Las olas del tiempo: dos momentos claves en el envejecimiento
Entre ser mayor y ser viejo lo define el estatuto de la vida en su apartado dedicado al estado físico, anímico y otras cuestiones personales. Nada que objetar. De tal forma que nuestra estancia terrenal viene marcada por el factor tiempo, ese invento creado para bajarnos los humos y demostrarnos que nuestro cuerpo, aun siendo uno más de la familia, es capaz de mermar con los años.
Envejecer bien es cuando te subes a un autobús urbano y nadie te cede el asiento. Hablo de las personas bien educadas, que las hay en todas partes. Mi teoría es esa. Otra cosa es que la vejez de uno sea percibida antes por los demás y es ahí, cuando tu propio espejo te pide la jubilación anticipada. A partir de ese momento en el transporte público alguien se fija en ti y te invita a viajar más cómodo.
Lo importante del caso no es ser viejo, sino el no considerarte como tal. Ahora bien, tampoco interesa sacar músculo en exceso, pues no conviene hacer creer a los demás que tu bondadosa apariencia está por encima del resto de los mortales. No olvidemos que el precio del billete solo da derecho a un recorrido urbano, que no a coronar en bicicleta el Alto de L'Angliru.
Envejecer bien es un acto de fe en uno mismo. Negarte a estar mal mientras las circunstancias, la sociedad y la cosa económica, le cubran a uno las espaldas. Ser mayor, es perseverar en el intento, de lo contrario, mucho me temo que la genética del cuerpo humano tiende a menospreciar a su dueño. A uno le gusta eso de lo bien que te conservas y la no apariencia de la edad que tienes; lo peor es creérselo y adoptar aires exagerados, sobre todo aplicando ciertas modas reservadas para jóvenes y modernidades. Ahí es donde el hábito deja de hacer al monje dando paso a la falta de crédito.
El cuerpo humano, por muy inteligente y bien cuidado que esté, aplica la máxima de todo lo que funciona, pero antes o después tiende a requerir la asistencia de los técnicos. La garantía del dolor viene de serie, es decir, nos cubre de por vida, pero cuando la kriptonita comienza a pasarnos factura descubres que el mundo no te debe nada, eres tú quien debe acuñar la moneda con la que has de pagar tus buenos momentos vividos. Los años que se tienen son la aritmética de los fuertes, de los que seguimos persiguiendo lo mucho de bueno que se nos brinda por el simple don de haber nacido. Hay quienes no comulgan con eso de nacer, pero hoy no viene a cuento.
Ni siquiera el tiempo es sinónimo de vejez. ¡Ay el tiempo! Esa cuestión que siempre está en boca de todos y solo sirve para las remembranzas y para enmarcar en la memoria esto o aquello. Total, una servidumbre de paso entre el ayer y el hoy. Una disciplina que, mal administrada, aburre a jóvenes y martiriza a cuantos creen que cualquier vida pasada fue mejor. El pasado de cada cual es tan personal como su propia sombra, que rara vez se aparta de uno por miedo a quedarse sola. Hay quienes guardan su vida en pequeños recipientes, desde pétalos hasta su primer beso, pero eso te regala la inmunidad para un instante de sosiego. La vejez necesita algo más, algo que sorprenda, sobre todo que nadie venga a arrebatarte lo que eres con tu propia prosa y tu propio verso.
Es hermoso nacer cada nuevo día. Da igual la energía de cada momento. Da lo mismo andar que ir corriendo. La vida nos invita a tantas cosas que nunca son suficientes y después, con los años, te sobra el inventario y casi hasta lo necesario. Pero hay quienes siguen creyendo que lo guardado con tanto celo les va a salvar la memoria. Craso error, lo que todavía permanece vivo es la palabra hermosa, los buenos gestos y los errores que no pesan.
No escapen de lo que fue, pero ríanse de lo que es mientras permanezcan los buenos amigos y los seres queridos que no han cambiado la forma de enamorarte. Celebren el hecho de estar aquí, y brinden ya sea con vino o con analgésicos. El resto es lo que esté por venir. Y eso no depende de nosotros.
En fin, quiéranse un poco más. Total es gratis y la vida es breve.