El silencio resultó un lapso. Una puerta a otro mundo. Hace 97 años un toro mató a Joselito el Gallo en Talavera cuando tenía 25. A los 25 ahora no sabe uno ni dónde está y él se había pasado la tauromaquia. Una lejana sirena -Madrid es una ciudad de sirenas y cenas- bombeaba estridencia. En la arena sólo las mulillas ronroneaban el cascabel. Un minuto para quedarse a vivir, el paseíllo congelado, la previa -al fin- detenida. Alguien aplaudió: ¿quién lleva el cronómetro en estos casos? El pasodoble devolvió la realidad en un alegre chimpún: ni está Gallito ni Manolete y el tiempo es un túnel, como en las novelas de Stendhal.

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Salió el segundo y se hizo un poco de noche en la tarde de Las Ventas. Traía la bruma de la edad, de la vieja penumbra de dehesa. Vaya perfil de pesadilla. Brillaban las afiladas aristas. Los kilos balanceaban la mole de carne hacia delante. Daba miedo hasta la badana, colgandera. La expresión de partecapotes la traía Luchador. Los cinco años le daban ese poso para pensarse cada movimiento.

Fortes se fue hasta los medios con la montera calada y se echó de rodillas. Abrió galope Luchador dejando atrás un ruedo regado de banderillas. Fortes lo sacó por detrás. Un murmullo reunió los siguientes instantes en un inicio intenso, tropezado, con el ay suspendido. El toro medía una barbaridad. Mirón, deletreaba la taleguilla. Lo fue haciendo Fortes, quieto, firme, pasándose los pitones por la barriga, el torazo hundido en la faja. Una verdad sin estridencias, ni poses, ni cuello partido. Un soplo de sinceridad. Le cogió el aire al pitón izquierdo, ganando la acción sólo con los vuelos. Al tercero el toro se paró. Aguantaba Fortes acumulando tensión. A su altura el toro consentía pasar. La faena se sucedió sorbiendo cicuta hasta las bernadinas finales. Ni un respiro. La espada se fue atravesada, tardó en caer el toro y la petición, cabal, se tradujo en una vuelta al ruedo importante.

También fue un tiaco el quinto. Muy montado. Parecía asomarse a alguna ventana imaginaria. La cruz desbocada en toda la alzada. No dijo nada en la muleta. Se dejó. Y Fortes estuvo mucho tiempo delante. La adrenalina había bajado sustancialmente. Había resaca de intensidad. Lo intentó hasta que rebajó al toro y hartó a la gente. Se fue detrás de la espada.

Saludó Román con unas verónicas muy recogidas al tercero, de buenas hechuras y tocado arriba, cogiendo el capote cerca de la esclavina. Algún trallazo se llevó del quite de Juan del Álamo. Dio distancia Román montada la muleta. El cambio de mano dejó un buen natural. Vibrante el toro, con fijeza. Román lo embarcó despacio con la izquierda y corrió la mano bien, templado. Dio sitio al principio. La raza del toro hacía que no se despidiera del todo de los vuelos y el joven valenciano también se quedó. Paró de manera definitiva. Algo de culpa tuvo el pase de las flores ligado en un milímetro. Sitio, aire. Ya se quedaba el toro y buscaba a la salida de los pases de pecho. El final, por bajo, toreado, bueno, desembocó en la hombera contraria: el toro rebañó y enganchó al matador del chaleco, zarandeado. La jodida gitana. En el suelo un torrente de pisotones y golpes. Emergió de milagro, indemne, con un colgajo de sangre en la mejilla como recuerdo de la tragedia fallida.

Román

Qué astifino el sexto. El motor al servicio del genio. Cuajaron un buen tercio los subalternos Hazem Al Masri, que libró las cuchillas en una carrera de descampado, y Raúl Martí, después dos puyazos en el sitio de Pedro Iturralde. Los doblones hicieron despegar la embestida. El lío estaba en soltar por debajo de la pala del pitón. Román lo hizo. Ausente el genio, quedaba un solar. Parecido al tercero pero sin buen fondo. Se quedaba al natural. Afilado y parado, su objetivo era el palillo. Román lo buscó en su terreno, retrasando la muleta, un paso más. Tras el desarme quedó una última buena tanda.

El toro más bonito fue el primero. Un dije colorao, bocidorado y ojo de perdiz. Clase y el poder escaso. Lo que obedecía se vio en la media del quite de Fortes, yéndose hasta Manuel Becerra. Se lo llevó a lo medios Del Álamo y al toro le pesó. Para torearlo bien. Lo intentó sin eco. Bueno, sí: el de las protestas por la fuerza. Algún tirón hubo y cuando lo refugió en la segunda raya era un poco tarde. Lo había cantado Zabala de la Serna con mucha antelación. Se eternizó Juan por las dos manos y la gente ya cantaba oles con guasa. Luego quedó prácticamente inédito con el cuarto, apagado y de buenos inicios. La indiferencia de la plaza pesó mucho.







Ficha del festejo


Monumental de las Ventas. Martes, 16 de mayo. Sexta de abono. Media entrada. Toros de Lagunajanda, de contado poder el buen 1º, midió el arisco 2º, 3º vibrante, 4º apagado con buenos inicios, se dejó el 5º, geniudo 6º.

Juan del Álamo, de tabaco y oro. Espadazo desprendido (silencio). En el cuarto, pinchazo y estocada trasera.

Fortes, de azul pavo y oro. Estocada atravesada. Aviso (vuelta al ruedo). En el quinto, estocada atravesada. Aviso (silencio).

Román, de azul marino y oro. Medio espadazo. Varios descabellos (ovación en el tercio). En el sexto, pinchazo y estocada trasera. Cuatro descabellos (silencio).