CARTA DEL DIRECTOR

Lovely Rita, la penúltima negrita

El sábado 13 de enero de 1996 los Aznar cenaron en mi casa con Isidoro Álvarez y su esposa. El líder del PP llegaba eufórico de un acto de precampaña en Valencia -"La gente está volcada con nosotros, Zaplana cada vez tiene más prestigio"- y el presidente de El Corte Inglés veía en la perspectiva de cambio político una palanca de relanzamiento económico. Su mundo era "la tienda" y se quedó contento cuando Aznar le dijo que "se iba a hinchar a vender calcetines" en cuanto ganara el PP. También le siguió la broma sobre el primer fracaso de Javier Arenas como candidato a la Junta de Andalucía.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

- Si no es presidente de la Junta, le nombraremos jefe de ventas de El Corte Inglés en Sevilla. ¿Verdad, Isidoro?

- Eso está hecho. Lo haría estupendamente...

- No lo dudes. Javier vende lo que sea.

Yo tenía los sondeos del día siguiente. El Mundo le daba al PP nueve puntos de ventaja sobre el PSOE y El País casi siete. Aznar pronosticó que ganarían por diez. Eso era mayoría absolutísima. Pero Ana Botella, como si intuyera el vértigo de lo que terminaría siendo la Amarga Victoria menos de dos meses después, le bajó los humos a su marido.

- Imagínate que ese día los españoles se levantan con el pie cambiado y deciden no votarte...

- ¿Cómo? ¿Todos a la vez?

- Bueno, una parte de ellos... No, si yo lo digo para que no os confiéis demasiado.

La sombra de que algo podía cruzarse en el camino y frustrar el 3 de marzo el triunfo aplastante, el cambio histórico tras trece años de felipismo, que preveían todas las encuestas, planeó varias veces sobre la cena. Tratando de alejar ese perro negro, la propia Ana Botella hizo una propuesta, a modo de medicina preventiva. Puesto que la boda de la flamante alcaldesa de Zaragoza, Luisa Fernanda Rudi, ya con 45 años, había tenido tan buena cobertura en la prensa y la televisión, ¿por qué no repetir la jugada con otros dos maduritos del partido?

- A la gente le encantan las bodas. Deberíamos casar a Mariano Rajoy con Rita Barberá durante la campaña para que haya buenas noticias. Ja, ja, ja...

Aznar secundó la broma de su esposa.

- En el partido tenemos otros buenos solteros como Carlos Aragonés, pero el mejor es Mariano... Harían buen pareja.

Mariano tenía entonces 40 y Rita 47. Le quedaba un poco mayor. Además, lo de Viri iba viento en popa y antes de que concluyera aquel año el ya ministro del gobierno fruto del pacto del Majestic se casaría con ella en la capilla marinera de La Toja. Pero la broma de Ana Botella se me quedó grabada porque tuvo mucho de premonición.

En términos políticos Rajoy y Barberá formaron pronto si no un matrimonio, sí al menos una pareja estable. Los dos procedían de Alianza Popular como cachorros que habían sido de Fraga. Los dos habían encontrado en la política el remedio a sus problemas de relación consigo mismos, eso que de forma imprecisa podríamos llamar el síndrome del patito feo. La falta de carisma de él, el populismo lindante con la chabacanería de ella, les situaban fuera de los cánones de los elegidos para el liderazgo. Rajoy palidecía a la sombra de Aznar, Barberá, a la de Zaplana. El destino los unió como ministro de Administraciones Públicas y presidenta de la Federación de Municipios. Desde entonces cabalgaron juntos.

Rajoy y Barberá formaron pronto si no un matrimonio, sí al menos una pareja estable

Fue Barberá quien convirtió la Comunidad Valenciana en el gran feudo del marianismo, dando empaque y consistencia al liviano Paco Camps, primero en su obsesión por matar al padre y acabar con cualquier vestigio de zaplanismo, y después en la tarea de resucitar al cadáver de las elecciones del 2008 mediante el amañado congreso de Valencia. La vida que a Rajoy le habían quitado las urnas de su segunda derrota ante Zapatero, se la devolvieron los avales recolectados por Camps y Rita, amén de por el Jefe de Ventas de El Corte Inglés de Andalucía.

Pese a sus posiciones beligerantes en pro de cuanto había marcado la identidad del PP, Barberá avaló desde entonces el viraje de Rajoy hacia la tibieza y su ruptura con cuantos pudieran ligarle con Aznar, desde María San Gil y Mayor Oreja hasta el propio Zaplana. Lo único que le preocupaba es que, una vez asentado como líder, Rajoy no correspondiera debidamente a su "cariño", tal y como llegó a verbalizar en vísperas de las generales de 2011.

Por eso afloran ahora los videos en los que el presidente cubría de halagos a la "alcaldesa de España" hasta llegar al paroxismo -"Rita, eres la mejor"- y las declaraciones en las que ella proclamaba que "Rajoy es la esperanza para los que lo han perdido todo, el presidente honesto y capaz que necesitan los españoles". Entre ellos dos había química personal y eso explica que Barberá tratara de aferrarse a la protección de su "buen amigo" cuando en el penúltimo meandro de su peripecia judicial el PP decidió abrirle expediente disciplinario. También explica el despecho que destila ese comunicado del miércoles con el que ella venía a tirarle a la cara el carné del partido. Sólo un matrimonio se rompe con tanta virulencia.

Nunca he sentido especial simpatía por esta mujer "altiva, farruca y temperamental, a la caza de periodistas incómodos", como la describe Ferrer Molina. Y menos aun durante esos últimos años de "caloret" como alcaldesa, en los que recurría al bien remunerado terminal del marianismo en el periódico que fundé, para sembrar cizaña contra los estupendos profesionales de El Mundo de Valencia. Por eso cuando presenté La Desventura de la Libertad en su ciudad, le regalé el original de un bando del ayuntamiento durante el Trienio Liberal, con el mensaje subliminal de que aprendiera de tales antecesores.

A la vez he de decir que he conocido a pocas personas con tanta pasión por su tarea y tanta capacidad para construir una base política propia con ingredientes genuinos de la tierra. Barberá se sentía la guardiana de un modelo de sociedad amenazado y tal vez por eso siempre me ha recordado a la Lovely Rita, agente municipal de la canción de los Beatles, que te multaba junto al parquímetro y luego te llevaba a tomar el té a casa con sus hermanas. Díganme si no fue para ella para quien Paul McCartney escribió aquello de "in a cap she looked much older/ and the bag across her shoulder / made her look a little like a military man" (*).

Barberá se sentía la guardiana de un modelo de sociedad amenazado

Nadie en el PP derrama ahora una lágrima por esta mujer sargento o guardia de la porra que ha sido engullida por el embudo justiciero de Rajoy, tan ancho para él mismo, tan estrecho para los demás. Sólo la parestesia aguda que reduce la sensibilidad del que fue gran partido del centro derecha liberal español a un mero hormigueo dentro del entumecimiento general, explica esta falta de perspectiva de su propia historia. Que Rita Barberá se vaya del PP es como si la roca abandonara Gibraltar, el mono la botella de su anís o don Santiago el estadio Bernabeu.

Se la investiga por participar y tal vez promover el pitufeo del grupo municipal que sirvió para blanquear 50.000€ -a mil por barba- procedentes de donaciones ilegales. Será difícil de probar y en todo caso, dada la cantidad, sería mayor su responsabilidad política que penal. Puesto que nadie la acusa de haberse quedado con un euro y esa técnica de financiación irregular ha sido recurrente en muchas sedes del partido, empezando por la propia central de Génova, no parece ecuánime convertirla en chivo expiatorio de los pecados propios y ajenos.

Su partido la ha convertido en un juguete roto, un cetáceo varado sobre la arena, una paria, una sin techo de la política. ¿Y qué ha hecho ella -almodovariana donde las haya- para merecer esto? Es normal que vea con perplejidad que cuando alguien le pone la proa a Mariano, lo metan en la cárcel hasta que se le pase -y vaya que si se le ha pasado- y cuando alguien le zurra la badana a ella, lo saquen a todo trapo en las televisiones de Sor Aya.

O que mientras el PSOE arropa lamentablemente a los acusados de malversar cerca de 800 millones, sus mil eurillos merezcan que los jóvenes turcos hayan sumado al PP a la unanimidad de las Cortes Valencianas para intentar echarla del Senado. No deja de ser una ironía que entre ellos estén Maroto y Alfonso Alonso, condenados por el Tribunal de Cuentas a pagar una cantidad trescientas veces superior por el quebranto que su gestión causó a las arcas de Vitoria.

No sé si cuando las cámaras la captaron en mayo de 2015 musitando al oído de Serafín Castellano aquello de "¡vaya hostia, vaya hostia!", Rita Barberá era consciente de hasta qué punto todo estaba programado para que fueran los alcaldes como ella y los presidentes autonómicos como Fabra los que sufrieran el castigo por tres años y medio de mal gobierno y promesas incumplidas desde la Moncloa. Ahora ya no debe caberle ninguna duda de que se ha convertido en la negrita 102, la penúltima de la fila, rebozada entre Soria y Guindos, para que el hombre con quien quería casarla Ana Botella pueda encabezar por sexta vez la lista del PP a unas elecciones generales.

(*) "La gorra la hacía parecer más vieja/ y el bolso en bandolera/ la asemejaba a un militar".