Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ.

Joseba Bonaut, profesor de Comunicación en la UZ. E.E

Opinión

El cine como representación de la sociedad

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Este verano ha sido muy activo en la industria cinematográfica. La gran noticia ha surgido con el éxito en recaudación de grandes películas como “La Odisea”, “Spiderman: Brand New Day” o “Toy Story 5”.

A fecha de hoy, estos filmes han recaudado más de 4.000 millones de dólares en todo el mundo, y ya se puede afirmar que está siendo, y será, el verano más rentable de los últimos tiempos.

No está mal para un arte que se daba por muerto en las salas de cine.

Por otro lado, y como ya parece desgraciadamente habitual, también este periodo ha estado inundado por numerosas polémicas, tanto en el debate público como en el mediático.

Aquí consideraré, de forma arriesgada, las redes sociales como medio de información de la audiencia.

La más destacada ha girado en torno a “La Odisea” de Christopher Nolan, y nos hemos encontrado temas tan variados como la oportuna adaptación de la obra de Homero.

Grandes académicos han criticado al cineasta británico por una “indigna” representación cinematográfica del poema épico.

También ha habido una “refinada” y “sibarita” reacción ante el formato IMAX de la película y su incapacidad para presentar su imagen de forma correcta y masiva.

Solo se ha podido proyectar en IMAX 70mm en 41 cines del mundo.

Y, para mí, la polémica más interesante ha sido la de las críticas previas al estreno del filme sobre su visión “woke” de la obra y la aparición de personajes negros en la historia.

Como Helena de Troya —siento el destripe— o la irrupción de Elliot Page, que “transicionó” de mujer a hombre.

También se rumoreó que iba a representar al héroe Aquiles, cuando finalmente dio vida a Sinón, personaje inventado por Nolan para su adaptación fílmica.

Como vemos, de nuevo, las formas que adopta el cine para contar sus historias quedan bajo la polémica y el minucioso escrutinio público.

También lo hacen, de forma más elemental, las decisiones sobre cómo el mundo actual y las ideologías reinantes se filtran en las películas.

No soy un gran defensor de aquello que ha acabado convirtiéndose en “cultura woke”, fundamentalmente por su esfuerzo bastante artificial para encajar ciertas historias en unos moldes mentales que, en muchas ocasiones, no representan siquiera la realidad de nuestra sociedad actual.

Es decir, forzar la repetición de ciertos temas recurrentes de modo activista, reinterpretar historias clásicas a través de personajes racializados o reconstruir el legado cultural cinematográfico.

Todo ello sobreexplicando que ciertas épocas y formas de representar la realidad eran racistas o machistas, incluso llegando a la censura de las películas.

En una época con tanto acceso a la información, a mí me parece un insulto a la inteligencia.

Sin embargo, ahora que el péndulo se dirige en dirección contraria, observo con más detalle y doy más importancia al fuerte papel que tiene el cine para representar la sociedad en un momento histórico.

En las últimas semanas he estado revisionando la filmografía de los años 60 y 70 del director francés Claude Chabrol.

Maestro del suspense y de la crítica a la burguesía acomodada, Chabrol trazó en esos filmes una radiografía exacta de las contradicciones de una sociedad avanzada y reaccionaria al mismo tiempo.

Una sociedad de dos caras: una luminosa y superficial, y otra oscura y dañina.

Sus películas son testimonio de un tiempo y una demostración clara de la pericia cinematográfica.

Sin embargo, lo que me ha llamado mucho la atención es la ausencia total de diversidad racial, sexual e incluso de clase en estas historias.

Actualmente, sería imposible imaginarse una película francesa sin población negra o árabe, o con historias que no aborden la discriminación social, económica o de género.

¿Son problemas de la actualidad y no existían en los años 60 y 70 o bien el cine los escondía deliberadamente?

Hay que entender que el cine es, nos guste más o menos, además de un medio narrativo y generador de ilusiones, un instrumento que crea y moldea nuestra realidad.

Refleja sus valores, funciona como espejo deformado de sus ciudadanos y, como en la vida diaria, es un campo de batalla de poderes y contrapoderes.

En definitiva, el cine de Chabrol de los 70 reflejaba una parte de lo que era Francia en ese momento.

Pero también un segmento reducido, exclusivo y dominante: aquel que poseía el poder real y de representación.

Por eso, que el cine pueda reflejar diversidad y ampliar el horizonte mental de sus espectadores tiene que verse con gozo y alegría, no como una amenaza.

La “cultura woke” es solo una etiqueta que esconde otras batallas por el poder cultural hegemónico.

Pero, en su esencia, anima a despertar las conciencias y pensar que el mundo es y, en verdad, siempre lo ha sido, diverso, heterogéneo y multicultural.

Esos son los grandes valores que hay que mostrar y no esconder.