Una mujer sujeta un cartel contra la violencia machista durante una manifestación en Oviedo

Una mujer sujeta un cartel contra la violencia machista durante una manifestación en Oviedo Reuters

La Jungla

Las víctimas ya no se callan: “Creía que me iba a morir y dejé de hacer fuerza”

En la Jungla. El durísimo relato de una tuitera que ha sido víctima de violencia de género describe a la perfección las fases por las que pasan las mujeres que han tenido la mala suerte de toparse con un machista en su camino.

Estamos acostumbrados a ver a las víctimas de violencia machista de espaldas. A que salgan ocultas en nuestros televisores, a que se escondan detrás de seudónimos en los periódicos. Parece que tengan que ser ellas las que carguen con una vergüenza que solo le corresponde a los agresores.

Iniciativas como la del #MeToo han servido para ponerles rostro y nombre. Para visibilizar que el maltrato no entiende de estereotipos, no hay un perfil de mujer maltratada, todas somos susceptibles de serlo al margen de nuestro contexto social, cultural o económico.

Es importante que haya mujeres que decidan libremente dar el paso y contar el infierno por el que han pasado. Por ellas, porque les ayuda a verbalizar su dolor y así a superarlo, pero también por todas las que no pudieron o no pueden hacerlo todavía.

Señalar a los maltratadores machistas es fundamental para que la sociedad deje de legitimarlos, para que se sepan acorralados y dejemos de normalizar y minimizar comportamientos que acaban desembocando en feminicidios.

Esta mujer ha decidido compartir en Twitter su experiencia al lado de su agresor. Su relato, durísimo, está estructurado de tal manera que vamos subiendo con ella cada peldaño de una escalera que acaba con su autonomía, con su libertad, con su autoestima y, para las menos afortunadas, con su propia vida.

Vemos en primer lugar que, aunque decidida a contarlo, dice hablar en segunda persona porque “seguramente va a leerlo” su agresor, así que sigue teniendo miedo.

Aunque se reconoce víctima, todavía cree que alguno de sus “errores” podrían haber desencadenado la violencia, cuando nada que ella pudiese haber hecho la justifica.

Comienza el control

El relato de esta chica comienza describiendo el control absoluto que su pareja ejercía sobre ella. El uso de las redes sociales para saber qué hace en cada momento y para inmiscuirse en su intimidad. La tecnología puesta al servicio del agresor.

Como ella se había “portado mal”, tenía que recibir un castigo. No, en la mente del agresor no está presente aquello de “ha hecho algo que no me gusta y por eso lo mejor es dejar la relación”.

Más bien, lo que piensan es que “ahora ya tengo la excusa perfecta para amargarle la vida” y ella “tiene que pedirme perdón”. En el fondo, ellos son absolutamente dependientes de sus víctimas.

La violencia física llama a la puerta

Cuando el maltrato psicológico ya ha hecho efecto y las capacidades de la víctima están lo suficientemente mermadas, llegan los puñetazos. Esos que no aguantaría nadie que no estuviese a merced de su agresor, que no llegase a pensar que se los merece.

De nuevo el castigo. Los maltratadores ejercen tal poder sobre sus víctimas porque asumen el rol de castigadores, de adoctrinadores. Ellos poseen la verdad y, cuando te portas mal, toman las represalias que consideran oportunas.

Cuando ella regresó a casa y en vez de la cabeza agachada venía con agallas suficientes como para rebelarse, la respuesta volvió a ser violenta.

Una loca más

Ella le había sacado de sus casillas, claro, es una loca. Una loca que puede meterle en un lío, que necesita ir a un psicólogo porque está muy mal. No deberíamos creerla porque miente para meterlo a él en un lío.

Sí, salvo raras excepciones ese es el procedimiento. Las víctimas reciben cuidados médicos de urgencia en caso de necesitarlos y abogado de oficio antes de que les faciliten el contacto con un psicólogo o trabajador social.

Este protocolo hace que la situación de vulnerabilidad de las mujeres víctimas de violencia sea todavía mayor y que tengan que enfrentarse rápidamente a la toma de grandes decisiones -denunciar o no denunciar, irse a una casa de acogida, etc-, en un momento en el que necesitarían protección, calma y asistencia adecuada.

Así que la mayoría vuelve a su casa prácticamente igual que como salió. Y llega el “perdóname, que no va a volver a pasar”. Y ellas se lo creen.

La valentía y la revictimización social

Y un día se armó de valentía y dijo adiós a su agresor, pensando que todo iba a terminar siendo más fácil. Pero tiene que callarse, tiene que ocultar lo que le ha pasado porque, lo más probable es que haya mucha gente que no quiera creerla.

Porque lo fácil es pensar que ella está despechada, que es una loca. Lo díficil es saber que tu amigo, tu hijo o tu hermano es un agresor y tomar decisiones. Señalarlo con el dedo.

“Tened cuidado”

Una vez que aprendes a vivir con ello, con que has sido una víctima de violencia machista, lo que quieres es que ninguna mujer pase lo que tú pasaste a su lado.

Y cuando empiezas a poder contarlo y lo gritas fuerte estás ayudando a muchas mujeres. Porque lo único que puede salvarnos del machismo es el feminismo. Y la revolución empieza con una amiga, y otra, y otra más.