En memoria de Víctor Barrio

El demoledor homenaje de Alejandro Talavante

El extremeño cuaja una faena descarada con un inicio vertiginoso del que se desprendió un natural extraordinario de rodillas. Cortó el rabo. Morante dos y Juli también al cuarto premiado con la vuelta. José Tomás y Padilla una. Manzanares lidió con el peor.

Alejandro Talavante, con el rabo.

Alejandro Talavante, con el rabo.

  1. Corridas toros
  2. Plazas de toros
  3. Alejandro Talavante

Lo único que le faltaba a la tarde era un detalle para rematar la danza sobre la tragedia. Algunos de los folletos de mano llevaban publicidad del cementerio local. "Servicio funerario completo, entre". El famoso impacto económico directo. Por si acaso, pensarían. Qué mejor día. La muerte es la vecina del toreo: coinciden y no se saludan. Este domingo se celebraba para alejarla hasta el punto de rodearse de ella.

José Tomás, Juli, Talavante, Morante de la Puebla, Manzanares y Padilla.

José Tomás, Juli, Talavante, Morante de la Puebla, Manzanares y Padilla.

Los seis matadores se desmonteraron en una ovación rotunda roto el paseíllo. Seis conceptos abiertos como una baraja en la primera raya del tercio. Cada uno con su manera de coger la montera, estirar los brazos y moverse. No estuvieron ni Don Juan Carlos ni Curro Romero al final. Al rey lo sustituyó Fernando Bermejo y al funcionario emérito su hija la infanta Elena, sentada junto a la viuda, padres y hermana de Víctor Barrio: ojalá no se hubiera celebrado nunca esta corrida. Muchas negritas esparcidas por la sombra. Desde el callejón hasta las gradas, la masa humana abarrotaba la plaza. Ni un hueco en los tendidos, ni en el aire, tan pesado y caluroso. Valladolid era un invernadero. Más arriba, por fuera, los balcones llenos rebosaban el acontecimiento.

Daban las ocho y veinte. Las agujas quedaron petrificadas. El terremoto de Talavante congeló el reloj de la plaza de toros en ese instante. A Valladolid le quedará su ruedo como a Bologna la estación. No se movía nada. Se masticaban las milésimas. Después de un vertiginoso inicio de rodillas citando en la distancia por una arrucina, cambiarse al toro por la espalda tres veces y un pase de pecho, Alejandro Talavante cogió la mano izquierda. El instante del embroque, tan contundente, caído el matador en los riñones, todo el pecho por delante, encajado, natural, fue demoledor. Una falla se abrió detrás de las plantas de los pies, vías de escape hacia otra dimensión. Bajo las rodillas sostuvo en ese segundo el mundo. Entre el toro y él estaba todo. Coloreada esa parte de la plaza. Borroso todo lo demás. Soltó la muñeca y con toda la cintura rompió el muletazo en un natural único coloreando el resto. Histórico. La gente rugió en una bocanada abismal de alivio. El ole. El clasicismo reinventado. Brutal Talavante. En ese momento se llevaban a la enfermería a Trujillo lesionado.

Antes, con el capote, había toreado a pies juntos a la verónica. Enlazó con una cordobina mecida. Lo mejor fueron las largas. Tres como un muestrario de lo que viene. La primera ausente, dejada caer sobre la mano, volando sin motor; la segunda con el capote al revés, flexionada para dejar a 'Cacareo' en el caballo; la tercera toreadísima sobre las puntillas de las manoletinas, festiva y preciosa, para rematar el ceñido quite por gaoneras y saltilleras.

El resto de la faena tuvo la sencillez y el descaro. Los naturales muy buenos, pasándose al toro por barriga. Palpitaba el primero todavía. Qué fenómeno. Tapó la salida por la derecha redondeando aún más. Todo lo puso Talavante, muy justo de fuerzas el toro. De nuevo se plantó de rodillas, con la faena ya en el descuento. El toro no podía más. En realidad estaba acabada desde el primero. La gente alucinaba. Todos volaban alrededor de él, fresco, inspiradísimo. Se tiró a matar desde un convencimiento nuevo, desplegada la cortina. La estocada fue entera, agarrada y mortal. El toro cayó a sus pies. Rendida la plaza empujó hasta el rabo, que paseó sonriente Talavante.

A Morante dio gusto verlo. Fue con Talavante el único que no brindó a la familia. Desde el tercio ofreció la montera al público y después al cielo. La verónica se desplegó impoluta sobre el esponjoso ruedo, recién regado bajo su batuta. Las órdenes las recibía Lili, que corría a los areneros. El toro de Zalduendo era chato. Apretado. Morante lo toreó con mucha suavidad. Una chicuelina lo envolvió y remató con la media cerrada atrás. El toro no se dejó en el quite.

El inicio de faena fue una maravilla. Precioso. La trincherilla enganchó con un molinete arrebujado. Se le descolgó el mechón, que es como cuando te acaricia una madre. Qué acogedor. El desprecio se fue hasta otro molinete invertido. Desenfadado Morante, se durmió en el pase de pecho. No habían recorrido ni un metro toro y torero, en aquel centímetro dibujo eso.

Hasta los medios se lo llevó. No exigió nada Morante. Toreo fácil. En una versión alegre de su tauromaquia. Sin redondear la faena pero con un contenido selecto, retazos de su genio esparcidos. Una tanda con la derecha desgarrada, otra más generoso aprovechando el viaje y perdiendo dos pasos. El natural tiraba del toro con el pico volandero alcanzando el ojo contrario. Hasta la hombrera contraria largó el pase de pecho. Salía de la cara como si estuviera en salón de su casa. Torea en zapatillas Morante. Con un farol abrió la nueva tanda. A pies juntos fueron mejores los naturales. Fantástico. El medio espadazo tuvo torería. El toro sintió como le avanzaba la muerte venenosa desde el acero agarradísimo. Se derrumbó por fin y Morante cogió con dos deditos cada oreja.

Juli y el toro de Domingo Hernández se hicieron carantoñas durante toda la actuación. Los dos bailaron, se ayudaron e hicieron triunfar el uno al otro: el toro recibió la vuelta al ruedo póstuma y Juli lo desorejó.

Tenía mucha calidad el toro. Fondo de tracción. Arrancaba desde atrás. Alguna embestida rebrincada. La fuerza en el límite. Juli lo administró muy bien, de más a menos. Faena de laboratorio. De conocerse él mismo y la ganadería. Llevó primero el galope sin entrega a su aire con la mano derecha. Después la bajó. Una cuarta de muleta se intuía apuntalada al ruedo. Metió la cara el toro olvidados ya los primeros defectos. Luego lo terminó de cuajar con circulares. Utilizó la luquecinas, pero estaba sin fuelle el de Domingo Hernández. El Juli le ha dado ahora por ahí, que es como si el dueño de Jabugo desayunara margarina. Un cambio de mano fue formidable, tan largo. Con el capote mostró el nuevo lance, que es una suerte de orticina pero enredándose el capote desde una cordobina y girando el cuerpo.

José Tomás evolucionó con la verónica de menos a más. Avanzó junto al castaño de Cuvillo hasta los medios. Al principio el capote recogía las embestidas sueltas. El toro se daba la vuelta del revés. Superados los medios, acortada la distancia entre ambos, obtuvo tres lances más, compactos. Las chicuelinas fueron precisas.

Brindó a Raquel Sanz, a cubierto en sus gafas de sol. Los estatuarios fueron contenidos. El pase del desprecio fue un despertador, cadente e intenso. El toro descendió en un giro en torno a la piedra de José Tomás. Citó al natural relajado, en la distancia larga. Crepitaba el silencio. Al toro le faltaba chispa. Una trincherilla fue buena. Otro pase de pecho muy despacio, templado y balanceado sobre el toro. Al cuvillo no le quedaba más gas. José Tomás le ganó un paso, siempre puesta la muleta. Aguantó dos miradas y se pasó la muleta de una mano a otra con intensidad, poniendo él lo que faltaba. Al final, destelló un ayudado. 

El primero se tapaba por la cara. Brillaba el pitón blanco como la nieve coronando una montañita. El juampedro que se escogió Padilla pesaba 441 kilos y tenía cuerpo de modelo. Finito. Recibió un puyazín. Abrió Padilla el homenaje con dos largas cambiadas e inauguró los brindis a la viuda. Al toro le costaba tirar de ese cuerpo, desfondado. Padilla cuajó sin problemas el tercio de banderillas. Los dos banderilleros acudían al rescate una vez consumada la acción. Los capotes como salvavidas. La faena tuvo dos naturales y poco más. Padilla lo intentó por las dos manos, el toro se dejó y el espadazo cortó la oreja.

El toro de Victoriano del Río tenía un aire a Atanasio desde el perfil a los pitones blancos con la punta negra. Salió muy frío, suelto, buscando siempre un resquicio. La lidia consistió en cuidarlo. Es como si el quinto hubiera ocurrido en otra tarde. Hubo muchos tiempos muertos, espacios en blanco. Manzanares brindó a la familia emocionado. Vestía el catafalco y azabache del año 1 después de su padre. El toro embestía descompuesto. Perdía las manos. No se entregaba. Pisaba en fango. No decía nada. Manzanares lo llevó de un lado a otro, partiendo las tandas en silencios de partitura. A ver si reponía. No subió. Intentó sonar la música y la tuvieron que callar. Algo se despertó en el alicantino. Al natural trenzó dos tandas leves, sutiles y limpias. La gente le dijo ole y se quedó contenta.

VARIAS GANADERÍAS/ Juan José Padilla, José Tomás, Morante de la Puebla, El Juli, Manzanares y Talavante

Plaza de toros de Valladolid. Domingo, 4 de septiembre de 2016. Corrida homenaje a Víctor Barrio. No hay billetes. Toros de varias ganaderías, se dejó el 1º de contado poder de Juan Pedro Domecq, sin chispa un 2º de Núñez del Cuvillo, 3º suave y dormido de Zalduendo, buen 4º de Domingo Hernández premiado con la vuelta al ruedo, 5º cambiante y sin fondo de Victoriano del Río, 6º de Núñez del Cuvillo sin fuerza.

Juan José Padilla, de sangre de toro y oro. En el primero, espadazo trasero y muy caído (oreja).

José Tomás, de grana y oro. En el segundo, estocada trasera casi entera. Un descabello (oreja).

Morante de la Puebla, de catafalco y oro. En el tercero, medio espadazo delanteroEl Juli, de azul noche y azabache. En el cuarto, espadazo entero algo desprendido (dos orejas).

José María Manzanares, de catafalco y oro. En el quinto, estocada contraria, delantera y casi entera.

Alejandro Talavante, de verde hoja y oro. En el sexto, estocada entera algo trasera (dos orejas y rabo). Se fue andando con el resto de matadores.