La tribuna

Por qué Trump puede ser presidente

Antonio Camuñas
Por qué Trump puede ser presidente

Ilustración

  1. Estados Unidos
  2. Donald Trump
  3. Hillary Clinton

Noventa segundos y todo se había acabado. El árbitro, Frank Capuccino -10.000 combates a sus espaldas- le había apercibido sobre el indebido uso de los codos. No tuvo que advertirle más veces. Un uppercut en el mentón seguido de un gancho directo a las costillas, forzaron a su contrincante a doblar la rodilla por primera vez en su exitosa carrera. Un derechazo a la mandíbula y -diez segundos después- Mike Tyson había unificado las dos coronas de campeón del mundo.

Donald Trump, el promotor del Once and for all match tardaría todavía en aparecer en el Grand Ballroom del Hotel Plaza con su característico ceño fruncido. En aquel entonces no era The Donald, ni despedía a sus aprendices en un realitiy televisivo. Tampoco lucía ese peinado inverosímil. Hoy sólo se le reconocería por la eterna Power Tie roja del autor de The Art of the Deal que había deslumbrado a un Nueva York antaño en quiebra con su innegable talento y audacia.

Así era el Donald Trump de finales de los años 80. Un triunfador nato. El dueño del edificio más lujoso de la Quinta Avenida desde donde despegaba en un imponente Sikorsky. Todo Manhattan abordaba semanalmente el Trump Shuttle (el puente aéreo entre Nueva York, Washington y Boston) mientras medio mundo se extasiaba a diario ante su torre. La compra del Hotel Plaza fue la consagración definitiva del magnate más representativo de una Norteamérica que logró superar la malaise decretada por Jimmy Carter dejándose contagiar por el  desbordante optimismo de Ronald Reagan.

El conservadurismo aún era capaz de conciliar su alma económica con la tradicional

Hacía mucho tiempo que Nueva York había dejado de pertenecer a las grandes dinastías: Ni siquiera los Rockefeller, los únicos que supieron reinventarse como magnates de la industria, las finanzas y la filantropía, eran ya dueños de Manhattan. Trump representaba una nueva versión de El sueño americano, ése donde la gloria puede estar a sólo a minuto y medio, lo que se tarda en girar en la siguiente esquina y toparse con quien te cambiará la vida para siempre.

Estábamos en la antesala de la globalización, donde nadie se quedó sin ver el vídeo musical que la recién fundada MTV emitía dos veces cada hora. Comenzaba un thriller tan vertiginoso como el videoclip que John Landis realizó para el pequeño de los Jackson. La semilla de la televisión confrontacional ya había sido sembrada en los brillantes y ácidos debates de Bill Buckley y Gore Vidal, pero las tres grandes cadenas aún mantenían unos informativos que unían cada noche al país bajo el manto paternal de Dan Rather, Peter Jennings y Tom Brokaw. Incluso la recién llegada CNN parecía un guiño a la objetividad por medio de sus informaciones en directo y sobre el terreno.

En la América de Trump, el conservadurismo todavía era capaz de conciliar su alma económica con la tradicional. La primera, denunciaba la injerencia gubernamental y defendía el riesgo y la competencia por encima de todo. La segunda, seguía viendo el país a través de la familia, el ascenso profesional y los textos sagrados. Las dos caras de la derecha americana unían a los puritanos del Mayflower y a los caballeros de Virginia. Hacía compatibles a los herederos de William Penn con los rudos vástagos jacksonianos.

La paranoia de la antidiscriminación convirtió el debate en una lista  interminable de eufemismos

Pero la América conservadora no tardaría en abandonar el escenario. Tras la despedida de El Gran Comunicador, los republicanos no han sabido conectar con la mayoría del país. Lo lograron en 2001 tras un recuento dramático y controvertido, prefacio de ocho años convulsos sin parangón en la historia reciente. Cuando la economía -el único de los ejes que había mantenido a flote a los conservadores- se derrumbó con Lehman Brothers, la gran familia republicana no hizo sino emular a los zombis del rey del Pop, vagando por los cementerios en busca de un nuevo Reagan al que abrazarse.

Para entonces, las raíces de la Affirmative Action habían arraigado con tal fuerza que la paranoia de la antidiscriminación -en la que todo el mundo se siente preterido por una u otra causa- había convertido el debate cotidiano en una interminable lista de eufemismos sobre cualquier aspecto sujeto al dictamen de los popes de la post-modernidad capitalista.

Atrapados por su parte en el drama del share o no share, los medios de comunicación en general y la televisión muy en particular, han sucumbido al lado más comercial de las noticias, elevando a los protagonistas de sus historias en un ascensor hacia la gloria que suele desplomarse repentinamente para deleite de las Tricoteuse de las redes sociales.

Trump carecía de los atributos tradicionales para ser presidenciable y aun así se ha impuesto

En esta Era del Imperio, bajo el reinado de la dinastía Kardashian, mientras los candidatos conservadores más radicales clamaban al cielo y los más moderados pulían sus discursos a los dictados de lo políticamente correcto, irrumpió el hombre cuyo apellido significa La Carta Ganadora, la que da la victoria en cualquier partida. Carecía de todos los atributos tradicionales para ser presidenciable y aun así ha logrado que -uno tras otro- sus rivales hayan ido tirando la toalla.

Muchos afirman que todavía hay tiempo suficiente para evitarlo, si bien es cierto que cada vez el margen es menor (el documento del líder de la mayoría republicana en el Congreso llamando a la unidad del partido en torno a Trump es un paso de enorme trascendencia). Aun así, en julio habrá que confirmar su nominación. Le seguirá la propia campaña presidencial, tan distinta a unas primarias, en la que los mismos pundits que no otorgaban a Trump la menor posibilidad en Iowa, tampoco creen verosímil que pueda batir a la política más experimentada y profesional de los Estados Unidos.

Quedan menos de seis meses por delante y puede pasar de todo, pero las bravatas de Trump no darán tregua a la asfixiante dictadura del buenismo ni al abuso de poder y la corrupción del establishment que retrata House of Cards. También es posible que el elocuente paralelismo que une la trayectoria de Hillary con la atractiva Claire, la primera dama dispuesta a todo con tal de llegar a la presidencia, pudiera verse replicado fuera de la pequeña pantalla.

Ambos candidatos son producto de la gran sociedad del espectáculo, la del activismo profesional

En realidad ambos candidatos son producto de la gran sociedad del espectáculo, la del activismo profesional, tan presto a denunciar cualquier minucia como a hacer oídos sordos ante las mayores atrocidades. La del entreguismo de los poderes económicos y políticos cuando cubren pudorosamente sus gloriosos estatuarios al paso de los ayatolás o callan frente a los desmanes de Putin.  Tal vez el inusitado éxito cosechado por Trump represente el hartazgo con tanto compañeros y compañeras y con la solidaridad que se salda con un Hashtag.

Nos espera una campaña presidencial de alto voltaje que -como los grandes combates de boxeo- puede saldarse con un par de golpes certeros que envíen al adversario a la lona. Pero para Trump y muchos de sus compatriotas el verdadero adversario no es una candidata tan conocida como cuestionada, sino todo aquel que amenace la supremacía americana.

De ganar las próximas presidenciales, habrá un antes y un después en el partido republicano, y en el papel que EEUU jugará en este mundo multipolar de altísima complejidad tecnológica y fragmentación social. Si los estadounidenses optan por lo convencional y previsible, ya saben quién ganará las elecciones. Pero no descarten que opten por la alternativa menos deseable para los actuales líderes de Rusia, China, Corea del Norte o Venezuela. De hecho, es más que posible que el próximo noviembre un número suficiente de norteamericanos se nieguen a complacerles.

*** Antonio Camuñas es presidente de Global Strategies y consejero de EL ESPAÑOL.