Polémica

Clinton y Trump, entre la privacidad y la transparencia por su historial médico

La indisposición de Hillary abre de nuevo el debate sobre la privacidad de los datos médicos de un candidato a presidente.

Hillary Clinton sale de su coche en el aeropuerto de Tampa, Florida.

Hillary Clinton sale de su coche en el aeropuerto de Tampa, Florida. Reuters

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Todo el mundo sabe ya que el domingo, durante el principal acto de conmemoración del 15º aniversario del 11-S en Nueva York, Hillary Clinton abandonó el evento, se acercó a su vehículo rodeada del servicio de seguridad y, justo antes de acceder al mismo, se desvaneció hasta el punto de que sus escoltas evitaron que cayera al suelo y, prácticamente, la arrastraron al interior del coche.

En un primer momento, las cadenas NBC y FOX hablaron -citando a los servicios de seguridad de Clinton- de un golpe de calor, y más tarde, de una deshidratación y un episodio de neumonía detectado el viernes anterior. En realidad, según la literatura médica, no existe relación aparente entre ambas cosas, dado que la temperatura sólo favorece la aparición de esta enfermedad cuando hay una ola de frío.

En cualquier caso, y una vez Clinton hubo superado el incidente, en Estados Unidos han llevado la anécdota a un nuevo debate sobre las elecciones presidenciales de noviembre: ¿deben los candidatos hacer público su historial médico? ¿Debe prevalecer la intimidad o la transparencia?

Clinton, de 68 años, y Trump, de 70, son dos candidatos especialmente longevos y que arrastran una serie de problemas de salud. De hecho, la secretaria de Estado sufrió un episodio similar de desfallecimiento a finales de 2012, a consecuencia, según dijeron sus asesores, de una deshidratación provocada por un virus estomacal que contrajo en un viaje a Europa.

Los informes médicos de ambos 

Ambos cuentan con un médico privado de cabecera; la de Clinton es Lisa Bardack, una internista de Mount Kisco (a unos 60 kilómetros al norte de Manhattan) y el de Trump el gastroenterólogo Harold Bornstein, del hospital Lennox Hill de Nueva York. Recientemente, ambos médicos han emitido una carta sobre el estado de salud de sus egregios pacientes.

CandidatoHistorialConclusión del informeTratamiento
Donald TrumpPresión arterial baja (110/65). Colesterol alto debido a la ingesta frecuente de comida rápida.Dr. Bornstein: "Si es elegido, será el presidente más sano de la historia".Una aspirina diaria y Lipitor (estatinas) para bajar el colesterol
Hillary Rodham ClintonSufrió una caída tras desmayarse en 2012. Se le han encontrado dos coágulos sanguíneos, en el cerebro y en la pierna.Dra. Bardack: "Condición física excelente y lista para servir como presidente".Coumadin (anticoagulante) de por vida.

De ambos informes, el de Clinton es más completo, y Bardack incluye en el mismo una descripción de cómo se le realizó una prueba de resonancia magnética (MRI) y otras pruebas neurológicas y cómo se recuperó de la caída y de los coágulos. Tras el incidente del domingo, Trump ha declarado que esta semana presentará un nuevo informe, más detallado, sobre su estado de salud... en un programa de televisión.

Pero el problema sigue siendo que estos informes no son su historial médico, sino una mera sucesión de hechos y datos sin contrastar, sin fechar y en el caso de Trump, obscenamente elogiosos. Hay que recordar que el historial médico del senador McCain, que decidió hacer público en las elecciones de 2008, tenía más de 1.000 páginas.

En Estados Unidos, los registros médicos están además protegidos por una regulación llamada HIPAA (acrónimo en inglés de Ley de Responsabilidad y Portabilidad del Seguro de Salud) que se aprobó en 1996 para proteger los datos privados de los estadounidenses cuando cambiaban de proveedor de seguros médicos. Para más inri, la normativa fue aprobada por Bill Clinton.

Muchas voces -la última ha sido Jill Abramson, la exdirectora de The New York Times- han urgido a Clinton a llevar la transparencia hasta el límite y publicar su historial médico detallado. Otras creen que nuestra legítima voracidad informativa puede llegar a ser contraproducente si atravesamos ese último umbral, y sobre todo, ¿por qué sólo los candidatos a presidente? ¿Y por qué ahora?

Muchos presidentes estadounidenses tenían problemas de salud al acceder al cargo. Por citar tres casos conocidos, John Fitzgerald Kennedy padecía la enfermedad de Addison, Woodrow Wilson sufrió un ictus que en su momento no fue revelado y Nixon era un consumidor habitual de anticonvulsivos como la dilantina.

De hecho, ocho de ellos (el 18% del total) murieron durante su mandato, aunque como cabe esperar de Estados Unidos, la principal causa de muerte presidencial ha sido tradicionalmente el asesinato. Lincoln fue el primero en 1865, Kennedy el último en 1963. Entre medias, James Garfield y William McKinley. Para mayor preocupación de Clinton y sus aspiraciones presidenciales, la neumonía es la enfermedad mortal más común en presidentes estadounidenses. Acabó con la vida de William Henry Harrison en 1841 y de Warren G. Harding en 1923.

Entonces, ¿transparencia o privacidad?

Marc Siegel, médico de la Universidad de Nueva York y corresponsal médico de la cadena Fox, propone en las páginas del Wall Street Journal seguir el protocolo iniciado por John McCain cuando se enfrentó a Obama. "Si tiene 70 años o más, como Trump, o un historial de enfermedad, como Clinton, el candidato debería mostrar sus informes médicos en un pase privado a periodistas selectos o a un grupo de médicos independientes".

Pero la verdadera clave es, ¿sería posible para Trump y Clinton reunir un historial médico oficial en las apenas ocho semanas que quedan hasta las elecciones? "Clinton tiene 68 años, ha vivido en múltiples estados y ha sido tratada por muchos médicos y hospitales a lo largo de los años", explica en el NYT Margot Sanger-Katz. "La noción de un único archivo conteniendo 'registros médicos' es una ficción. Su historial médico está repartido en trozos y piezas, en archivadores de médicos, departamentos de registro hospitalario y ordenadores de difícil acceso".

Por último, cabe recordar que España se ha enfrentado en el pasado a un debate similar, pero decidió pasarlo por alto.

Concretamente, en marzo de 2011, medio año antes de la campaña electoral de noviembre que le enfrentaría a Mariano Rajoy, el candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba estuvo ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Gregorio Marañón. El por entonces ministro del Interior se había realizado una biopsia de próstata, una prueba habitual ante la sospecha -luego desmentida- de sufrir un cáncer en esa zona, que luego se le había infectado.

Sin embargo, el episodio de Rubalcaba, por entonces de 60 años de edad, no llevó a los medios o a la opinión pública española a sugerir que los candidatos a presidente debían mostrar su historial médico. De hecho, el expresidente Felipe González calificó de "lamentable" y "barbaridad" que se informara sobre su estado de salud. "A nadie se le ocurre hacer lo mismo con Esperanza Aguirre, sino todo lo contrario", añadió.