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Urna. . EFE

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El fraude en el siglo XXI

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Un observador internacional de elecciones, que además es sociólogo, simpático y mi amigo, me contaba muchas de sus experiencias vividas en países tan distintos como Bolivia, la República Democrática del Congo, Ucrania, Túnez, etcétera.

Las maneras de hacer fraude, me decía, son múltiples y variadas. Algunas divertidas y otras peligrosas.

En un país donde se manchaba el dedo del votante con tinta para que no votara dos veces, encontró un coche en las afueras de los sitios de las urnas que se dedicaban a limpiar dedos.

En otro país, el votante entraba en el lugar privado para votar y tenía que abrir el vídeo de su móvil y grabar por quién estaba votando. Ese vídeo era la garantía de que su familia no sería perjudicada y él recibiría una pequeña recompensa.

Me contaba cosas que me hacían reír o me daban mucho que pensar.

El niño que tenía más de ocho abuelas que las acompañaba a votar y les decía a quién votar . Cuando lo descubrieron ya iba por la novena.

¡Y cuántos muertos han seguido los pasos del Cid y han ganado batallas electorales después de muertos (ellos no, su partido)!

Y los observadores electorales, si no tienen nociones de picaresca, se las tragan sin masticar.

Todas las formas de fraude buscan lo mismo: hacer que el votante no vote lo que quiere, sino lo que quiere otro. Es decir, impedir que el votante ejerza su libertad. Más claro: ataque directo a la libertad, impidiendo su ejercicio.

Eso es lo más grave del fraude electoral. El ataque directo a la libertad, el más preciado de los dones que los dioses dieron a los hombres, que diría Don Quijote y repetía mi observador particular.

El derecho a ejercer esa libertad electoral está registrada en nuestra Constitución, afirmaba muy serio.

Español y mayor de edad, derecho a voto.

¿Y libre? ¿Hay que ser libre para poder votar?, le preguntaba yo.

Por supuesto que sí, me respondía riendo y observándome curiosamente. Aun los presos que no tienen libertad de movimiento continúan con la libertad mental y moral de votar.

¿Y los discapacitados mentales, qué? ¿También van a votar?

Oye, me cortó en seco. ¿Tú me estás tomando el pelo o quieres ponerme una zancadilla?

Esos no. Si no puedes discernir entre un voto y un pirulí, pues no. Tu voto no es libre porque tu mente perdió esa capacidad.

Oye, respondí ofendido. Que no estoy hablando de mí. (Se rie)

Y si yo no puedo discernir (ya que hablas de "tú", aunque el tú y el yo sean genéricos y no se refieren a mi persona), digo que si yo no puedo discernir entre Franco y el PSOE porque no sé ni donde está la España de mi abuelo, y lo único que sé es que el Real Madrid es de España y las noticias que puedo tener de ese país que va a ser el mío son de RTVE Internacional, que me dice y repite que el Gobierno actual es el mejor y los demás partidos de derechas son todos ladrones (menudo país), ¿soy libre para votar? Yo no veo que mi mente sea muy libre cuando no tengo opciones de saber otra cosa.

Bueno, sentenció mi amigo, creo que estas preguntas se las debes hacer a los que dicen que representan la voluntad del pueblo, yo sólo observo.

Así cualquiera, le contesté.