El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), escucha la intervención del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. Efe
Parece mentira que en la política española hayamos retrocedido a las taras más radicales y dañinas de nuestro siglo XIX. Y aún más que este retroceso palpablemente catastrófico esté siendo liderado por políticos de baja estofa comprobada durante el ejercicio de sus responsabilidades gubernativas.
Ahí se retrata el carácter ergotista de un Zapatero o de un Sánchez. Rajoy quedó en una antítesis del eretismo.
Entonces, ¿en qué se concreta esa involución ocultada por un "progresismo" de pura fachada?
Bien pensado, los mismísimos republicanos rupturistas fundadores de la Segunda República continuaron encarnando el sectarismo y el personalismo típico de la política decimonónica. Por su parte, los partidos declaradamente revolucionarios se incardinaron en la lógica del enfrentamiento excluyente con más vigor aún. Todos, excepto los líderes "legalistas" de corte centroderechista, insistieron en considerar el Gobierno ante todo como su patrimonio en vez de como la institución donde debían encontrarse y convivir los diferentes intereses nacionales.
Un Gobierno democrático debe gobernar para todos, con templanza y comprensión. Si no lo hace, no es democrático por mucho que haya resultado elegido o pactado. Se convierte en oligocrático.
¿Perciben el parecido con el personalismo intransigente que domina hoy en el "sanchismo zapaterista"?
Ninguno de los republicanos de entonces, ni a fuer ningún líder revolucionario, hizo el más mínimo esfuerzo por superar las divisiones del pasado. Las exacerbaron a conciencia. Como hoy, encarnaron a grupos entusiasmados por imponer sus propios valores y ajustar cuentas con sus predecesores.
Pero en 1975-1978 conseguimos romper con esa herencia secular del sectarismo y del personalismo. De ahí que fuera un momento estelar, sincero y renovador. Las generaciones posteriores recibieron una lección inspiradora y extraordinaria de convivencia y auténtica superación: una filosofía de ruptura optimista (la Transición) acompañada de un marco constitucional que permitía perfeccionar y desarrollar lo mejor en vez de lo peor. El futuro no estaba escrito.
¿Y hoy? Sólo hay que elegir continuar con tolerancia y ambición ese empeño. De ahí que resulte tan frustrante lindando en lo criminal el fomento del renacimiento de un radicalismo retrorrevolucionario embadurnado de un buenismo ideológico que no consiste más que en un cúmulo de rencores irredentos.
¿De verdad queremos eso? ¿Otra vez? Todos los españoles de todas las tribus que pueblan España somos mejores y lo hemos demostrado. Eso es lo que causó la admiración del mundo y levantó nuestro ánimo, el orgullo de saber inventar un futuro alentador e ilusionante. No debemos ni tenemos porqué dejarnos arrastrar por ningún canto de sirenas involucionistas. Podemos atarnos al palo mayor para resistir sus encantos fratricidas. Nuestro pasado nos permite aprender de nuestros errores y nos llama a aprovechar nuestros aciertos.
En las muy próximas y necesarias elecciones pongamos a cada uno en su sitio sin temor ni filiación forzada de dependencias ideológicas caducas. Obliguemos a nuestros gobernantes a ser, no parecer, democráticos. Gracias a nuestra Historia disponemos de todas las herramientas para inventar, de nuevo y desde mañana mismo, un mundo estupendo.