León XIV saluda a la bancada del Congreso de los Diputados. Efe
La izquierda española ha necesitado veinticuatro horas para entender que el discurso de León XIV en el Congreso de los Diputados exhorta a un cambio moral dentro del poder legislativo.
La defensa de los derechos individuales empieza por la protección de la libertad de las personas y la conservación de su dignidad. De otra forma, solo habría siervos de un poder que los manejaría para el logro de unos fines totalmente inmorales.
El Pontífice rechazó el aborto y la eutanasia como fórmulas legislativas y reconoció a los nasciturus el carácter de seres humanos desde el momento de su concepción. La vida de una persona no es un juego, y su preservación es la única manera de garantizar el progreso humano. ¿Qué sentido tiene mejorar los sistemas sanitarios si se busca, desde el poder legislativo —el elegido por los ciudadanos—, acabar con las vidas humanas?
En resumen, el Papa hizo un llamamiento a la protección de la dignidad y de la primera propiedad que todo ser humano tiene al nacer: su propio cuerpo.
Por otro lado, el Papa no puede hacer frente a las nuevas amenazas a las que se enfrenta el mundo sin plantear un cambio dentro de la propia Iglesia católica. En España tenemos los ejemplos de la Iglesia catalana y vasca, empeñadas en dividir a los españoles mediante el uso de la lengua y la protección del violento.
Por eso, no podemos terminar este editorial sin acordarnos del Valle de los Caídos: una obra erigida en homenaje a las víctimas de la Guerra Civil española y a la reconciliación entre españoles, que empezó a ser profanada por este Gobierno desde el momento en que se exhumó a Franco de su tumba, con la connivencia del arzobispo de Madrid, José Cobo.
En definitiva, el mundo se enfrenta a nuevas amenazas, y la Iglesia no puede hacerles frente si cuenta entre sus filas con personas que promueven esos males. Urge un saneamiento dentro del Vaticano. El dogma católico debe preservarse y respetarse dentro de la Iglesia, y los laicos deben ser expulsados ante el peligro inminente de que dicho dogma, lejos de convertirse en una obligación, empiece a ser una mera opción para adherirse a la organización eclesial.
Benedicto XVI lo dejó bien claro en su último texto antes de morir. En dicho escrito hizo referencia a la pérdida de influencia de la religión católica en la sociedad y en la educación, entre otras cuestiones, debido a su apertura al mundo y a la introducción, dentro de la Iglesia, de nuevas fórmulas que desplazaron la moral católica, haciendo que esta comenzara a ser objeto de debate y no una norma a la que todos estamos sujetos.