Brassaï, París nocturno
El dolor del alma, como un jugo gástrico que sube del estómago a la boca, un dolor profundo y temeroso, sin tregua, día tras día, que no escapa de los periódicos, de las novelas, de la poesía, como un retrato sordo del mundo, de la vileza del ser humano, un dolor que patina en las calles, en los parques, cuando la guerra no da tregua, y las personas mueren en la ignorancia de las fronteras, al mando de psicópatas que dan órdenes a aviones y tanques, en la batalla. El dolor súbitamente nos sincera, nos dice lo que somos, nos salva. Hay que sufrir para renacer.
La luz de las farolas como si fueran candiles iluminando la brea de la calzada. Y por ahí pasan los ejércitos con fusiles, disparando a lo alto. Las furgonetas con ametralladoras. La guerra interminable, desde las cruzadas cristianas hasta el golpe del islam en los trenes de Atocha, en las calles de París.
El cielo, la entrada en el cielo, en la muerte súbita del poeta en una cuneta. La realidad, la crudeza, entre páginas e imágenes, para despertarnos de la indolencia. Textos y fotos que nos revelan hasta qué límite puede llegar la amargura del hambre, de la sed.
No hay tregua, los pueblos, unos contra los otros, el miedo en los túneles del metro parando bombardeos, calladamente, repletos de ignominia. ¿Qué puede quedar? La Tierra vista desde la Luna. Cuán bonita la tierra azul. Allí hay bodas llenas de amor, hay nacimientos de niños. Uno se levanta con la esperanza de la redención. Se viste, desayuna y sale fugazmente a la calle, para ganarse el pan, la cena de la familia, una mañana con los grillos cansados de cantar.
Es ya primavera y los almendros dan las primeras flores blancas, salen las hojas verdes de los árboles, el sol calienta la cara, la piel. Y no hay engaño. Por un momento llega la felicidad, lo que también somos, y ya deja de doler, porque ha amanecido.
Las tumbas, recordándonos que la muerte sólo existe en la vida, porque ella acude súbita y transparente al miedo en el espejo, cuando nos vemos más viejos. Ese es el trato del camino al nacer, la vida y la muerte.
El dolor, tácito, ferroso, amargo. La guerra. Un grillo despierto que canta sin cansancio en el comienzo de la noche, sin derrota, un canto de amor, sin pausa, en el silencio de la mañana clara.