El ministro, en un acto conmemorativo de la Guardia Civil. EFE
Recuerdo, en mi no tan lejana juventud, que en la Facultad de Geografía e Historia de la UCM (cuando no era territorio comanche, apache o arapahoe) existía un grupo de estudios de Historia Militar. Eran considerados los marginados, porque lo que se llevaba era la historia de los procesos económicos (marxismo puro y duro), la historia cultural o la incipiente Historia de género (evolución del marxismo a lo "woke").
Pues bien: los simpatizantes de la Historia militar nos gustaba buscar todo aquello que tuviese que ver con algo tan terrible como es la guerra, pero también con todos los cuerpos militares habidos y por haber. Uno, que es nieto de Guardia Civil, no iba a ser menos.
Hoy estoy pasando un día entre el dolor y el gozo. Dolor, porque una serie de guardias civiles, indignos de tal nombre, van arrastrando el escudo y el uniforme por el juzgado y el Senado. Gente que han antepuesto su trasero poltronario al servicio de la ley y el orden, al servicio de España.
Pero también me llena de orgullo (como diría el Emérito) que esos guardias, por muchos entorchados que lleven, son los menos y que en la Guardia Civil, ese instituto armado que el PSOE (y adláteres) han querido derribar varias veces en su historia, está lleno de hombres y mujeres de honor.
Honor: palabra esta que algunos consideran anticuada, pero que es el baluarte de muchos de nosotros que nos levantamos cada mañana a trabajar por nuestro país. Que nos cansamos de ver cómo nuestros impuestos van dirigidos a mangantes y corruptos y que un día, no muy lejano, nosotros, el pueblo español, hablaremos y nuestro grito se escuchará hasta los confines de la tierra.
Como el grito del general Fernando Mora Moret, que ante la injusticia se ha plantado. Que su ejemplo nos sirva a todos.