Terremoto en Italia

“¿Dónde está mi casa? Lo he perdido todo”

“Lo único que sé es que la tierra se movía, pero no tengo muy claro cómo salí de casa”, explica Simona a EL ESPAÑOL.

Los equipos de rescate caminan sobre los escombros buscando supervivientes.

Los equipos de rescate caminan sobre los escombros buscando supervivientes. Reuters

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Los habitantes de Amatrice caminan por entre las ruinas de lo que era su pueblo con un rumbo tan desorientado que el suelo parece moverse aún a sus pies. No sólo lo parece, sino que los temblores todavía se dejan sentir tras el devastador terremoto que ha acabado con la vida de al menos 290 personas en el centro de Italia, según el último recuento. Este jueves, un seísmo de menor magnitud ha vuelto a sacudir la localidad y provocado más miedo y destrozos.

Uno de los vecinos que deambulan mecidos por la tierra es una señora de la que cuesta saber su nombre porque no es capaz casi de pronunciarlo. "Simona", exhala finalmente con un hilo de voz como el que confiesa tras una sesión de tortura.

Lo que mueve a Simona no son sus articulaciones, sino la guía que le ofrecen bomberos, equipos de salvamento o voluntarios que le dicen a ella y a su marido dónde deben ir. Les han dado una bolsa de plástico con una manta y unos pocos víveres con los que se tendrán que apañar por ahora para vivir.

“Lo único que sé es que la tierra se movía, pero no tengo muy claro cómo salí de casa”, reconoce a EL ESPAÑOL. Aunque su empeño fue tan valiente que lo hizo por sí misma, ningún especialista de los cientos que ahora han aterrizado en la zona la ayudaron.

Salió de noche, poco después de las 3:40, la hora en la que la tierra dejó clavado el reloj del campanario de Amatrice. Debió comenzar entonces a deambular, junto a su marido, esperando que alguien les dijera qué hacer.

De momento, tendrán que dormir en unas instalaciones deportivas, a las afueras de su pueblo de siempre. O al menos ahí es hacia donde en estos momentos caminan. “Vivimos aquí desde hace muchos años, no tenemos más familia que nosotros mismos y ahora ¿qué podemos hacer?”, se pregunta.

Nadie responde a su cuestión y por una vez se encorajina para clamar: “¿dónde está mi casa? Lo he perdido todo”. Entonces los servicios médicos acuden a calmarla y la dejan ir. Prosigue calle abajo, con la imagen del hatillo a su espalda.

Decenas de personas rescatadas

Psicólogos profesionales y muchos voluntarios atienden a todo aquel que ha perdido sus pertenencias y con ellas los nervios. Pero si algo es imprescindible en Amatrice y algo se reclama con vehemencia es silencio. Lo pedían los bomberos durante las primeras horas cuando todavía gritaban a las casas con la esperanza de encontrar una respuesta. Y lo hacen todavía los equipos de rescate al tiempo que los perros comienzan a ladrar.

En el tejado de una de las casas, ahora casi al nivel del suelo, un can ha sentido algo. Se mueve inquieto y se acerca a una zona que debía estar habitada a la fuerza porque la pared que ya no existe deja ver incluso la toalla del baño, colgada todavía al lado del lavabo. Entre los ladridos, los expertos piden silencio a la decena de fotógrafos que aguarda para encontrar una última instantánea de esperanza.

Pero a medida que pasan las horas, cada vez es más difícil dar con esa foto. Y no lo conseguirán tampoco estos que aquí se encuentran, nada vivo bajo los cascotes. Sus compañeros más madrugadores tuvieron la fortuna de encontrarse con la luz entre la tragedia. Decenas de personas fueron rescatadas a la luz del alba, entre ellos muchos menores.

No hay una cifra oficial, pero las autoridades ya advirtieron de que había un buen número de niños entre las víctimas mortales. A más de un centenar alcanza el total, según el último recuento. Las lágrimas que se escuchan en medio del silencio recuerdan que aún hay muchos que tienen a desaparecidos entre los escombros. También por encima del centenar, calculan los expertos.

Ya no son tantas las ambulancias que salen el pueblo como las que llegan. Aún hay que remover las piedras con máquinas excavadoras para seguir encontrando rastros perdidos. Al enfilar la carretera aún se ve a Simona, con su bolsa de plástico y su marido, quien por cierto, aún no ha abierto la boca. "¿Sabéis adónde debéis ir?", les preguntan. "No", responde ella.