Tractorada en Sevilla.

Tractorada en Sevilla. Europa Press

Tractores contra tratados

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El campo español lleva semanas cruzando el país a lomos de un tractor viejo y una palabra muy nueva en su diccionario: Mercosur. Lo que para Bruselas es "un acuerdo estratégico con América Latina", para muchos agricultores suena a epitafio grabado en la puerta de la nave donde guardan los aperos.

De Murcia a Galicia, de la Meseta a Canarias, la estampa se repite: hileras de tractores, chalecos fosforescentes, pancartas improvisadas y rabia cansada en los rostros. No son solo imágenes, también cifras: decenas de miles de profesionales del campo han salido a la carretera para decir que no competirán con productos que entran en Europa con menos controles, menos costes y menos obligaciones. A esa desconfianza hacia el acuerdo UE-Mercosur se suman los recortes previstos en la futura PAC, percibidos como la puntilla para explotaciones que ya sobreviven en el alambre.

El mensaje es simple, casi brutal: no estamos contra el comercio, estamos en contra de que se nos condene a perder. Las organizaciones agrarias repiten una expresión como sentencia: competencia desleal. Denuncian que, mientras Bruselas exige más requisitos ambientales, más burocracia y más controles, abre la puerta a importaciones de países donde pueden usarse fitosanitarios prohibidos aquí, donde los costes laborales son inferiores y donde el bienestar animal no se mide con la misma vara. En esa ecuación, el pequeño productor siempre resta: vende barato, produce caro y encima se le pide entusiasmo en nombre de la "apertura comercial".

Las tractoradas se extienden por todo el mapa. El ganadero de vacuno teme que la carne brasileña reviente precios; el citricultor sospecha que la naranja importada ocupará su hueco en los lineales; quien cultiva ajo lo resume sin retórica: la muerte del campo. A muchos les suena, otra vez, a trueque silencioso: el sector agrario como moneda de cambio para que otros sectores más "modernos" se anoten los titulares optimistas sobre nuevos mercados. Ellos ponen los sacrificios; otros, las ruedas de prensa.

En ese clima, el discurso se endurece. Los mecanismos de salvaguardia del tratado se comparan con un paraguas roto: existen en el papel, pero nadie confía en que se abran a tiempo si las importaciones hunden los precios. Algún dirigente agrario lo resumió con una frase reveladora: si no controlan ciertas cosas mucho más graves, ¿van a controlar la carne de vacuno? Es una boutade, sí, pero encapsula el nivel de desconfianza hacia las promesas de control y reciprocidad.

Mientras tanto, la política juega su partida paralela. El Gobierno defiende la necesidad de tejer alianzas comerciales y subraya las oportunidades industriales de Mercosur, mientras intenta tranquilizar al sector con promesas de vigilancia y compensaciones. Pero el campo ha agotado su crédito de paciencia. Cuando llevas años escuchando que "esta vez sí" se protegerá a los profesionales del campo y solo ves costes al alza, papeles, inspecciones y ahora competidores más baratos, la fe institucional se evapora. Por eso cada aplazamiento del acuerdo en Bruselas se celebra como victoria en tiempo añadido.

En el fondo, las protestas no van solo de aranceles ni de cuotas. Van de dignidad y supervivencia. Quienes trabajan la tierra sienten que se les exige ser guardianes del paisaje, garantes de la seguridad alimentaria y actores principales de la transición ecológica… pero se les remunera como vestigios incómodos del pasado. Mercosur se convierte así en símbolo perfecto: un tratado remoto, firmado lejos, con siglas abstractas, cuyas consecuencias se miden en hectáreas abandonadas, explotaciones que cierran y pueblos un poco más vacíos.

Por eso los tractores seguirán saliendo mientras el mensaje no cambie: reglas iguales para todos, dentro y fuera de la UE, o no hay trato. Lo que pide el campo no es enriquecerse a base de subvención, sino dejar de ser el tonto útil de la globalización comunitaria. Y si para que se les oiga hay que colapsar una autovía a diez por hora, se colapsa. Porque, visto desde la cabina de un tractor con treinta años de servicio, lo que está en juego no es un acuerdo comercial: es si el futuro del campo español cabe en el mapa de la Europa que se está dibujando.