Accidente de tren en Adamuz, Córdoba.

Accidente de tren en Adamuz, Córdoba.

La culpa no es del del PP: no politicen la tragedia

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Hay tragedias que llegan sin avisar y hay relatos que llegan demasiado pronto. En España, cuando ocurre lo primero, casi siempre sucede lo segundo. No han terminado de contarse los muertos cuando ya se está contando la historia. Y en esa historia, desde hace años, hay una pregunta que flota en el ambiente de la izquierda, siempre de la izquierda, con una naturalidad inquietante: ¿otra vez el PP?

No se formula siempre en voz alta. A veces basta un titular, una tertulia apresurada, un tuit indignado. Otras veces sí se dice, con todas las letras, sin pudor y sin espera. Porque en la política española la tragedia no se respeta primero: se interpreta. Y casi siempre en la misma dirección.

El 11 de marzo de 2004 inauguró esta forma de mirar el dolor. Aquella mañana no solo estallaron trenes; estalló también la frontera entre información y combate político. Años después, el PSOE sigue hablando de "la mayor infamia, la mayor mentira de un Gobierno", convencido de que el Ejecutivo de Aznar manipuló la verdad en los días más oscuros del país. La frase es real, repetida y solemne. Lo que raras veces se recuerda es que la sentencia política se dictó antes de que concluyera la investigación, y que desde entonces aprendimos a juzgar primero y a comprobar después.

Con el Prestige, el mar se llenó de chapapote y la política de certezas morales. Con el Yak-42, el duelo de las familias se convirtió en munición parlamentaria. Con el metro de Valencia, el silencio institucional fue interpretado como culpa antes de ser explicado. No es que no hubiera errores. Es que la culpa siempre supo a lo mismo y apuntó al mismo sitio.

Luego llegó la pandemia, ese territorio sin mapas. Mientras el miedo avanzaba más rápido que el virus y las normas cambiaban cada semana, la gestión de las comunidades gobernadas por el PP fue descrita desde la izquierda como insuficiente, irresponsable, casi criminal. "No estuvieron a la altura", se dijo en sede parlamentaria cuando aún no sabíamos ni cómo se contagiaba del todo ni cuántos muertos habría. La complejidad quedó sepultada bajo una consigna sencilla: si gobierna el PP, algo se ha hecho mal.

Y cuando el agua volvió a arrasar pueblos enteros con la dana, el reflejo fue idéntico. Antes de los informes, antes del análisis sereno, alguien habló de "negligencia criminal". No fue un tertuliano exaltado, sino una portavoz socialista. Una expresión de una gravedad extrema lanzada cuando el barro aún estaba húmedo y las cifras no eran definitivas. No era una pregunta. Era un veredicto.

Así funciona el mecanismo. La tragedia no es el final de nada, sino el principio del relato. Un relato que no espera, que no duda, que no concede tiempo. El dolor es urgente, pero la culpa lo es todavía más. Y siempre tiene destinatario conocido.

Nada de esto absuelve al PP de sus errores, cuando los haya. No va de blanquear gestiones ni de negar responsabilidades. Va de algo más incómodo: de asumir que hemos aceptado como normal que el sufrimiento sea utilizado como atajo político, que la indignación sustituya a los datos y que la moral se imponga a los hechos.

Quizá la pregunta no debería ser quién gobierna cuando ocurre una tragedia, sino qué clase de país somos cuando no sabemos esperar. Porque cuando el relato llega antes que la verdad, la tragedia deja de ser solo una tragedia. Se convierte en un argumento. Y entonces, pase lo que pase, ya sabemos la respuesta.

El terrible accidente ferroviario recientemente ocurrido es la prueba final de todo lo anterior. Desde el minuto uno, el Gobierno y sus numerosas terminales mediáticas —y comisarios políticos autodenominados periodistas—, los Intxaurrondo, Ruiz y escolares varios, repiten psoezmente, como un mantra aprendido de memoria, que "no hay que politizar la tragedia".

Eso, en lenguaje sanchista, significa exactamente lo contrario: que el Gobierno de Sánchez y el ministerio del locuaz y faltón Puente son los responsables políticos últimos de las muertes, y que conviene levantar cuanto antes un cordón sanitario de palabras para que nadie haga demasiadas preguntas.

Las pancartas de "Ayuso asesina" se han quedado esta vez en las imprentas de la izquierda. No porque haya súbito pudor, ni porque el dolor invite al silencio, sino porque en esta ocasión —qué mala suerte— no hay manera humana de endosar las muertes a la derecha.

Y cuando no se puede señalar al adversario, la consigna es clara: no politicen. Porque todo, absolutamente todo, apunta al Gobierno.