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El monfortino VII Conde de Lemos y su gobernación humanista

Pedro Fernández de Castro, VII conde de Lemos.

Pedro Fernández de Castro, VII conde de Lemos.

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Desde 1457 hasta 1777 el condado de Lemos fue señoreado por los Castro de Andrade. Pero de entre todos, D. Pedro, VII conde de Lemos, , fue el que más relevancia obtiene en la historia. Fue un hombre del Renacimiento en toda su profundidad. Su vida como estadista pereció bajo intrigas cortesanas y con él, un humanismo que hubiera bruñido burocracias ajadas. Aún hoy, su recuerdo pervive en Galicia y en concreto, en Monforte.

Es difícil encontrar en España afectos de esta intensidad en tiempos de tanto escepticismo… Aunque existen: por fortuna o por un designio de los hados... Queda honrada la memoria de quien fue generoso. Y, con ello, se invita a otros que sigan ejemplo que es benemérito para las angustias del hombre ante la adversidad.

El desempeño de cargos de Estado fue importante bajo el reinado de SMC Felipe III[6]. Pero su gobernación no convirtió a este humanista en un personaje histórico.

Fue su filantropía hacia literatos, lo más selecto del siglo de oro español: Miguel de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, los hermanos Argensola, Vicente Espinel, Gabriel Barrionuevo, Esteban Manuel Villegas, Mira de Amescua, Fr. Diego de Arce, Diego Duque de Estrada entre otros. Junto a una promoción de la cultura que incluyó la compra de arte napolitano: Hoy puede visitarse en el convento de las madres clarisas en Monforte.

Esa perspectiva humanista fue el gesto que lo mantiene vivo porque antes como ahora, la voracidad del hombre es difícil de embridar ante personajes. Fue constante en su vida esta dualidad de ocupaciones. Por un lado, la gobernación, por otro, el arte, entendido no solamente en el gusto y sensibilidad de percibirlo. También en un ejercicio práctico, escribiendo algunas composiciones poéticas, comedias y relación epistolar.

Cultivó el género de ficción, desconocido en su época. Es posible que abstracción de las lecturas de sus autores protegidos, especialmente Cervantes. Este hecho demuestra el carácter de Lemos frente a los convencionalismos sociales. Un gesto de libre pensador ante el rigor de lo ortodoxo.

Podría parecer contradictorio, incluso, algo frívolo: ¿un gobernante escribiendo alejado del rigor de los hechos? ¿Apartado de la fatalidad de las circunstancias que todo pueblo experimenta y que deben ser resueltas expeditivamente por el buen talento del administrador real?... ¿Por la obligada vinculación del ejercicio del poder con sus responsabilidades con los ciudadanos?

No. No se trata de eso. Nada más beneficioso para una buena gestión que el criterio creativo que por sí mismo es dinámico e innovador, reparador de carencias y ausencias. Y porque, en definitiva, se trata de una cuestión de honor, proteger a aquellos que necesitan auxilio.

Son decisiones resaltables: la creación en Nápoles de la Accademia degli Oziosi (Academia de los Ociosos) en donde concurrían en debate, científicos, literatos y artistas. La construcción de la Universidad que hoy es Museo Arqueológico de la ciudad. Así como la iglesia de S. Francisco Javier que tras la expulsión de los jesuitas se llamó de San Ferdinand.

También, como virrey de Nápoles, protegió a sus habitantes frente a los bandoleros que la atemorizaban. Dictó normas para regular el préstamo y excluir la usura. Redujo la Administración prescindiendo de cargos superfluos para mayor agilidad y eficiencia. Creó el edificio de las Escuelas Públicas. Redujo los cuatro calendarios utilizados en la ciudad a solamente uno.

El hecho político más relevante, como presidente del Consejo de Indias, fue la supresión de la Cámara de Indias en 1609. Organismo creado en 1600 por su mentor, gestionaba la concesión de cargos y mercedes en el Nuevo Mundo. Su finalidad fue defender el interés de la Corona porque las deliberaciones dilataban la resolución de asuntos apremiantes.

Como presidente del Consejo de Indias, recopiló sus leyes para una mejor aplicación de la justicia. Garantizó la asistencia espiritual a la población y, con ello, una protección y defensa de la dignidad de los indios. Sobre una interpretación temporal estos hechos fueron inéditos por cuanto implicaban una seria limitación a la trata degradante de seres humanos.

Los nativos no eran simples cosas, sino que también, obra de Dios y, por ello, sujetos a consideraciones espirituales. Esta reflexión fue desconocida para el resto de las potencias extranjeras hasta no hace muchas décadas.

A diferencia de otros notables de su tiempo se preocupó por su pequeña patria, Galicia. Apostó por el mejoramiento de unas condiciones sociales sujetas a lo estático de los siglos. Sin embargo, la súplica al rey del voto en Cortes para su tierra fue malograda por las conspiraciones del duque de Uceda y el conde de Olivares.