Lara Cotera, periodista
“Me despierto y siento la siniestra oscuridad, no el día”. Es una frase de Joan Didion, periodista y escritora, autora de un libro sublime sobre el duelo que ocupa mi mesilla de noche desde hace varios meses. El libro se llama “El año del pensamiento mágico”, y algunos días vuelvo a él sin orden y sólo por releer algunos fragmentos.
Vuelvo aún más últimamente, tras la tragedia de Adamuz, repasando esta íntima bitácora en la que Didion, viuda y despojada también de su hija, relata a corazón abierto el vacío que deja la muerte en las personas que sobreviven a la pérdida. Cuenta que se sienten desnudas, incorpóreas, cruzando el río Estigia junto a Caronte con el alma a la intemperie.
No sé cómo despertarán cada mañana las familias de los 45 fallecidos en los trenes de Adamuz, si sentirán la oscuridad o el vacío de la ausencia. Ni siquiera sé si podrán despertar, o vivirán en un duermevela sin paz, viendo caer los días sin capacidad de medir el tiempo, detenido para todas ellas. Aunque no; porque el tiempo y la vida siguen, y eso también duele.
Los demás, sólo espectadores de la tragedia y a pesar de todo profundamente confrontados por ella, sabemos ahora que seguimos vivos de milagro y por puro azar. Por no haber cogido ese tren o porque no era nuestra hora, sin que esto tenga ninguna lógica ni mayor importancia en el orden del mundo salvo para nuestros seres queridos.
Ni la vida ni la muerte son justas: lo aprendemos con los años y lo lloramos con amargura cuando mueren nuestros seres queridos, que poco a poco nos son arrebatados, uno tras otro, por diagnósticos o accidentes que nunca esperamos, pero que siempre nos esperan.
Las imágenes de estos días me devuelven a una escena repetida en mi casa hace ya muchos años. Recuerdo haber visto a mi madre muy afectada por alguna tragedia similar. Y recuerdo haberme sentido algo molesta con ella, porque nunca sabemos cómo gestionar la pena de quienes queremos, sobre todo cuando es por algo demasiado lejano que no debería alterar nuestra vida. Cuando somos jóvenes nos sentimos inmortales, libres de pesos y preocupaciones, a miles de kilómetros de un sufrimiento que creemos lejano y poco probable. Somos necios todavía.
Ahora yo soy esa madre, y veo las imágenes de las maletas desperdigadas en las vías del tren, los libros, las ropas, los zapatos que llevaban y las mascotas con las que viajaban; y pienso que la vida es muy perra y que una noche de enero es demasiado fría para morir o sobrevivir a la intemperie. Y, también, escucho a mi hijo al lado preguntarme: “¿A qué hora fue el accidente?”. “Sobre las ocho de la tarde”, le contesto. Y entonces pronuncia en voz alta lo que todos pensamos en algún momento: “¿Te das cuenta, mamá, de que mientras los demás vivíamos un día normal todas esas personas estaban ahí, en los trenes, y algunas morían?”.
Me doy cuenta. Y también de que la vida es frágil y que la suerte es caprichosa. De que sólo existe hoy, de que el pasado y el futuro no son ninguna razón que valga en esto de vivir, y de que con los años aprendemos que la suerte no es cronológica ni respeta a nadie. Cuántos años pasamos sin saber lo frágiles que somos, pero más por inconsciencia que por exceso de valor.
Ahora llega el tiempo de saber qué ocurrió y por qué. Y pienso que no gritar es de valientes, y ayuda a escuchar la voz de las familias de las víctimas mientras recorren su duelo. No es lo mismo estar que estar a la altura, y por eso a los políticos les pediría que no se echen los muertos a la cara. Pero también, por favor, que no echen la culpa al azar, ni al momento, ni al destino, ni a las horas, ni al tráfico, ni mucho menos al último operario de la cadena. Porque las familias no merecen despertar en más días de oscuridad por una excusa peregrina para salvar un puñado de votos.