Crisis de refugiados

Así muestra Alemania la puerta de salida a los solicitantes de asilo

Tras la política de puertas abiertas a todos, el Gobierno de Merkel acelera medidas para frenarlos.

Solicitantes de asilo regresan a Irak, hartos de la espera en Alemania.

Solicitantes de asilo regresan a Irak, hartos de la espera en Alemania. Reuters

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En apenas un año, el país de la canciller Angela Merkel va camino de aprobar su segunda modificación de la ley de asilo con el objetivo de endurecer su política para los refugiados. Después recibir 1,1 millones de solicitantes de asilo en 2015, el Ejecutivo alemán se esfuerza ahora en lograr esa “reducción notable” de llegadas que prometiera para este año la jefa del Gobierno germano.

Los nuevos cambios legislativos son consecuencia de una afluencia de refugiados “que se percibe como incontrolable”, según Angeliki Dimitriadi, experta en cuestiones de asilo e inmigración en la oficina berlinesa del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales (ECFR, por sus siglas inglesas), un think tank europeísta.

Frank-Jürgen Weise, presidente de la Oficina Federal para la Migración y los Refugiados, planteó el viernes que la situación de los demandantes de asilo en Alemania es “inaceptable”, pues deben esperar hasta casi medio año para obtener una respuesta de las autoridades germanas. “La situación para estas personas es mala, es inaceptable esperar tanto”, dijo Weise.

Según reconoció este responsable alemán, su servicio tendrá que lidiar este año con más de un millón de solicitudes. Entre 300.000 y 400.000 de las recibidas en 2015 están pendientes de ser tratadas por su oficina y la crisis de los refugiados está lejos de poder darse por terminada. Sigue sin haber fin a la vista para las guerras en países como Sira e Irak, donde se encuentran el origen de la llegada masiva de demandantes de asilo a Europa registrada el último año y medio.

La política de asilo en Alemania se está haciendo más complicada para quienes quieran ser refugiados aquí

Weise hacía esas aclaraciones en un contexto político marcado en Alemania por el reciente acuerdo alcanzado por los partidos del Gobierno, Unión Cristiano Demócrata (CDU) de Angela Merkel, la también conservadora Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) y el Partido Socialdemócrata (SPD), para lanzar un segundo paquete de medidas con las que endurecer la política de asilo. Que se dé luz ver a las modificaciones es sólo cuestión de tiempo, porque democristianos y socialdemócratas cuentan con la mayoría en el Parlamento.

Los cambios previstos implican, entre otras cosas, la suspensión durante dos años de la reunificación familiar para quienes no son refugiados pero que, aún así, gozan de algún tipo de protección humanitaria. Además, la voluntad del Gobierno de Merkel pasa por reconocer a Marruecos, Argelia, Túnez, Turquía y Afganistán como países “seguros”, crear instalaciones en las que registrar de forma más rápida a los demandantes de asilo, agilizar las deportaciones y hacer que los refugiados contribuyan pagando una parte de sus cursos de alemán y de integración. En resumen, “la política de asilo en Alemania se está haciendo más complicada para quienes quieran ser refugiados aquí”, dice Dimitriadi, la investigadora del ECFR.

Nunca me he encontrado con nadie que estuviera en contra de los refugiados, ni nada por el estilo

Ehsan, un joven sirio de 20 años, ya dispone del estatus de refugiado en Alemania. Para él, lo más difícil –la espera de la tramitación de su solicitud de asilo– ya ha pasado. En una gélida mañana berlinesa se ha acercado hasta la sede del Servicio para la Salud y lo Social de Berlín (Lageso, según sus siglas alemanas) porque en el JobCenter, la oficina pública de empleo, le han pedido un documento que le permitirá recibir finalmente ayudas similares a las que obtendría cualquier ciudadano alemán sin trabajo.

“Quiero trabajar, estudiar y tener una vida aquí”, dice Ehsan. No ha oído hablar de los planes del Gobierno alemán para hacer más difícil el acceso al estatus de refugiado, pero se muestra confiado cuando habla de su país de acogida. “Nunca me he encontrado con nadie que estuviera en contra de los refugiados, ni nada por el estilo, siempre ha habido voluntarios y gente ayudándonos”, asegura este joven, que pronto comenzará aprender alemán y que parece tener ante sí la oportunidad de empezar una nueva vida en Europa.

Para otros colectivos de solicitantes de asilo, los de personas que vienen de países no reconocidos oficialmente como inseguros (lo están Siria, Irak y Eritrea, principalmente) la situación es muy diferente. Por ejemplo, acceder a los cursos de alemán es algo que se les resiste a Etihad y Hassan, dos primos afganos de 20 años.

Hace dos meses que intentamos matricularnos para clases de alemán, pero la respuesta es 'afganos no'

“Hace dos meses que intentamos matricularnos en algún sitio y sólo hay clases para la gente de Irak y de Siria, para los de Afganistán las respuestas son 'el curso está completo' o sencillamente 'no, afganos no'”, cuenta Etihad en las inmediaciones del edificio de Lageso.

Estos jóvenes forman parte de los 150.000 afganos que llegaron a Alemania el año pasado. Atravesaron a pie Irán, Turquía... para poder llegar a Bulgaria antes de pisar suelo alemán. Proceden de la provincia de Kunar, al este de Afganistán. Allí, aseguran, los talibán creen que ambos están en edad de tomar las armas, algo a lo que ambos se niegan. “Los afganos queremos una vida buena, no luchar”, dice Etihad, agricultor de profesión, algo que delata el tamaño de sus puños y su firme apretón de manos.

Etihad y Hassan viven desde hace cuatro meses en Alemania, un destino que les costó dinero además de mes y medio andando sin apenas descanso desde Afganistán. Pensaron que iban a morir en su camino a Europa. “En la frontera con Irán, antes de poder cruzarla, tuvimos que desistir en dos ocasiones porque los guardas fronterizos nos disparaban, en las montañas perdimos a nueve personas que venían con nosotros, no sabemos si están muertos”, recuerda Etihad.

Perderán su dinero y no tendrán ningún futuro

Ambos esperan a que se les conceda el asilo, aunque esta misma semana el ministro del Interior germano, Thomas de Maizière, realizó una visita a Afganistán para animar a jóvenes como Etihad y Hassan a no buscar del estatus de refugiado en Alemania. “Perderán su dinero y no tendrán ningún futuro”, se escuchó decir a De Maizière en suelo afgano. El mensaje que llevó el viaje del titular de Interior a Afganistán se enmarca en los esfuerzos del Ejecutivo por reducir el flujo de refugiados. “Europa debe tener éxito, en la primera mitad de este año, a la hora de reducir el número de refugiados que vienen a Alemania cada año”, ha señalado en este sentido el vicecanciller germano, el socialdemócrata Sigmar Gabriel.

Según estadísticas oficiales, algo menos de la mitad de los afganos que han venido hasta ahora a Alemania han logrado el estatus de refugiados. Ser deportados es la suerte que depara a quienes no se les concede dicho estatus. “Pensamos que no está bien que se hable de mandarnos a nuestro país, hemos perdido dinero, arriesgado nuestras vidas y en nuestro país sigue habiendo una guerra”, dice Etihad, antes de recordar que, hace un par de días, un atentado suicida reivindicado por los talibanes dejó 20 muertos y 25 heridos al frente de edificio de la policía en Kabul. El propio Gobierno afgano ha declarado que 31 de sus 34 provincias son inseguras.

Aún así, Afganistán puede verse, según las intenciones del Gobierno alemán, entre los países “seguros”, sinónimo de posibilidades mínimas de ser reconocidos como refugiados para los originarios de esas naciones. Entre los solicitantes de asilo de los Balcanes, cuyos países son “seguros” según Berlín, hay una tasa de rechazo de las demandas del 90%.

La actitud del Gobierno de Merkel frente a los solicitantes de asilo y la larga espera por saber si se quedarán no parece afectar a Etihad y Hassan. De momento, se limitan a aprender lo básico del idioma como pueden. “No tengo clases de alemán, pero estudio con mi teléfono móvil, y también nos dan clases un grupo de voluntarios”, cuenta Etihad. A este joven le gustaría poder traerse a su mujer y su niña de dos años a Berlín, siempre y cuando le otorguen el estatus de refugiado. “Ya veremos”, asegura, consciente de que no es cosa fácil.

La suspensión de la reunificación familiar

“La suspensión de la reunificación familiar, aunque sea algo sólo temporal, es un tema problemático, porque es de lo que más buscan quienes quieren beneficiarse de algún tipo de protección internacional”, expone Dimitriadi, la experta del ECFR. Para ella, “sin duda, la suspensión de la reunificación familiar es el aspectos más duro” de las modificaciones que quieren implementarse en la política de asilo alemana.

El paquete de medidas del Gobierno ha recibido las críticas de organizaciones humanitarias concernidas por la crisis de los refugiados. En este sentido, el Instituto para los Derechos Humanos, con sede en Berlín, ha señalado que, de adoptarse sin cambios las modificaciones deseadas por el Ejecutivo, se estaría “violando el derecho de la vida en familia y los derechos humanos” e ignorándose “el peligro” que corren aquellos que son deportados.

A Yusuf, joven somalí de 19 años que lleva medio año en suelo alemán que también se ha acercado al Lageso, le inquieta la actual política del Gobierno germano. Teme que acabe repercutiendo en sus planes. “Tenemos miedo de que nos echen”, dice, aludiendo también al grupo de somalíes que conoce en Berlín. “Somalia, como Afganistán, no es un país seguro aunque no sea como Irak o Siria”, añade.

Yusuf confía en que, esperando un poco más que quienes vienen de países reconocidos como inseguros, le acaben concediendo el estatus de refugiado. “Pueden tardar más, dos o tres años, pero al final lo acabarán dando, si el caso lo merece”, manifiesta este joven originario de Luuq, una ciudad del sur somalí situada en Raskamboni. Ese estado somalí está regido por el Gobierno Federal, pero se encuentra a escasos kilómetros al norte de la mayor zona del país controlada por Al Shabab, organización terrorista que desea instaurar un Estado islámico en el país costero del cuerno de África.

Más esperanzado que seguro de sus oportunidades en Alemania se muestra Hassan, de 26 años. Este paquistaní viene de la región de Punyab, cerca de la conflictiva región de Cachemira, disputada por los ejércitos de la India y China. En Paquistán, Hassan trabajaba arreglando teléfonos, ordenadores, televisiones... "De todo, soy bueno con eso”, dice en un inglés rudimentario. “Espero que me ofrezcan unas clases alemán”, asegura.

Yo me voy de vuelta a Punyab

De momento, acumula semanas de espera en vano. A sus compatriotas Gulfam y Ghaffar, también de Punyab, se les ha acabado la paciencia. “Creíamos que Alemania era un buen país, pero todo son problemas, no tenemos dinero, no tenemos ropa, ni sitio para dormir, no hay clases de alemán”, apunta Gulfam, de 20 años. Él, como Ghaffar, lleva unos meses en Alemania, tiempo suficiente para haber visto cómo otros paisanos suyos se han marchado de vuelta a Punyab. “Yo me voy”, termina diciendo Gulfam. Ghaffar, de 23 años, asiente a su lado y afirma que también está dispuesto a marcharse de vuelta a casa.

Ese destino es el que la canciller Angela Merkel prevé para la mayoría de los refugiados en el futuro, especialmente los originarios de Siria e Irak. “Esperamos que, cuando llegue la paz a Siria, cuando el Estado Islámico en Irak sea derrotado, con el conocimiento que han adquirido con nosotros, vuelvan a su país”, ha señalado la jefa del Gobierno germano, aludiendo al grupo mayoritario de demandantes de asilo.

Hiba, una mujer siria de Damasco de 48 años que huyó con su marido y sus dos hijas en diciembre de 2013 a través de un programa ya agotado del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, no lo tiene tan claro. “Estamos pensando todo el rato en si volvemos o no, independientemente de lo que diga Merkel, tenemos que reconstruir el país, pero no podemos saber cuándo, en un año o diez”, asegura.

Uno tiene que asegurarse de que respeta la ley en todo momento y hay que ser educado

En cualquier caso, Merkel y su Ejecutivo han cambiado de actitud en materia de refugiados. En sintonía con “el nuevo tono de Merkel” – según los términos del periódico Süddeutsche Zeitung – van propuestas como la que hacía recientemente la ministra de Trabajo, la socialdemócrata Andrea Nahles. Instaba en un reciente editorial a que los asilados se comprometieran con las reglas y los valores de la sociedad alemana. “A quien no quiera integrarse, se le reducirán las prestaciones sociales”, escribía la ministra en su texto, publicado en el diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Consecuencia de las agresiones sexuales masivas ocurridas durante la pasada Nochevieja en Colonia y otra decena de ciudades germanas, este tipo de afirmaciones vienen de un SPD en el que proponen ahora “hacer más” en materia de seguridad, según el diputado socialdemócrata experto en cuestiones de defensa, Reiner Arnold.

Sea como fuere, Yusuf, el solicitante de asilo somalí de 19 años que espera en Berlín a las puertas de Lageso, sabe que, “en Alemania, uno tiene que asegurarse de que respeta la ley en todo momento y hay que ser educado”. Está por ver si eso será suficiente para que Alemania le conceda el asilo.