Diana Lameiro y Silvia carreras Soengas
La historia de superación de Silvia Carreras, bióloga y artesana: "Mi hija fue mi luz en el momento más oscuro"
Detrás de ese perfil creativo hay también una historia de superación. Madre, emprendedora y marcada por experiencias vitales complejas, ha aprendido a reconstruirse sin perder de vista lo esencial
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Bióloga de formación y artesana por vocación, Silvia Carreras Soengas es el ejemplo de cómo la creatividad puede convertirse en una forma de vida. Empezó a pintar con apenas 12 años y, con el tiempo, fue ampliando su universo artístico hacia otros soportes y técnicas, desde el grabado en cristal hasta el pirograbado en madera o la creación de piezas personalizadas.
Detrás de ese perfil creativo hay también una historia de superación. Madre, emprendedora y marcada por experiencias vitales complejas, ha aprendido a reconstruirse sin perder de vista lo esencial. Hoy se encuentra en una etapa que define como plena, en la que combina su proyecto personal con una reflexión abierta sobre la salud mental, la resiliencia y la importancia de pedir ayuda.
En esta entrevista, repasa su trayectoria y comparte, sin filtros, el camino que la ha llevado hasta aquí.Para empezar, ¿quién eres y cómo te gustaría que te conozcan hoy?
Soy una mujer de 45 años, madre, emprendedora y artesana. Siempre digo que soy bióloga de profesión, pero artesana de corazón. Me considero una persona que ha atravesado muchas dificultades y que, aun así, siempre ha luchado por lo que quería. Me siento fuerte y valiente, aunque reconozco que tengo un carácter complicado y trabajo cada día para mejorar.
¿En qué momento vital te encuentras actualmente?
Estoy en un momento personal y profesional que todavía me cuesta asimilar, pero que me hace profundamente feliz. Lo siento como una etapa perfecta, porque dentro de la imperfección también existe la perfección. Hoy intento dirigir mi vida hacia metas importantes y este camino ha supuesto un giro decisivo. Lo más importante para mí ahora es estar conectada con mi hija. Sé que estoy haciendo las cosas bien porque, cuando cometo un error, lo veo como un aprendizaje.
Cuando piensas en tu bienestar emocional hoy, ¿qué palabra lo define?
Ave fénix. Resurgimiento. Valorarse. Fuerza y valentía. De hecho, llevo “fuerte y valiente” tatuado en el brazo para recordármelo siempre.
Si retrocedemos en el tiempo, ¿hubo una etapa especialmente desafiante que marcó tu vida?
He vivido varias etapas difíciles, pero la que más me marcó fue el acoso escolar en el colegio, tanto por parte de algunos niños como incluso de profesores. Eso me generó serios problemas de autoestima y un gran desgaste emocional. Era una niña muy musculada porque practicaba gimnasia rítmica, estaba fuerte, y eso también llamaba la atención. Además, muchas veces no me veían como “yo”, sino como “la hermana de…”. Nunca me trataban bien, a pesar de que yo era muy buena estudiante.
¿Recuerdas el momento en el que sentiste que algo no estaba bien?
Sí. Empecé a notarlo alrededor de los 10 años, cuando me separaban la mesa del resto y no jugaban conmigo en el patio. Era un colegio de monjas, y mientras las niñas empezaban a interesarse por los chicos, yo seguía centrada en los estudios y en mis muñecas. El acoso continuó, y cuando entré al instituto ya empecé a necesitar ayuda profesional. Con 15 años fui al psicólogo, aunque mi padre no creía en ello. Fui a varias sesiones. Después, al llegar a la universidad, saqué muy buenas notas y me autoexigía muchísimo, como si necesitara demostrar constantemente mi valor a los demás.
"He vivido varias etapas difíciles, pero la que más me marcó fue el acoso escolar en el colegio, tanto por parte de algunos niños como incluso de profesores"
Silvia Carreras Soengas
¿Cómo era un día cotidiano para ti en ese periodo?
Era levantarme y sufrir. Vivía anticipando el miedo: “¿y si pasa esto?, ¿y si me dicen aquello?, ¿cómo voy a reaccionar?”. Tenía un carácter muy complicado que en ese momento no sabía gestionar.
¿Qué emociones o pensamientos predominaban entonces?
Sobre todo negatividad. Sentía que no era suficiente, aunque sacara notas altas y sobresalientes. Pensaba que nada era suficiente para la gente. Incluso cuando me iba bien académicamente, emocionalmente me sentía vacía. Además, cuando entré en la universidad, muchos de mis amigos no lo hicieron y se alejaron. Dejaron de ser mis amigos, y eso me marcó también en mi manera de relacionarme con los demás.
¿Cómo impactó esa situación en tu salud mental?
Me afectó muchísimo, aunque durante mucho tiempo no fui consciente del impacto real. Mi carácter cambió completamente. Pasé de ser una persona normal y muy cariñosa a estar siempre a la defensiva, más fría y arisca. Incluso hoy hay personas que me dicen que parezco borde, aunque cuando me conocen de verdad ven que no soy así. Yo venía de una familia muy unida y de relaciones sanas, y de repente me encontré con personas tóxicas que marcaron mi forma de ser.
¿Te permitiste pedir ayuda o te costó dar ese paso?
No me costó pedir ayuda. Empecé a ir al psicólogo a los 15 años, aunque con citas muy esporádicas. Pero a los 18 ya empecé a ir de manera más regular y eso me ayudó muchísimo.
¿Qué papel jugaron las personas de tu entorno?
Un papel fundamental. Mis padres me han ayudado muchísimo.
¿Hubo un punto de inflexión que marcó el inicio del cambio?
Sí. Siempre fui muy confiada, pero el punto de inflexión llegó en 2025, cuando dije: “hasta aquí”.
¿Cuál fue el primer paso que diste para empezar a salir de esa situación?
Después de tanto sufrimiento —el acoso escolar, quedarme viuda con 28 años y la pérdida de un hijo— llegó un momento en mi vida en el que tuve pensamientos suicidas. Pero mi hija fue mi ancla. Ella fue lo que me sostuvo y me hizo seguir adelante. No podía permitir que nada ni nadie me destruyera.
¿Qué fue lo más difícil del proceso?
Aceptar que, aunque seas fuerte, necesitas personas de verdad a tu alrededor. Una no puede sola. Mi apoyo clave ha sido mi hija. Ella fue el motor que me hizo reaccionar. No quería volver a tener pensamientos así. Hablé con ella y le dije que la vida es dura, pero que tenemos que ser valientes y rodearnos de gente buena.
¿Hubo alguien o algo que se convirtió en un apoyo clave?
Mi hija, sin duda.
¿Cómo fue aprender a convivir con tus emociones en lugar de luchar contra ellas?
Ese pensamiento fue el fin del principio. Mi cerebro hizo “clic”. A partir de ahí decidí ir a urgencias. Llevo muchos años medicada por depresión y me dio muchísimo miedo tener un pensamiento tan firme así y sentir que podía hacerlo en cualquier momento. Llamé a mis padres porque necesitaba ayuda inmediata. Hay muchos suicidios y tenemos que tomar conciencia de cada situación. Yo soy una figura de admiración para mi hija y no podía permitirme ese error. Además, entendí que eso no sería solucionar nada, sería escapar del problema. Y la lección que quiero darle a mi hija es precisamente esa: no huir de los problemas, sino enfrentarlos, y para ello debemos prepararnos para gestionar las emociones.
Mirando atrás, ¿qué aprendizajes te dejó esa etapa?
Me dejó, sobre todo, la certeza de la suerte inmensa que tengo con mi familia. Siempre han estado a la altura, incluso en los momentos más duros, y eso es algo que agradezco profundamente. Hubo amigos que se quedaron en el camino, personas que decidieron apartarse, pero mi familia permaneció firme. También aprendí la importancia de confiar en una misma. Entender que, aunque el entorno dude, una puede. Que hay una fuerza interior que muchas veces no sabemos que tenemos hasta que la vida nos pone a prueba. Y, sobre todo, descubrí lo fuertes que podemos llegar a ser. Mucho más de lo que imaginamos. Hay una resistencia interior que aparece cuando todo parece derrumbarse.
"El autoconocimiento ha sido clave. Hoy tengo muy claro lo que no quiero en mi vida"
Silvia Carreras Soengas
¿Qué haces hoy para cuidar tu salud mental?
El verdadero “clic” fue hacer el proceso de EncamiñaRSE. Volví de esa experiencia con una paz que no había sentido en mucho tiempo. Me perdoné muchas cosas, cerré heridas que arrastraba desde hacía años y empecé a sanar de verdad.
Hoy trabajo mi mente cada día. Practico la meditación y, cuando aparece un pensamiento negativo, intento detenerlo, cuestionarlo y cambiarlo conscientemente. También practico el agradecimiento: dar gracias por lo que tengo, por lo que soy y por lo que he conseguido. Es un ejercicio diario, constante. Cuidar la mente es una decisión que se toma todos los días.
¿Qué señales reconoces ahora que antes pasaban desapercibidas?
El autoconocimiento ha sido clave. Hoy tengo muy claro lo que no quiero en mi vida. Antes toleraba situaciones o actitudes que me hacían daño sin darme cuenta. Ahora, cuando algo no me encaja, paro. Freno. Evalúo la situación antes de reaccionar. Me doy el tiempo de pensar y decidir qué es lo mejor para mí. Esa pausa es algo que antes no existía.
¿Qué significa para ti hoy "salud mental"?
Creo que sigue siendo la gran desconocida. Se habla mucho de salud mental, pero pocas veces somos realmente conscientes de lo que implica. Yo convivo con la depresión desde muy joven y muchas veces es algo invisible para los demás.
Para mí, salud mental es felicidad. Y no una felicidad ideal o perfecta, sino la capacidad de sentir paz incluso en medio de los problemas cotidianos. Puedes tener dificultades y aun así sentirte feliz. Yo hoy me considero una persona feliz. Disfruto de mi vida, incluso con sus retos. Para mí, eso es salud mental: vivir con equilibrio, conciencia y gratitud.
¿Por qué consideras importante hablar de salud mental sin miedo ni estigma?
Porque el ritmo de vida actual nos está pasando factura. Vivimos con una presión constante y muchas veces acumulamos emociones hasta que explotamos. Poder hablar con alguien de confianza, soltar lo que llevamos dentro, es fundamental. A veces lo único que necesitas es gritar de rabia o que alguien te abrace sin juzgarte. Y también creo que es importante recordar algo: no debemos dañar la salud mental de los demás, pero para poder cuidar a otros primero tenemos que aprender a cuidarnos a nosotros mismos.
¿Qué te hubiera gustado escuchar cuando estabas en tu momento más difícil?
Tuve la suerte de contar con una familia maravillosa. Recuerdo que mi padre me dijo: “Tú puedes con todo. Nosotros creemos en ti”. Sentirme respaldada fue fundamental. Y hubo algo que me marcó profundamente: mi hija, con solo ocho años, me dijo que yo era fuerte y valiente y que no podía derrumbarme ahora. Escuchar eso de ella fue un impulso enorme. Me sentí arropada, acompañada y sostenida.
Para cerrar, ¿qué mensaje le darías a quien hoy puede estar atravesando una situación similar?
Que busque su luz. Todos tenemos una. La mía, sin duda, es mi hija. Está bien pensar que uno puede salir solo, pero acompañado es mucho más fácil. No hay que tener vergüenza ni miedo de pedir ayuda. Es verdad que con la edad y las experiencias se aprende a hacerlo mejor; cuando eres joven cuesta más. Pero pedir ayuda no es debilidad, es valentía. Y siempre hay una salida, aunque en ese momento no la veas.