La reaparición de Román tras sobrevivir a 'Santanero': Vivir la muerte no es para tanto

La reaparición de Román tras sobrevivir a 'Santanero': "Vivir la muerte no es para tanto" J.D.M.

Toros FERIA DE JULIO

La reaparición de Román tras sobrevivir a 'Santanero': "Vivir la muerte no es para tanto"

El matador valenciano vuelve a los ruedos este sábado dos meses después de que estuviera a punto de morir en la enfermería de Las Ventas. 

–¿Es verdad que te escapaste del hospital?

–Lo suelo hacer mucho.

–Pero estabas ingresado.

–No como nunca comida de hospital. Vi que estaba bien, que podía andar, y salí a comer. Engañé a una enfermera. Le dije que el médico me había dado permiso.

Fue un domingo, el último día de San Isidro. Una semana después de Santanero. En la habitación había bolsas del McDonald's arrugadas. Trotaba alrededor de la cama sin poder disimular la cojera, alucinando con su pierna inflamada, como si la estuviera estrenando esa misma tarde. “¿Veis?”, decía agarrando las muletas, “ando fenomenal”, disimulaba. “Sí, sí, Román, andas genial”, le complacía un amigo. Recorrería los pasillos hasta la calle igual que los pacientes solitarios, por el escenario apocalíptico de su cornada, haciéndole una vuelta de reconocimiento al bypass. Supongo que los vaqueros apretaban la carne machacada.

–¿Dónde fuiste?

–Cerca, a un bar. Sólo había que cruzar la calle. Lo malo es que empezaron a llegar las visitas, preguntaban por mí, y cuando volví las monjas me buscaban por todo el edificio [hospital San Francisco de Asís].

–Te pillaron, ¿no?

–Sí. Me decían que no podía escaparme del hospital. , tonterías. También lo hice en Bayona, que fui al centro a comer una carne. Es que necesito coger aire. En el hospital se pasa muy mal.

"¿Esto es morirse?"

Ya se ha descrito muchas veces la imagen de Román colgado del pitón de aquel toro. Parecía la aguja de una brújula dislocada, la tortura más antigua del mundo. El trozo de naturaleza incrustado, enganchado, atrancado en el hombre que se desangra. “Canta”, parecía gritarle el toro. Román callaba camino de la enfermería. “En la camilla se formó un charco de sangre”, recuerda el matador valenciano, que reaparece del tabaco este sábado, en la Feria de Julio de Valencia. “Veía las caras a mi alrededor muy asustadas. Sí, estaba un poco asustado todo el mundo. En la enfermería hubo más calma. Ahí me asusté yo, porque me decían que no me durmiese y no podía evitarlo. ‘A ver si esto es morirse’, pensé”.

Curro Díaz plantó la montera sobre las tablas de la enfermería para darle ánimos al herido, a toda la plaza y a él mismo. Más bien parecía el primer crespón negro, un luto que madrugaba mojado por el rastro de sangre por los pasillos que dejó la femoral abierta. “Pensé ‘bueno, pues te estás muriendo’”, confirma el silencio del tendido a esa hora.

“Es difícil de explicar. Cuando veía que me dormía, me repetía, ‘no me puedo morir’. Intentaba no cerrar los ojos. Te das cuenta de que vivir la muerte no es para tanto. Estaba feliz. La gente me ha dicho que la muerte más agradable que hay es cortarse las venas. Es lo que sentí. ‘Pues me muero’. No pasa nada”.

Román, durante la rehabilitación del muslo derecho

Román, durante la rehabilitación del muslo derecho J.D.M.

Madrid, un toro de Baltasar Ibán, la arteria femoral: hay tardes en las que los toreros bailan alrededor del mito fundacional de la tauromaquia. Todo son detalles que quedarían muy bien como epitafio. “Me acordé de Fandiño en la enfermería porque lo tengo presente. Cuando sale el toro me acuerdo de Fandiño y Víctor Barrio. No te sé decir por qué. Me ha marcado mucho. Antes, no era consciente de que el toro me podía matar. Con los avances de la medicina era muy difícil, pensaba. Está todo muy reciente. Hace dos temporadas toreé con Fandiño. Cuando voy a Madrid con esa corrida lo primero que se me pasa por la cabeza es que un toro de Baltasar lo mató. En realidad no sé en qué momento lo dije”.

La Feria de San Isidro había ido bien para él. “Di un paso adelante con el sobrero de Torrealta. Fue importante, aunque la gente no se acuerda”. Luego vino el de Adolfo. “Me veía cogido en todos los muletazos. Me iba a echar mano. Pasé más miedo con el toro de Adolfo, porque el de Ibán era muy malo, moruchón, no quería coger, sólo irse. No quería guerra. No sé si me explico. El Adolfo tenía una complicación muy grande: te quería coger”.

Después de esa tarde, quizá no había necesidad de sustituir a Emilio de Justo. Algunos vieron en la decisión el terrorismo de los comisionistas, esa parte de los taurinos obsoleta. A la solera de las casas de siempre, a “las buenas decisiones”, les ha salido la costra de la necesidad. Tener un torero entre algodones ya no funciona. No hay espacio para decir ‘no’. “Fue decisión mía. Me llamaron para torear la de Jandilla en Nimes. Vi que Emilio toreaba también la de Baltasar Ibán. Tuve claro que era una oportunidad de salir a hombros en San Isidro. A Nacho Lloret le dije ‘estoy en un momento en el que me valen el 80% de los toros’. Me dijo que por él no toreara. Luego, di una tarde importante en Madrid. Sin ser un triunfo de dos orejas... Creo que estuve más que aceptable. No me equivoqué”.

Masajes, cicatrices y dolor

Después de Madrid, ya no es “el platanito millennial”, como lo definía algún cronista en privado. “Está claro que soy un torero carismático. Me gusta incluso tener un poco de esa inocencia, la falta de técnica que a veces me reprochan. En determinados momentos está bien olvidarse de la técnica. Pero vaya, que si quiero que no me coja un toro, no me coge. Sé la clase de torero que soy. Se me nota mucho cuando no estoy a gusto. Trato de torear despacio. Me gusta lo que soy, la verdad”.

Román haciendo ejercicios de equilibrio

Román haciendo ejercicios de equilibrio J.D.M.

El dolor ha sellado la recuperación. En la consulta de Zani Monreal, la fisioterapeuta de los toreros, gesticula mientras le amasan el muslo. “El dolor de la cornada no consigo describirlo. Es tanto que no llegas a sentirlo como tal. Es... un dolor como muy fuerte”, se retuerce sobre la camilla.

La rehabilitación comenzó al día siguiente. “Desde que me subieron a planta. He hecho muchísima. Es muy dura. Dolorosa”, concreta las sensaciones del masaje. Se planteó volver en Pamplona. “Sinceramente, no me arrepiento. Podría haber llegado forzándolo mucho. Todo tiene su tiempo. Era mejor esperar. Será un día bonito en Valencia. La pierna me responde. Ya no me pesa”, comenta mientras casi consigue tocarse el glúteo con el talón: el músculo asediado se frena un poco antes.

“En la enfermería me salvaron la pierna”, recuerda, “imagino que la labor fue buena porque la recuperación lo ha sido”. El trabajo del equipo de García Padrós generó dudas, como si del hospital de Las Ventas tuvieran que salir los toreros andando. “Creo que lo que hicieron fue estabilizar la pierna, salvarla. Me derivaron para operar la arteria. Visto lo visto, ha funcionado”, señala.

Por los pasillos de la clínica da unas carreras para acabar la sesión. Antes de entrenar, desde hace algunas semanas, y hasta el sábado, todos los días las manos le recorrerán la cicatriz. Se pone de rodillas y se incorpora rápidamente. Trata de aguantar el equilibrio subido a una bola, apoyado en la extremidad agujereada. Una herida le supura aún. “Por ahí salió el pitón”, señala la fisioterapeuta la mirilla a punto de cerrarse.

Las piernas parecen un mapa del metro. “A la reaparición irá Ábalos”, señala el torero. “Lo invité y creo que le confirmó a Nacho [Lloret] su asistencia”. Desde el ministerio, hace unos días, aún no lo tenían claro. “Tiene pensado ir”, comentan fuentes cercanas al ministro a este periódico.

Ábalos le agradeció el brindis de la segunda tarde con una carta. “No la esperaba. Es bonita. Creo que es sincero”. ¿Alguien te avisó de que estaba en la plaza? “No, no. Lo vi en el callejón y fue un poco por... Le dije que me alegraba verlo en la corrida y no sé qué más. Que ojalá no se politicen tanto los toros”.

–Hace algunos años decías que no eras supersticioso. ¿Y después de esta cornada?

–Bueno, tengo algunas manías. Supersticiones ninguna. Me pongo siempre primero la zapatilla derecha. La cornada no me ha cambiado. Si fuese peluquero no me pegarían ninguna.

–¿Te acuerdas de la gitana?

Me acuerdo mucho de la gitana. Me acuerdo mucho. Cuando veo una gitana con una rama de romero no la miro ni a los ojos. Me ponen muy nervioso.

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