Se sabe que se está llegando a Koyasan, ubicado a 900 metros de altura en la prefectura de Wakayama, cuando la carretera comienza a serpentear sin fin. A un lado y a otro del camino, centenares, miles de cedros crecen fuertes y vigorosos, como tratando de alcanzar el cielo.
Quizás es que saben que se hallan cerca de uno de los paisajes espirituales más sobrecogedores de Japón: atrás quedó el vértigo futurista de las grandes urbes niponas. Ha llegado el momento de la desconexión.
Fundado por el monje Kōbō Daishi en el siglo IX —conocido popularmente como Kükai—, el budismo shingon es una escuela esotérica del budismo japonés que defiende los rituales, mantras y la meditación como maneras de alcanzar la iluminación en vida.
Recién llegados a uno de los templos del norte de Japón.
En el monasterio se duerme con la sencillez de los monjes que viven allí.
Tras viajar a China para formarse en las bases del budismo tántrico, Kükai se estableció en su país de origen e impulsó Koyasan como el gran centro espiritual, fundando diversos templos —que han seguido multiplicándose con el paso de los siglos—. Desde entonces, este rincón de Japón actúa como corazón doctrinal y ceremonial.
Futones, tatamis y oraciones
Una de las experiencias más anheladas por quienes llegan hasta Koyasan es la de ahondar en las bases del budismo shingon hospedándose en uno de los múltiples templos que admiten extranjeros.
Pasar la noche en uno de los aproximadamente 120 shukubōs —alojamientos monásticos donde es posible dormir, meditar y participar en ceremonias al amanecer— se convierte en algo inolvidable desde el mismo instante en el que se hace check in.
La estancia supone, claro, tener que adaptarse al tipo de gastronomía que se consume en estos lugares, basada principalmente en platillos absolutamente veganos: sopa de miso y tempura de verduras, bocaditos de pasta de judías o tofu marinado. Y arroz, claro. Mucho arroz.
Los huéspedes comen lo mismo que los monjes que viven en el templo.
De rodillas sobre el tatami, y con la ayuda únicamente de palillos, se probarán sabores y texturas jamás imaginadas maridadas con un excelente té verde o, para quien lo desee, algún vasito de sake.
Dormir en futón —de nuevo sobre el tatami—, compartir baños con el resto de los huéspedes del mismo sexo, relajarse en las cálidas aguas del baño público y levantarse de madrugada para no perderse la ceremonia guiada por los monjes, que suele tener lugar entre las 6 y 6:30, es todo un must.
El desayuno, que se sirve tras esa primera oración, volverá a demostrar la belleza, delicadeza y originalidad, no solo de las preparaciones, sino también de los recipientes en los que son servidas.
Los alrededores de este templo son una fuente de espiritualidad.
Explorar los alrededores
Todo es tranquilidad en Koyasan. No hay espacio en este remoto lugar para las prisas ni el estrés. Tan solo el canto de los pájaros, el viento rozando las hojas de los árboles o la campana que, de tanto en tanto, suena en alguno de los templos.
Dar un paseo relajado por las escasas calles que componen el pueblo revela la esencia espiritual y estética de la montaña sagrada. Se puede visitar el complejo de Danjo Garan, el corazón simbólico del budismo shingon: aquí se alza la imponente pagoda Konpon Daitō, coloreada de un bermellón intenso que contrasta con el verde del bosque de cedros.
Kōndō es el salón principal, en el que se celebran ceremonias y rituales.
Muy cerca, el Kongobu-ji, templo principal de la escuela fundada por Kōbō Daishi, invita a caminar descalzo sobre tatamis impecables, a detenerse ante sus pinturas y admirar su jardín de rocas, el mayor de Japón, diseñado para la contemplación silenciosa.
Kompon daito.
Si apetece una pausa entre tanta religiosidad, siempre se puede parar en las pequeñas tiendas de dulces tradicionales y artesanía local repartidas por la zona, lo que permite asomarse sigilosamente a la vida cotidiana de esta comunidad monástica.
Los pasos dirigirán, sin remedio, hacia la joya de la corona de Koyasan. Recorrer el sendero que se adentra en el cementerio de Okuno-in es ya una experiencia en sí misma.
La solemnidad que se respira una vez se traspasa el enorme torii de entrada, que marca el paso del mundo secular al espiritual, es apabullante.
Alrededores del templo de Koyasan.
Linternas de piedra flanquean la ruta, a las que le siguen infinitas lápidas cubiertas de musgo: existen, repartidas por el espacio, más de 200.000. El silencio lo gobierna todo, solo roto por el fluir del agua que brota de la fuente donde los fieles no dudan en limpiar sus impurezas.
La luz del sol se filtra levemente entre las copas de los cedros. De tanto en tanto, es fácil toparse con algún peregrino.
Es al final del recorrido, tras cruzar un pequeño puente, donde aguarda el mausoleo de Kūkai: fotografías y vídeos están prohibidos aquí.
Los fieles del budismo shingon consideran que su fundador se encuentra en meditación eterna, y le rinden honores y oraciones en el gran edificio de madera levantado en su honor.
Llegar hasta este punto es comprender la profundidad espiritual que define a Koyasan. Un lugar de peregrinación y recogimiento que parece suspendido en el tiempo. Un destino que invita a detenerse y a escuchar... antes de volver al caos.