El Papa León XIV.

El Papa León XIV. Reuters

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Siempre nos quedará la borda

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Uno de los grandes alicientes del verano es la celebración de la muestra de cine más pequeña del mundo en el Pirineo aragonés, en la aldea de Ascaso. Las películas se proyectan en el muro de una vieja borda que antaño daba cobijo a los animales domésticos. Ahora acoge a unos cientos de aficionados al cine que se acercan a ver películas fuera de los circuitos comerciales, o documentales que nos abren los ojos a conflictos que en otros certámenes se les da de lado.

Es difícil describir con palabras el pase de una película con la montaña de Navaín a un lado, y el barranco al otro. En esa era el cine adquiere una dimensión mágica, la magia de Huesca. El Pirineo se llena de historias, el cielo participa y las estrellas cuando no la luna, asisten a la función. Alguna hemos tenido una tronada, pero cierto es, que en su casa están.

Ese lugar tiene el encanto del cine de verano de mi pueblo, Montilla, al que acudía en mi juventud. Tiene la frescura, la cercanía de las viejas casas cargadas de tradiciones familiares y sobre todo, la hermosura del cielo en esos confines del mundo. Todo junto le aporta el sello de lo que a mi entender debe ser el cine, un arte sin fronteras y para todos.

Algún documental nos ha hecho emocionarnos, llorar y derramar lágrimas como San Lorenzo sobre estos montes. Nos han contado la soledad, el despoblamiento o los problemas cotidianos de sus gentes. Otros nos han hecho partícipes de causas sociales que desconocíamos, que han hecho brotar nuevas ideas en nuestra conciencia tan fuertes como son las tronadas de nuestro tan preciado Sobrarbe. Otras películas nos han abierto el corazón, y nos han hecho entender los problemas de gentes que, como nosotros, tienen en este ancho mundo.

En nombre de muchos, y en vista de la cancelación del festival, arreglemos ese muro entre todos. Que por una vez levantar un muro sea algo positivo, que nos permita volver a la era este agosto para ver cine bajo los relojes de sol. Y si no diera tiempo, hacerlo en el Monasterio o en el Palacio de Congresos de Boltaña, con la promesa de volver en años venideros, como cinéfilos que somos, a ese lugar tan nuestro y que, sin embargo, no nos pertenece. Porque la borda es de la montaña, del cielo estrellado y de quienes la llenan de historias. Y pase lo que pase este verano, siempre nos quedará la borda.