Cristina Fernández
Publicada

Lo primero que impresiona es su ubicación, junto a la frontera con la vecina Georgia y flanqueada por las altas montañas del este de Anatolia, que forman una suerte de corredor en cuyo centro se halla la ciudad.

Después, atrapa por su belleza: cubierta de un espeso manto de nieve entre los meses de noviembre y mayo, este destino adorado por aficionados a los deportes de nieve regala paisajes únicos en los que gozar de lo lindo.

Y ahora los datos: resulta que Erzurum, esta desconocida ciudad turca, fue una de las zonas habitadas más antiguas del país. No en vano, por su estratégica localización a medio camino entre Oriente y Occidente, llegó a ser lugar de paso en la Ruta de la Seda, se conoce que ya en el 4.900 a. de C. había asentamientos en la zona.

La Madrasa de Çifte Minareli.

La Madrasa de Çifte Minareli.

Conociendo estos detalles, no es de extrañar que, a lo largo de la historia, Erzurum haya sido disputada por diferentes civilizaciones. Por aquí pasaron los urartus y los persas, los selyúcidas, los macedonios, romanos y bizantinos, los árabes y mongoles, hasta que en 1514 llegaron los otomanos, que finalmente se hicieron con el poder.

¿La consecuencia de todo esto? La espectacular mezcla de culturas y tradiciones que fue moldeando la idiosincrasia de su gente. Tan importante ha sido siempre, que incluso fue clave en los inicios de la República de Turquía, cuando Mustafa Kemal (Atatürk) presidió aquí, en 1919, el primer congreso nacionalista que sentó las bases del nuevo Estado.

Hechos los deberes y con el contexto aprendido, es hora de arrancar una ruta que nos lleve a conocer sus grandes reclamos patrimoniales.

Un paseo por la historia

Detalle de la Madrasa de Cifte Minareli.

Detalle de la Madrasa de Cifte Minareli. E. E.

Erzurum palpita entre mezquitas centenarias, madrasas de arquitectura selyúcida y una gastronomía que refleja la rudeza y generosidad de las montañas que la rodean.

Un buen lugar para empezar a tomarle el pulso es visitando las tres tumbas de tejado cónico que destacan sobre un promontorio en pleno centro de la ciudad. Una de ellas, datada en el siglo XII; las otras dos, en el XIV, están considerados de los monumentos funerarios más hermosos de todo Anatolia.

No muy lejos, dos inmensas torres gemelas forradas de azulejos esmaltados guían nuestro camino: es la Madrasa de los dos Minaretes —Çifte Minareli Medrese—, construida en el siglo XIII bajo dominio selyúcida.

Dedicar tiempo a admirar su portada, minuciosamente tallada, es obligatorio. Después, tocará recorrer sus diferentes estancias, todas ordenadas en torno a un patio central, donde los alumnos recibían antiguamente clases de astrología, matemáticas y del Corán.

Un grabado de la Madrasa de Cifte Minareli.

Un grabado de la Madrasa de Cifte Minareli. E. E.

No muy lejos, paramos en una de las mezquitas más antiguas de Anatolia oriental, Ulu Cami, del siglo XII. Su interior sobrio, sostenido por múltiples pilares, transmite una espiritualidad austera y poderosa, muy distinta a la exuberancia otomana de Estambul.

Más pequeña pero igualmente refinada es la Yakutiye Medressi, una madrasa del siglo XIV —hoy Museo Islámico de Arte y Etnografía — que destaca por su delicada portada de piedra tallada y su equilibrio arquitectónico.

Gobernando el núcleo urbano, el singular Castillo de Erzurum, de origen asociado al periodo bizantino, recuerda el papel de la ciudad como baluarte estratégico en la Ruta de la Seda y frontera entre imperios.

La torre —Saat Kulesi— ofrece vistas sobre la meseta y permite entender la geografía que ha marcado el carácter local: altitud, inviernos severos y horizontes abiertos.

Entre compras y banquetes

Caminamos entre calles de aspecto destartalado en las que se combinan edificios de diseño descontrolado con enormes carteles de neón. Vías en las que el bullicio forma parte de la escena: haga frío o calor, en Erzurum se vive de puertas para afuera.

Saciamos el lado más consumista en el Caravasar Rüstem Pasa, del siglo XVI, cuyas dos plantas atesoran joyerías en las que adquirir el souvenir más perseguido de la ciudad: el oltu, una piedra preciosa de color oscuro típica de la zona que protagoniza preciosas piezas.

También será buen momento de echar un vistazo a la artesanía de la zona y, por qué no, perfeccionar el arte del regateo.

Y como hacer turismo —e ir de compras— son actividades que despiertan el apetito, qué mejor que ir en busca de la vertiente gastronómica de Erzurum y probar su plato icónico. Buscamos hueco en cualquiera de sus negocios locales y catamos el famoso cağ kebab, deliciosa carne de cordero o cabra asada y cortada en lonchas que se comen dentro de un pan tradicional condimentado, además, con una exquisita salsa de yogur.

Para acompañar, un té turco, por supuesto, y el toque dulce: el tradicional kadayif dolmasi, consumido, sobre todo, durante los meses de invierno.

Un esquiador en una parte de la montaña de Erzurum.

Un esquiador en una parte de la montaña de Erzurum. E. E.

Con esquís y a lo loco

Pero si algo pone en el mapa este remoto rincón de Turquía, es su fama como destino de deportes de nieve, que atrae a aficionados nacionales y extranjeros.

El gran protagonista es el macizo de Palandöken, reconocido por sus extensas y numerosas pistas de esquí —hasta 22, entre las que se hallan algunas de las más largas y empinadas del mundo—, y sus sólidas infraestructuras invernales.

A solo seis kilómetros del centro de Erzurum, sus ocho meses de nieve asegurados y su estilizado pico Ejder, de 3.271 metros de altura, resultan irresistibles.

Pero no solo los esquiadores encuentran aquí su particular paraíso. También quienes se atreven con la escalada con crampones en paredes de hielo, quienes prefieren las rutas con raquetas de nieve o la diversión de deslizarse por suaves colinas en trineo.

Incluso existen originales propuestas como el Human Slingshot —donde ser lanzado con gomas elásticas— o el Giant Swing — en el que experimentar la caída libre—.

Antes de retirarse a descansar, eso sí, hay que disfrutar del après-ski en The Kure, el primer restaurante a 2.700 metros de altura del mundo: dentro aguardan tanto buenas comilonas como música y copas en su bar. Siempre, cómo no, con la espectacular panorámica de Erzurum, blanca y espléndida, a los pies de las montañas.