El Papa León XIV. Reuters
Decía el obispo Argüello el otro día: "Quiera Dios que esta visita inaugure una nueva etapa y revitalice la democracia".
Llama la atención la frase. Menos por la invocación a Dios —natural en boca de un obispo— que por el objetivo inmediato que le sigue: inaugurar una nueva etapa y revitalizar la democracia. El Papa aparece así investido de una función que parece más política que pastoral.
Uno podría pensar que se trata de una visita de carácter espiritual, como las de Juan Pablo II; teológica, como las de Benedicto XVI; o sencillamente testimonial, como tantas de los pontífices anteriores al Concilio. Pero da la impresión de que el lenguaje de nuestro tiempo obliga a traducir cualquier acontecimiento religioso a categorías políticas.
Lo curioso es que esto apenas sorprende en España. Si existe una institución profundamente entrelazada con la historia, la cultura y el poder de este país es la Iglesia española. Su relación con el mundo nunca ha sido sencilla: unas veces ha tratado de transformarlo, otras de acomodarse a él y otras de gobernarlo indirectamente.
Por eso el catolicismo español tiene algo peculiar. Incluso cuando deja de ser fe, sigue siendo cultura. Muchos españoles han abandonado la práctica religiosa, pero continúan pensando, celebrando y sintiendo dentro de categorías heredadas del catolicismo. El sustrato permanece cuando la creencia se debilita.
Quizá por eso seguimos entendiendo España mejor a través de sus vírgenes, sus procesiones y sus santos populares que mediante muchos discursos ideológicos. El Dios bíblico queda lejos para una sociedad secularizada, pero las devociones sobreviven porque forman parte de una memoria colectiva más profunda que las convicciones de cada momento.
Por mi parte, saludo a León. Y me dispongo a abandonar Madrid durante esos días. Mi barrio estará tomado por Hakunas, peregrinos y entusiastas varios. Cada cual vive la "fe" a su manera; España también.