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Si existiera la posibilidad de viajar en el tiempo y contemplar cómo era Williamsburg décadas atrás, lo que encontraríamos diferiría muchísimo de lo actual. Aunque, siendo sinceros, lo distinto se hallaría más en el contenido, que en el continente.

Porque hubo un tiempo en el que este barrio rebosante de carisma era solo una periferia industrial al otro lado del East River. Un lugar colmado de fábricas, almacenes y calles sin demasiada historia que contar.

Hoy, sin embargo, Williamsburg se alza con el primer puesto de los barrios más magnéticos de Nueva York, un laboratorio urbano donde las tendencias nacen casi al mismo ritmo al que cambian y lo alternativo se ha convertido en norma. Un lugar donde lo más cotidiano siempre encuentra la manera de sorprender.

Devocion

Por eso, pasear por sus calles supone toparnos con todos esos edificios y almacenes industriales del pasado transformados en negocios repletos de alma, en mercadillos y restaurantes de autor, en galerías o tiendas vintage. Siempre, eso sí, con el skyline de Manhattan recordando, al otro lado del río, que Nueva York está a tiro de metro. Nosotros, por ahora, nos quedamos un ratito por aquí.

La meca de la cultura más alternativa

Toda buena mañana debe arrancar con un buen café, y de opciones, en Williamsburg, van bien sobrados. Uno de los negocios de especialidad más reputados del barrio es Devoción, con un diseño interior inspirado en las tradicionales fincas cafeteras colombianas.

Su tejado a dos aguas, su espectacular lucernario y la luz natural que se cuela por él para abrazar cada rincón, lo convierten en un lugar mágico donde probar el mejor flat white acompañado de alguna que otra pieza de bollería.

Si coincide que nuestro acercamiento al barrio se da en fin de semana, estaremos de suerte: a solo unos pasos se celebra cada sábado y domingo el Artists&Fleas Williamsburg, un mercado interior donde diseñadores locales, artesanos y pequeños creadores venden desde joyería a ropa vintage. Un lugar ideal si apetece tomarle el pulso creativo del barrio y entender por qué Williamsburg ha sido durante años un imán para artistas.

Desde aquí toca pasear relajadamente hasta Wythe Avenue, una de las vías más populares y, en muchos sentidos, el escaparate más pulido de Williamsburg. En ella se dan cita las boutiques y firmas de lo más alternativas: concept stores como Catbird —famosa por su delicada joyería made in New York— o Åland —tienda multimarca de origen coreano— nos harán abrir la cartera en más de una ocasión.

En Coming Soon conviven también objetos de diseño, moda, libros y piezas inesperadas en un equilibrio tan ecléctico como coherente.

Tras tanta compra, probablemente apetezca picar algo, así que, ¿por qué no una parada en Nem's Japandi Bistro, un coqueto restaurante con servicio de 10 donde lo mismo disfrutar del más suculento brunch que probar algunas piezas de sushi vegetariano?

Vistas del centro de Manhattan desde Charlotte Beach en Williamsburg.

Vistas del centro de Manhattan desde Charlotte Beach en Williamsburg. iStock

Pero la avenida también tiene su lado más reconocible —y accesible—, ese que mezcla lo aspiracional con lo cotidiano. Un buen ejemplo es Jack&Wife Freda, uno de los nombres más consolidados de Nueva York, que mantiene su fórmula infalible: cocina mediterránea con guiños neoyorquinos y mesas siempre animadas.

Entre parada y parada, claro, siempre aparece una galería pequeña, un mural o un café escondido. También hoteles de diseño como el Arlo, que no sabríamos decir si nos conquista más por lo singular del edificio donde se halla —un antiguo almacén industrial, claro—, su rooftop con el famoso Water Tower y sus vistas al skyline de Manhattan, o su estiloso restaurante Sungold, que aporta ese punto de cocina contemporánea relajada que tan bien define al vecindario: platos pensados para compartir, luz natural y esa sensación de que todo fluye sin esfuerzo son su gran baza.

Un mural en una de las calles de este increíble barrio.

Un mural en una de las calles de este increíble barrio. iStock

Bedfor Avenue, la otra cara de Williamsburg

Si resulta que Wythe Avenue es la cara más sofisticada y pulida de Williamsburg, Bedfor Avenue es su columna vertebral: el lugar donde todo este universo hípster comenzó a tomar forma. Y es que, durante años, esta larga —larguísima— calle fue el epicentro de la escena alternativa neoyorquina: artistas, músicos y diseñadores encontraron aquí alquileres asequibles y un lienzo en blanco sobre el que construir una identidad propia.

Y lo comprobamos mientras avanzamos por sus calles, admirando cómo el ritmo es constante, casi eléctrico: aquí la calle funciona como un escaparate vivo donde observar —y entender— la estética propia de Williamsburg, una mezcla de desenfado calculado, referencias retro y obsesión por el detalle.

Tiendas de vinilos y ropa de segunda mano —ahí está Beacon’s Closet, que mantiene viva la esencia vintage— se alternan con murales firmados por Kobra que muestran los rostros de Andy Warhol o Basquiat.

El mítico restaurante Joe's Pizza de Wiliamsburg.

El mítico restaurante Joe's Pizza de Wiliamsburg. Joe's Pizza

En la esquina de Bedford con 5th St, espera Joe´s Pizza, toda una institución en la ciudad, mientras que a unos pasos está Martha’s Country Bakery, un clásico que nunca falla: tartas generosas, estética retro y el bullicio constante son su seña de identidad.

Pero, cuando cae la tarde y el sol se aproxima al horizonte, el cuerpo nos pide caminar hasta cualquiera de los parques del barrio. En Bushwick buscaremos un hueco en su pequeña playa, Charlotte Beach, desde donde admirar la puesta de sol junto al perfil de Manhattan.

Aunque si optamos por Domino Park, construido sobre una antigua refinería de azúcar que conserva parte de su estructura industrial, podremos comprobar, una vez más, ese contraste entre el pasado fabril del barrio y su presente vibrante.

Un fin de jornada solo superable con una escapada a Union Pool, uno de esos garitos icónicos adorado por quienes aman disfrutar de la música en directo.