El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, interviene desde la tribuna de oradores.

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, interviene desde la tribuna de oradores. Efe

Lo que Feijóo y Abascal deberían entender

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España atraviesa uno de esos momentos en los que la tibieza no es prudencia, sino renuncia. Frente a un poder que ha demostrado estar dispuesto a todo con tal de mantenerse en las instituciones, la oposición sigue comportándose como si las reglas del juego siguieran intactas, como si el adversario respetara límites que hace tiempo decidió traspasar y que no ha respetado casi nunca.

El llamado sanchismo no es una simple etapa de gobierno: es una forma de ejercer el poder. Un modelo basado en la ocupación progresiva de las instituciones, en la reinterpretación interesada de las normas y en la construcción de mayorías parlamentarias sustentadas en fuerzas que no creen en el proyecto constitucional de 1978. Pedro Sánchez no gobierna únicamente con una suma de escaños; gobierna con un bloque político que incluye a quienes han cuestionado abiertamente la unidad nacional, han justificado la violencia o han trabajado para debilitar el Estado desde dentro.

Es más preocupante la normalización de esas alianzas que la naturaleza de las mismas, porque lo que ayer era una excepción hoy lo han querido convertir en virtud democrática y se despachan “los cambios de opinión” con arrogancia. En el camino, como ya se ha relatado aquí, y no me cansaré de denunciarlo, se colonizan organismos, se presiona al poder judicial, se reescribe el relato histórico y se diluyen las fronteras entre el interés general y la supervivencia política.

En este contexto, resulta difícil comprender que el Partido Popular y Vox sigan actuando como si el principal riesgo fuera el coste reputacional de entenderse entre ellos. Como si el verdadero problema fuera una foto incómoda o un titular adverso. El miedo al qué dirán, al reproche moral de una izquierda que ha renunciado a cualquier coherencia ética, se ha convertido en uno de los principales obstáculos para articular una alternativa sólida de gobierno. Una izquierda que desde la II República no puede dar lecciones de demasiadas cosas.

Feijóo y Abascal deberían entender una lección básica, casi elemental: no se combate un proyecto de poder sin complejos con una oposición acomplejada. El autócrata Sánchez no duda. Pacta con herederos políticos del terrorismo, con responsables del mayor desafío secesionista de la democracia española y con fuerzas que desprecian abiertamente los consensos de la Transición. Lo hace sin pedir perdón, sin matices y sin asumir costes morales. Frente a eso, la derecha constitucional sigue dudando de su propio derecho a gobernar.

Pactar no es claudicar. Pactar es aceptar la realidad parlamentaria y actuar en consecuencia. El problema no es que PP y Vox negocien; el problema es que lo hagan desde la defensiva, como si tuvieran que disculparse por representar a millones de españoles que desean un cambio político claro, legítimo y urgente. No hay nada ilegítimo en construir mayorías alternativas cuando el objetivo es devolver al Estado su neutralidad, reforzar la separación de poderes y garantizar que la ley vuelva a ser el límite infranqueable de la acción política.

España no necesita más gestos simbólicos ni discursos calculados para tranquilizar a quienes jamás concederán legitimidad a una alternativa conservadora. Necesita determinación. Necesita una oposición que entienda que el actual bloque gubernamental no es un socio circunstancial, sino un proyecto que aspira a redefinir el sistema desde dentro, debilitando los contrapesos y sometiendo las instituciones a una lógica partidista.

No se trata de imponer un modelo ideológico, para eso está la izquierda, sino de restaurar reglas básicas del juego que hoy están seriamente erosionadas. Liberar a España de una corrupción abrumadora, del peso político de quienes han justificado el terrorismo, de quienes intentaron quebrar el orden constitucional y de una ultraizquierda que desprecia abiertamente los consensos fundamentales no es extremismo. Es sentido de Estado. Es entender que hay líneas que no deberían cruzarse nunca, por mucho que los números parlamentarios lo permitan.

Feijóo debe decidir si quiere encabezar una mera alternancia o liderar una verdadera rectificación histórica. Abascal, si aspira a algo más que a la denuncia permanente, debe asumir que la firmeza también consiste en saber construir. Ambos están ante una encrucijada que va más allá de sus partidos: se trata de determinar si existe voluntad real de ofrecer a España un gobierno que crea en sí mismo y en la legitimidad de su proyecto.

Las naciones no caen solo por el empuje de quienes las erosionan desde dentro, sino por la vacilación de quienes pudieron detenerlos y no se atrevieron. Llegará el momento de hacer balance y no bastará entonces con decir que se tuvo razón: habrá que demostrar que se estuvo a la altura.

Sánchez no es un presidente que respete las formas ni la democracia. Sus hechos así lo han demostrado. El tiempo de la duda se cierra. El de la responsabilidad —con todo su peso— acaba de comenzar.