6eaa5abd71e39a357d7ae1c305c6867dd4816542w.jpg
No sé si es cosa mía, pero desde que el escándalo político del PSOE comenzó a conocerse con los primeros imputados, en las reuniones, congresos, asambleas o sesiones de los diputados, los aplausos de los miembros del Gobierno son cada vez más frecuentes, más fuertes y hasta más largos (para ganar al Papa).
¿Eso es nuevo? No y sí.
No es nuevo. Hasta los años 80 en los teatros y óperas había la zona reservada a la claque, con sus alabarderos, reidores y plañideros, según el guion. No han inventado nada nuevo. A la "mucha mierda" se añadió la claque. Éxito seguro.
Pero sí, es nuevo. O mejor dicho, mejorado.
Ahora la claque no está en las filas del gallinero ni las más baratas. Hoy están en primera o segunda fila y muy bien pagados.
Y los alabarderos con sus regidores reciben las órdenes y se encargan de que televisiones del Estado, periódicos que ni quitan ni ponen rey pero sirven a su señor, nos agobien con su aplaudiñamiento.
Pero esto no ha sido así desde el comienzo de los escándalos.
Primero fue el poner la mano en el fuego por el imputado. Pobres manos. No había cremas suficientes para curar tanta quemadura.
Después los "fake news", los bulos, las mentiras. Todo estaba orquestado por Trump.
Después, cuando las cosas ya no se podían ni ocultar ni echar la culpa a otro, vino el ataque frontal a jueces, policías, colaboradores y hasta a los propios miembros históricos del partido.
Ahora, y no es el final, la estrategia es el aplaudiñamiento coreano (o chino, que son sus amigos)
¿Y después? Pues sin ser adivino les diré el final del guion:
"El último que apague la luz al salir".