Octavio Gómez, profesor y escritor. Zaragoza
Una llamada de teléfono a media tarde: «No te puedo atender, nos vamos», me dice mi padre. Marchan a la manifestación de Zaragoza, la concentración en apoyo de Ceuta. Mi madre nació en Melilla cuando las provincias españolas de África participaban en la liga de fútbol. Mi madre y mi padre, en el calor del estío, caminan de la mano hacia la Plaza de España.
Desde Ateca, donde el ayuntamiento no ha seguido la convocatoria de la Federación Española de Municipios y Provincias, me conforta la emoción que me provocan las imágenes de las redes sociales.
Los días siguientes explotan los documentados afines, los partícipes de la gran doma, se incorporan, incluso, algunos conocidos al insulto. Es un impacto, es duro, ¿Qué es lo que has llamado a mis padres? Ves a una madre, ves a una niña, ves a cualquiera en Ceuta y el chaparrón de tristeza, el testimonio demoledor, te atrapa como una fiebre…
¿A quién vas a creer, Octavio, a los que están allí o al Gobierno? ¿A tus ojos o al manifiesto de la sincronizada? No sé si nuestro presidente ejerce, con el rostro céreo a pesar de sus abundantes vacaciones, un odio programático hacia aquello que estropea el discurso buenista o que, por una vez, las pantomimas de manipulación para alejar el foco de sus escándalos no le compensan mediáticamente.
Tiene que descansar, Octavio, el amado líder, para mostrar su mejor talante frente al masaje periodístico de septiembre. No, no tiene. Tiene que estar junto a los ciudadanos, tiene que protegerlos, tomar decisiones complejas, incluso arriesgarse a la crítica, externa o interna, porque ellos, los ceutís, son los más importantes. Ay, todas esas leyes… qué bello papel tintado, seguro que la respuesta de la UE, Donald Trump, Papá Noel y Leo Messi están muy preocupados.
Cualquiera con una mínima perspectiva sociopolítica sabe que ciertas acciones frente a una invasión así no serán causa de reprimenda, más allá de algún exaltado buenista, ¿Qué tiene, miedo a los ultras que engulleron con gula su decisión sobre el Sáhara? Esos que callaron con tal de no perder poltrona...o a los otros, a los que hicieron de su chalet el proyecto del muro auténtico… el Sáhara, leo a Jesús Torbado, que en 1976 escribía: "Los polisarios rezaban para que España no los abandonase, después de haberse tirado varios años luchando contra los soldados españoles y poniendo bombas por todas partes".
Si hay niños, que vuelvan con sus padres, si sus padres no pueden darles un buen futuro, que los politólogos de liberación pidan una revuelta contra el sátrapa que los mantiene en esa situación mientras organiza una final del mundial de fútbol. Son niños. Niños de quince años, enmohecidos de nicotina y devoción, yo he visto niños de esa edad, dentro y fuera de mi clase. Menudos niños, con su delfín y todo, huyendo de esas guerras que solo florecen en tiempos de paz.
Pidamos una primavera árabe, aunque todos sabemos que acaban en inviernos teocráticos. Ay ese sentimiento de culpa, entre lo democristiana y lo socialdemócrata, qué dulce narcótico político, autocomplacientes. Pienso que después tantos siglos, España ya no es utopía ni Imperio, es forma arcana y retroceso.
Septiembre de sudor y principios. ¿Recuerdan cuando Jordi Pujol protestaba por los desfiles de las Fuerzas Armadas en Barcelona? ¿Recuerdan cuando hablaba de que era una invasión? Contra esa liturgia no se alzaba la voz. Es difícil discutir contra una historia que te contradice. Por eso es mejor caer en el misticismo laico que se entregue a esgrimas verbales. Sigan burlándose del catastrofismo que algunos defendemos.
Entréguense a la inoperancia verbal. Sé que les siguen saliendo los números. Pero guarden su ladrido contra mis padres, contra todos los padres de España que salieron a la calle. No me hagan enfadar.