una familia completa. Hay una reina, que es la única que pone huevos, en plena temporada hasta 2.000 al día”, nos cuenta.
También señala que “hay miles de obreras, que se encargan absolutamente de todo lo demás como limpiar, alimentar a las crías, construir, vigilar la entrada y salir a buscar comida” y “unos cuantos zánganos con una función muy específica”.
“Todas mis colmenas están en la Sierra de la Encina de la Lastra, en Portela de Aguiar, en El Bierzo, a un paso de Galicia. Es un paraje precioso, lejos de industrias y de carreteras grandes, rodeado de castaños, encinas, brezo y monte. Para una abeja es un sitio de lujo, como si le tocara vivir encima de un restaurante con estrella Michelin”, señala el apicultor.
Todas, por tanto, se encuentran en la sierra. Cabe destacar que una abeja puede alejarse dos o tres kilómetros de la colmena buscando comida. Es decir, tienen en Portela de Aguiar (León) la casa y la oficina repartida por el monte de alrededor.
Algunas de las colmenas de Juan Carlos.
“En lo que al número se refiere, todo depende de la época del año. En primavera y verano, que es cuando están más pobladas, cada colmena puede tener 50.000 o 60.000 abejas. En invierno, se queda en unas 10.000, todas apiñadas para darse calor. Con 150 colmenas, en verano, rondamos entre siete millones y medio y nueve millones de abejas. En invierno, un millón y medio. Son muchas. Millones. Y no, no les he puesto nombre a todas”, añade nuestro entrevistado.
Un dato curioso es que una obrera de verano vive, apenas, cinco o seis semanas, por lo que, literalmente, se mata a trabajar. Las de invierno, en cambio, aguantan varios meses.
Labejazul
Labejazul nace hace unos 10 años. A la vez que la aventura de Juan Carlos con las abejas. Él es el dueño y lleva el negocio solo. En otras etapas lo compartió con su expareja y hermano, y, de esos años viene mucho de lo que la marca es hoy. “Ahora el timón, y el ahumador, son míos”, afirma nuestro protagonista.
“Definiría Labejazul como un proyecto ilusionante. Un proyecto de futuro, que me encanta y que hago con mucho mimo. Sin hacer mucho ruido se ha llevado unos cuantos premios”, apunta el profesional de la apicultura.
Ha sido Mejor Miel de Castaño de España en el Concurso Mieladictos cuatro veces, en los años 2017, 2020, 2023 y 2025. En 2025 quedó como tercera mejor miel de España entre 140.
Además, en Biolmiel, en Italia, considerado el mejor concurso de mieles ecológicas del mundo, fue elegida mejor miel difloral. También fue Mejor Miel de León en 2016 y ganó la medalla de oro en los London Honey Awards.
“Para un proyecto pequeño del Bierzo, no está nada mal. El mérito de verdad es de las abejas. Yo, solo las cuido. El negocio está, a caballo, entre dos lugares. En Cacabelos están la sala de extracción y la de envasado. En Portela de Aguiar los colmenares. La miel viaja del monte al bote en muy pocos kilómetros. Es kilómetro cero de verdad”, señala.
Todo lo que vende sale con la marca Labejazul.
Productos
“En cuanto a productos, vendemos, básicamente, miel. Lo digo con orgullo. Muchas marcas diversifican y venden de todo. Nosotros hacemos lo contrario. Tenemos una gran miel, bajo mi punto de vista, y nos centramos en ella”, argumenta Juan Carlos.
Se trata de una miel de castaño con mielato de encina que es oscura, intensa, con un punto amargo y notas tostadas. Juan Carlos no duda en asegurar que “vendemos lo que da nuestra tierra y no nos queremos volver locos” porque “creemos que el producto es buenísimo” y “no tenemos ni la necesidad ni la intención de vender otra cosa”.
“Los precios son más baratos de lo que me gustaría. Todo, teniendo en cuenta cuánto han subido todos los gastos y lo difícil que es producir miel con una certificación ecológica. El bote de miel pequeño cuesta 9,50 euros y el grande 14. El primero lleva un total de 425 gramos y el segundo 800”, nos cuenta nuestro entrevistado.
El también profesor señala que “si viviera solo de la apicultura, no llegaría”, cuando le preguntamos sobre si puede vivir de Labejazul.
“Vivo porque tengo otra profesión, la de profesor. La miel me ayuda, pero solo con ella, hoy por hoy, no podría. Es la realidad de la mayoría de los apicultores”, añade.
Sobre las ganancias, en su faceta de apicultor, señala que “depende muchísimo del mes”. Hay alguno que “se gana muy poco y otros mucho” porque la apicultura “va por campañas” y la miel “se recoge al final del verano” para “concentrarse las ventas en otoño y Navidad”. El resto del año “más que ganar, se invierte”, matiza.
“En gastos se va, más o menos, un tercio de los ingresos. Se va en tratamientos, botes, etiquetas, gasoil y en la certificación ecológica. Todo ha subido”, afirma.
Todo antes de hablar de los problemas a los que tiene que hacer frente y de su futuro.
Problemas y futuro
Hablando de los problemas, Juan Carlos señala que “hay frentes abiertos por todas las partes”. Entre ellos menciona el “cambio climático y las enfermedades”.
“Por último, los precios a la baja por la miel que llega de fuera y que es mucho más barata. Es difícil competir con ella. Mi consejo para el consumidor es que lea bien la etiqueta, miren de donde viene la miel y, si pueden, compren la de aquí”, insiste el apicultor.
Juan Carlos también hace mención al “fuego”. Y es que, apunta, que los incendios “son ya un problema que se repite en la zona leonesa”.
“En 2025 arrasaron miles de colmenas en El Bierzo, pero no fue la primera vez. Nosotros hemos tenido el fuego pasando por encima de nuestros colmenares en dos ocasiones. Ver arder el monte, donde viven tus abejas, es de las peores cosas que le pueden pasar a un apicultor”, añade.
Sobre cómo ve el futuro, hablando de la apicultura, añade que “como un hobby y apoyo” a su profesión principal”. Al menos en cuanto a ingresos que es la de profesor.
“Siendo sincero, no lo veo como un negocio para vivir de él. Es demasiado inestable y, con el cambio climático lo será cada vez más. Hoy un apicultor depende de la lluvia, del calor, de la avispa, las enfermedades y del precio de la miel de fuera. Demasiados jefes para un solo trabajador”, asegura.
Su objetivo pasa por “seguir haciéndolo lo mejor posible” y “seguir disfrutando de sus dos pasiones que son la de profesor y apicultor”.
“Si de paso consigo que alguien deje de mirar a las abejas con miedo y empiece a hacerlo con respeto, me doy por satisfecho. Sin abejas no solo no hay miel, tampoco habría una buena parte de las frutas y verduras que comemos cada día”, finaliza.