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El secreto mejor guardado de los caballos de la plaza de España de Vigo

Las firmas del alcalde de la época, Manoel Soto, y de varios periodistas se encuentran grabadas en los testículos de los equinos de bronce. Una iniciativa del propio autor de la obra, Juan Oliveira, cuando acudieron a una visita a su taller organizada por el Concello
El Monumento a los caballos de la Plaza de España.
Treintayseis
El Monumento a los caballos de la Plaza de España.
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El año 1991 en Vigo se puede conocer como "el año de las estatuas". Fue el último de Manoel Soto como alcalde de la ciudad, que aprovechó la recta final de su mandato y la cercanía de las elecciones municipales para dotar a Vigo de cuatro de sus monumentos más característicos: Los Rederos en el cruce de Gran Vía con Urzaiz, la Puerta del Atlántico en la plaza de América, el Monumento a los caballos de la plaza de España y el Sireno, en la Puerta del Sol. Cuatro referentes monumentales en cuatro puntos estratégicos.

Soto fue un alcalde que gustaba de los fastos, de la grandilocuencia y de los anuncios efectistas. En su haber, por ejemplo, está el lema que se grabó en el mobiliario urbano, desde bancos a canastas de baloncesto, aquel "Por un Vigo mellor". Aquella frase, a modo de slogan que todavía perdura en la memoria de los vigueses, era un precedente a la mercadotecnia que, décadas después, inundaría la política y, prácticamente, cualquier ámbito social.

Durante su mandato también se dieron otros momentos históricos de Vigo, como la cabalgata de Reyes donde casi se hunden en la ría Sus Majestades de Oriente o el tren quería hermanar las 'movidas' de Vigo y Madrid.

Joaquín Leguina y Manuel Soto, en el tren Rías Baixas.

Cada una de las estatuas que se colocaron en Vigo aquel año en el que arrancaba la década de los noventa tiene su historia particular y casi todas están rodeadas de polémica, ya sea por el monumento en sí como por el momento crítico que atravesaba la ciudad, con protestas de diversos ámbitos laborales. Pero una de ellas, el Monumento a los caballos de Juan Oliveira, que reina en la plaza de España, tiene, además, un detalle oculto a los ojos del paseante.

La tercera estatua en su ubicación

Dos monumentos antecedieron a la obra del escultor tudense: el dedicado a los héroes de la Reconquista, hoy en la plaza de la Independencia y una fuente luminosa donada por el productor vigués Cesáreo González realizada por el mismo autor de las fuentes luminosas de Montjuic. Esta última fue inaugurada en 1967 para dar paso a los conocidos caballos en 1991.

En su grandilocuencia, Soto aseguró que se convertiría en el monumento emblemático de Vigo, y no le faltaba razón. Hoy es una de las postales más reconocidas de la ciudad en una zona que, con la llegada de la Ciudad de la Justicia, espera recuperar el lustre que fue perdiendo con el cierre del Hospital Xeral, que fue clausurado en 2015 con la llegada del Hospital Álvaro Cunqueiro.

Pero la historia del Monumento a los caballos comienza antes de su instalación, una actividad que comenzó a mediados de marzo del año 91. Con el objetivo de dar a conocer el conjunto escultórico, el Concello de Vigo fletó un autobús que llenó de periodistas de la ciudad para trasladarlos hasta la casa de Oliveira, en Tui, donde se encontraba su taller y donde estaba llevando a cabo su obra.

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Eduardo Rolland, testigo de excepción

En aquel autobús viajaba Eduardo Rolland, periodista y colaborador de diversos medios de la ciudad. En aquella época, Rolland daba sus primeros pasos en el periodismo: con 21 años, era un recién llegado al Faro de Vigo. "No sé por qué me metieron a mí, acaba de empezar en esto y era el típico evento al que todos querían ir", explica a Treintayseis.

No es para menos: el alcalde Soto invitó al numeroso grupo a una comida previa con un menú en el que destacaba la lamprea y las angulas en O Cabalo Furado. "Fue el día que más angulas comí en mi vida: se terminaba un plato y entraba otro, y luego otro… y todo pagado por el Ayuntamiento". Eran otros tiempos en los que "se agasajaba así a los periodistas". De hecho, explica Rolland, "en cada rueda de prensa había un vino español".

"Se agasajaba así a los periodistas. En cada rueda de prensa, había un vino español"

Así que, con los estómagos llenos, se trasladaron hasta la casa de Oliveira. Allí, Soto y el escultor les mostraron una maqueta en bronce de la estatua y el regidor explicó, además, que dentro de los caballos había un rayo láser que saldría disparado de la boca del caballo situado en lo alto que "se iba a ver en toda la provincia de Pontevedra y en la frontera con Portugal". "Era el gran bombazo electoral de Soto, que preparaba las próximas elecciones", cuenta Rolland.

Un soplete y un punzón

Oliveira, al tiempo, ofrecía chupitos "de todos los colores" que él mismo elaboraba a los periodistas, lo que convertía aquel momento en "surrealista", como lo describe Rolland. Pero faltaba lo mejor. Del taller, el escultor apareció con "una cosa del tamaño de dos balones de rugby"; eran los testículos que llevarían los caballos en su estatua. "Oliveira, genio y figura, había decidido que los firmásemos todos los que estábamos allí presentes".

Sobre aquel molde de cera, "una pieza muy dura", se ponía el soplete para ablandar el material y, con un punzón, se procedió a la plasmación de la firma de los presentes en las gónadas de los cinco caballos del grupo escultórico que cabalgan hacia el cielo en homenaje a los equinos que poblaron los montes de Vigo.

Los del primer caballo, comenzando por arriba, se reservaron para los representantes políticos: Soto, uno; el concejal de cultura Francisco Santomé, el otro. A partir de ahí, la línea descendente la siguieron los periodistas. "En el segundo caballo, empezando desde arriba, está mi firma, grabada en bronce", señala Rolland entre risas.

"En el segundo caballo, empezando desde arriba, está mi firma, grabada en bronce"

La comprobación, una misión casi imposible

"Siempre he pensado en ir con unos prismáticos para poder ver la firma, pero, claro, si me para la policía no sé qué les contaría, 'no, agente, disculpe, es que estaba intentando ver mi firma en los testículos de uno de los caballos', no sé si me creerían". Lo cierto es que el acceso a la estatua, aproximarse a ella lo más mínimo, es una misión casi imposible en una rotonda que carece de acceso al monumento.

Nunca se llegó a ver aquel cañón lumínico saliendo de la boca de uno de ellos por, según se dijo en su día, seguridad aérea. Tampoco funcionó el reguero de agua que bajaba desde lo más alto, por culpa del viento y las numerosas averías. Es más, aquel año 91 fue el último como alcalde de Manoel Soto, primer regidor en democracia de la ciudad, que tuvo que ceder su asiento a su segundo, Carlos González Príncipe, para que los socialistas no perdieran el gobierno en base a un acuerdo con otros dos partidos.

Pero las firmas de políticos y periodistas siguen todavía persistentes en el bronce, escondidas, como el recuerdo de un Vigo que, a principios de los años 90, comenzaba a cambiar de cara y que, todavía hoy, con arrugas, se puede reconocer en múltiples detalles de la ciudad.

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