Unamuno en la antigua plaza de toros de las Ventas en 1917. Foto: Archivo histórico provincial de Guadalajara / Exposición 'Unamuno y la política. De la pluma a la palabra' en la Biblioteca Nacional de España

Unamuno en la antigua plaza de toros de las Ventas en 1917. Foto: Archivo histórico provincial de Guadalajara / Exposición 'Unamuno y la política. De la pluma a la palabra' en la Biblioteca Nacional de España

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Huérfanos de Unamuno por defecto

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Unamuno vive en un vacío no ocupado por la historia, un vasto desierto por donde deberíamos haber discurrido todos hace muchos siglos, en lugar de ocupar el estrecho espacio donde no solo no cabemos todos sino únicamente nuestro enfrentamiento, que es la manera que hemos tenido de relacionarnos, anular al otro para así poder soportar nuestras carencias.

Goya sigue vivo en sus lienzos de dos Españas que no se encuentran y en su lugar se pegan y mantienen la separación que Francia fraguó para nosotros en el XIX. El afrancesado ha sido la peor división que lo francófilo ha dejado en el país, y el dogmatismo eclesial la influencia espiritual que los partidos han secularizado como una fe para sus creencias, dedicadas a estigmatizar herejes por doquier.

Ninguna de las dos mitades nos ha dejado su mejor parte y ninguna ha tenido la generosidad de tender puentes en lugar de tempestades. Huérfanos de ambas Españas, hoy acampa en Moncloa otro que no anda por la senda constitucional ni se espera que vuelva a ella. Fernando VII, al menos, volvió sobre sus propios pasos, pero nosotros seguimos empecinados en creernos nuestras verdades y hacer de la capa un sayo.

El mundo exterior tampoco acompaña mucho. Unos extreman la libertad y otros radicalizan la igualdad. El Estado liberal ha cedido y unos y otros tiran de sus costuras mordiendo con los dientes la hechura de un modelo que quedará como recuerdo último de la Ilustración y el Constitucionalismo de los siglos dieciocho y veinte respectivamente. La radicalización es producto de un nuevo orden estresado pacientemente por China y por las fisuras que poco a poco rasgarán la civilización occidental para el mejor acomodo de la mayor parte de la población del mundo. Europa se hunde con toda su historia para no significar ni simbolizar nada. El resto del mundo puede vivir sin la civilización ilustrada y nadie la echará de menos, pues nadie acrisola una evolución hacia ella desde la Grecia clásica hasta la Modernidad. Ni tienen memoria del recorrido ni lo pueden improvisar.

Nos haría falta un Unamuno planetario que convocara a todas las realidades al entendimiento, pero para llegar a eso necesitaríamos exteriorizar nuestra propia contradicción y elevarla dignamente como el escenario desde el que poder encontrar la dirección adecuada. Un Unamuno que pudiera espetar a los multimillonarios algo parecido a decir, pongo por ejemplo: "Tenéis la fuerza del capital pero no el interés del pensamiento" o algo parecido a "influiréis pero no convenceréis" Que sé yo. Alguien debería enfrentarnos a nuestros demonios expresando primero y sin titubeos sus propias contradicciones. Porque mientras el mundo se afianza en imponer aparentes verdades que no dejan de ser tan solo una perspectiva parcial de la realidad, no nos paramos en la contradicción como una manera de variar nuestra propia perspectiva sobre el mundo. Unamuno es necesario porque supo poner en la balanza sus propias contradicciones para luego enfrentar a los otros sobre las suyas.

Sin embargo, podemos preguntarnos qué significa alguien como Unamuno para Xi Jinping, para Putin o para el mismo Trump cuando ellos no parecen vacilar un solo momento, o podemos preguntarnos, incluso, a dónde nos llevan, a qué punto del futuro de la historia que no sea la destrucción de la civilización, no ya físicamente sino intelectualmente. El último dictador grande de Europa, Napoleón, fue, al menos, un intelectual. No tenía excusa pero se le presumía inteligencia y hasta civilizó el continente. Después de él Europa se batió en una lucha pertinaz hasta encontrar un entendimiento que difícilmente se fragua en un mundo que desprecia nuestros valores. Querámoslo o no somos hijos de la Ilustración, y con ella nos hundiremos dejando al resto del mundo huérfano de la gran civilización que ha dado la humanidad.