Marta Álvarez junto con Juancho López.
Así es como un chihuahua y una cena incómoda inspiraron a Marta Álvarez y Juancho López: "Queríamos el zapato perfecto"
El proyecto arrancó en 2020 con una pregunta que cuestionaba uno de los códigos más asumidos del sector: la incomodidad como peaje de la elegancia.
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En una escena cotidiana —una cena, unos tacones elegantes y el alivio de quitárselos bajo la mesa— comenzó a gestarse una idea empresarial que hoy gana terreno en el sector del calzado femenino.
Así nació PINKCHIC guagua en 2020, una firma española que ha hecho de la comodidad sin renunciar al diseño su principal propuesta de valor.
La reflexión que impulsó el proyecto fue tan simple como reveladora: "¿Por qué tenemos que elegir entre sentirnos guapas o sentirnos cómodas?". A partir de esa pregunta, Marta Álvarez y Juancho López se propusieron redefinir el zapato de salón tradicional para adaptarlo a la vida real.
Marta y Juancho, fundadores de PINKCHIC guagua.
El origen del nombre refleja también ese equilibrio entre espontaneidad y construcción de identidad. Durante aquella misma cena en la que surgió la idea, un pequeño chihuahua comenzó a mordisquear uno de los tacones.
Lejos de quedar como una simple anécdota, aquel momento terminó dando forma al relato de marca. Según explica Marta, su cofundadora, "PINKCHIC representa la parte femenina y elegante, mientras que guagua aporta ese punto cercano, divertido y singular".
Más allá de su narrativa, el proyecto se apoya en una lectura precisa del mercado. Sus fundadores detectaron una desconexión evidente entre estética y funcionalidad en el calzado femenino. "Había diseño, pero faltaba pensar en cómo se siente una mujer tras horas llevando esos zapatos", explican.
De esa carencia surgió el concepto de zapato "habitable", una propuesta que busca mantener la sofisticación del salón clásico sin sacrificar el confort necesario para el día a día.
El desarrollo de producto ha sido, en este sentido, uno de los pilares del proyecto. La empresa apostó desde el inicio por crear una horma propia, alejándose de los estándares habituales del sector. El proceso, reconocen, fue largo y exigente, basado en pruebas con mujeres reales en situaciones cotidianas. "Queríamos la horma perfecta, no una estándar", señalan.
A ello se suma el uso de plantillas amortiguadas y materiales flexibles que permiten que el zapato se adapte al pie desde el primer uso, hasta el punto de que, según describen, "se olvida que lo llevas puesto".
Fue un camino largo, de muchos viajes, pruebas, errores y mucho aprendizaje. No queríamos una horma estándar; queríamos la horma perfecta.
Ese nivel de confort no responde únicamente al diseño, sino también a cómo y dónde se fabrica el producto. Por eso, la elección del lugar de fabricación resulta clave en el planteamiento de la marca.
La producción en Elda, Alicante, uno de los grandes polos históricos del calzado en Europa, les permite trabajar con artesanos altamente especializados y asegurar un estándar de calidad acorde a esa exigencia inicial.
Marta y Juancho, fundadores de PINKCHIC guagua.
Para la empresa, no obstante, esta elección implica también una responsabilidad. "Llevar el nombre de Alicante significa mantener un nivel de excelencia y proteger un legado que no permite atajos", subrayan. El sello "Made in Spain" se convierte así en uno de sus principales activos.
Ese enfoque artesanal condiciona directamente su modelo de crecimiento. Frente a estrategias basadas en volumen, PINKCHIC guagua apuesta por una producción limitada y controlada, en la que cada par de zapatos pasa por un proceso minucioso. "No se trata de hacer mucho, sino de hacerlo mejor", explica Marta.
Aún así, el crecimiento de la marca se ha producido, según sus responsables, de forma constante, aunque con un enfoque más cualitativo que cuantitativo. Más que centrarse en cifras, la compañía prioriza la aceptación del producto y la fidelización de su clientela.
Este planteamiento conecta con una tendencia creciente en el consumo de moda: la búsqueda de productos más responsables y duraderos frente a la lógica de lo efímero.
Desde la marca sostienen que la clienta actual está cada vez más informada y dispuesta a invertir en calidad.
"Ser sostenible es comprar menos, pero mejor", señalan, defendiendo la artesanía como una inversión a largo plazo tanto en términos económicos como de impacto.
La artesanía y la durabilidad son una inversión: la gente prefiere pagar por un valor real y un impacto positivo
No obstante, el camino no ha estado exento de dificultades. Lanzar una empresa en 2020, en pleno contexto de incertidumbre global, supuso un desafío añadido.
A ello se suma la complejidad de equilibrar la producción artesanal con la viabilidad económica, así como la gestión de una demanda creciente sin comprometer la esencia del proyecto.
Todo ello, insisten, ha logrado salir adelante sin perder de vista el propósito inicial que dio origen al proyecto: acompañar a una mujer que quiere sentirse bien sin renunciar a su estilo.