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El Gobierno golpea al Estado de derecho

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En estos tiempos tan aciagos de la política española, conviene leer el libro XI de El espíritu de las leyes, de Montesquieu, "La separación de poderes", para darse cuenta de hasta qué punto Sánchez está sometiendo, mediante un golpe de Estado permanente, a España.

Recordarán ustedes que, hace unos meses, Pedro Sánchez dijo en el Congreso de los Diputados que «Cataluña es una nación». Lo mismo que dijo —y sigue diciendo— Puigdemont y por lo que dio un golpe de Estado en el año 2017, que, por llevarlo a la práctica, acabó fugándose en el maletero de un coche para no rendir cuentas ante la justicia; por cierto, con la colaboración de miembros de los Mozos de Escuadra.

Es decir, el presidente del Gobierno, en un claro ataque a la Constitución española, cambió unilateralmente la organización territorial de España. Montesquieu, quien ya previó este tipo de situaciones de corte tiránico, argumentó: «Si la constitución cambia, pero conserva sus principios, se enmienda; si los pierde, se corrompe». Un visionario de lo que, siglos más tarde, harían Hitler, Chávez y, ahora, Sánchez.

Si Pedro Sánchez no abandona el poder por imposición democrática de los españoles, el siguiente paso —definitivo para la ruptura del sistema constitucional— será la convocatoria de un referéndum en Cataluña y el País Vasco, que disfrazará de plebiscito no vinculante con la refrendación de Cándido Conde-Pumpido; porque para eso fue nombrado presidente del Tribunal Constitucional: para dar apariencia de legalidad a todas las medidas anticonstitucionales de P. S.

Los constantes ataques del Gobierno y su entorno perruno a jueces con nombres y apellidos denotan el verdadero carácter controlador del presidente del Gobierno, que, en su afán de ciscarse sobre la tumba de Montesquieu, desea hacer posible la unificación de los tres poderes del Estado en uno: el Ejecutivo; ergo, en él.

Por eso hay un fiscal general del Estado, por primera vez, condenado en ejercicio del cargo: por seguir el mandato del señor que habita en la Moncloa de perseguir a la oposición y a los contrapoderes que han osado – y osen– investigar la corrupción de su Gobierno y de su partido mediante el uso de información privada, ya sea inventada o no.

En definitiva, España se enfrenta a un momento histórico muy comprometido y, por ende, incierto desde la Transición. Absolutamente todas las instituciones han quedado tocadas por el corrupto dedo de Pedro Sánchez.

El próximo Gobierno deberá hacer frente a la corrupción sistémica que deja Pedro Sánchez dentro del Estado. Y, además, estar preparado para apagar las calles cuando la izquierda las queme tras perder el poder.