Imagen de una pareja.
Amar, a veces, también es dejar ir, porque el amor egoísta basado en la supervivencia propia deja paso al amor altruista basado en la felicidad del otro. Amar es un estado de la metafísica que trasciende la neurología y que convierte en carcasa inane cualquier otro soporte físico; subvierte asimismo las prioridades lógicas del ser humano con facilidad. Por ello los "amores" tóxicos, dependientes, opcionales o trabajosos necesitan apellidos y construcciones mentales que los justifiquen, ya que el verdadero Amor podría llegar a ser difícil (sólo de vez en cuando) para uno mismo, mas nunca para el otro. Allende el dolor personal y la necesidad de permanecer que grita nuestro ser más primitivo, en ocasiones amar es, sin duda, dejar ir aunque duela, o especialmente si duele.
Hay, no obstante, muchos posibles recipientes del Amor. Aquello alcanzado por el estigma de Eros puede ser un ser humano, otro ser viviente, una idea o un sueño al final del camino. Frecuentemente, lo que agua los ojos justo antes de exhalar el suspiro postrero y se refleja en la pantalla líquida de las pupilas cansadas es aquello que con honestidad se ha amado. El Amor es, por tanto, la última prolongación y más sublime recreación del amor por uno mismo, dado que amar de verdad implica vivir sin miedo a perder, que es la forma definitiva de abandonar la esclavitud y la humildad terrenas para trascender a algo mayor: más significativo.
Como iba diciendo, los receptáculos del amor son multiformes, no hay una sola pátina que satisfaga la misión de barnizar la variedad innúmera de inclinaciones humanas. Mas si descendemos hacia las llanuras de la sociología y la política, una proyección del Amor sin duda podría estar dirigida hacia un país, dado que la protección y el cuidado de una sociedad no sólo repercute en el individuo, sino que reverbera en pro del género humano.
El interés del animal político por la preservación estructural de la sociedad en que se ha desarrollado no responde a un erotismo individualista, sino a la voluntad de que tanto él como sus vástagos y sus allegados vivan en las mejores condiciones públicas posibles. El Amor hacia un país no es del todo el amor hacia una idea, hacia unos símbolos o hacia una historia; más bien, la idea que recoge el fantasma inmaterial del país, la bandera o su escudo y la historia de sus andanzas fungen como catalizadores para cimentar las bases de una estructura estatal funcional, que beneficiará tanto a la persona que la preserva como a todos aquellos seres queridos que le importan.
En este sentido, tornemos momentáneamente a la consigna que abrió este manifiesto: amar implica apartar las banales preocupaciones del ego para alcanzar un estatus superior y salutífero para el continente amado. Manifestar cariño no adulterado hacia un país requerirá, en múltiples oportunidades, abandonar las rencillas particulares, las guerras personales, las preferencias del individuo, con el fin de apostar por medidas en las que no se crea y que incluso provoquen disonancia cognitiva al no corresponderse con el sistema de valores propio, pero que sean beneficiosas para los intereses generales del país al que se ama.
La voluntad por parte del ciudadano responsable de ayudar a la sociedad en la que vive debería primar siempre sobre la vana idiosincrasia, puesto que tratar de alinear perfectamente la identidad, gestión y cultura de un Estado moderno con la ideología singular del individuo es el equivalente a pretender cambiar todos los rasgos de personalidad y comportamiento de una persona a la que se dice amar para que se corresponda con las ambiciones egoístas y el plan de vida del mal amante. Si uno estima a alguien, ha de aceptarlo y potenciarlo en persecución de su felicidad y óptimo desarrollo, abandonando a través de la senda toda pretensión ególatra de modificación. De émulo modo, si uno ama un país, ha de aceptarlo y construirlo en torno a sus bases e identidad, sin anhelar imponer en él cambios arbitrarios y caprichosos, que únicamente son una prolongación de su deseo narcisista de poder.
Usemos como ejemplo el caso de España. Uno podría perfectamente ser ateo y, aun así, entender que, en la situación de crisis de identidad en la que se encuentra el país ibérico, resulta fundamental preservar e incluso reforzar todas las tradiciones católicas que conforman su esencia. Geminadamente, uno podría comulgar con un Estado descentralizado y federal, mas de igual forma comprender y censurar mediante la actividad política las desigualdades basadas en privilegios socioeconómicos existentes entre regiones españolas, así como el extremadamente serio problema endémico de separatismo y autodestrucción que atesta la nación. Los anteriores sólo han sido dos ejemplos de la miríada que podría desenrollar.
Amar también es dejar ir. Dejar ir la ideología, el egoísmo y el miedo. Amar España es aceptarla como es e intentar subirla a la estratosfera, aunque ello conlleve limpiarse el polvo del irrelevante deseo personal.