Ramón Espejo, catedrático de la Universidad de Sevilla.

Ramón Espejo, catedrático de la Universidad de Sevilla. Cedida

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Pasar de curso con un suspenso, la última polémica que agita la Universidad de Sevilla: "Roza la corrupción", dice un catedrático

Ramón Espejo habla con EL ESPAÑOL tras la aprobación de la evaluación compensatoria, una medida que, a su juicio, rebaja la exigencia universitaria.

Más información: “El analfabetismo ha llegado a la universidad, en mi facultad hay quien no sabe leer ni escribir”, denuncia el catedrático Espejo

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¿Debería un estudiante poder obtener un título universitario sin aprobar todas las asignaturas?

Para Ramón Espejo, catedrático de la Universidad de Sevilla (US), la respuesta no admite dudas. "Me parece un error", afirma con rotundidad en conversación con EL ESPAÑOL.

El pasado 23 de junio de 2026, el Consejo de Gobierno de la US escenificó lo que en los despachos oficiales se calificó como un logro social e institucional.

Bajo la presidencia de la rectora Carmen Vargas, la maquinaria burocrática aprobó la esperada normativa de la evaluación compensatoria, una medida que flexibiliza las exigencias para el alumno al borde de la graduación y que se ha presentado ante la opinión pública como una muestra de "sensibilidad y compromiso" con el estudiantado.

Lo que la Junta de Gobierno de la US vende como un escudo social es, para algunos, la punta del iceberg de una descomposición estructural profunda: una fachada destinada a maquillar la pérdida de rigor y exigencia dentro de la institución universitaria.

Para entender el reverso de esta moneda no hace falta acudir a los comunicados oficiales, sino cruzar las puertas de la Facultad de Filología. Allí, entre las paredes de su despacho, rodeado de los lomos ajados de las obras de Herman Melville, Edith Wharton o Tom Wolfe, se encuentra Ramón Espejo.

Catedrático de Literatura Norteamericana del Departamento de Filología Inglesa, Espejo es una eminencia internacional en su campo: cuatro sexenios de investigación, ochenta publicaciones científicas a sus espaldas, editor de los volúmenes de Arthur Miller y Tennessee Williams para la editorial Cátedra, vicepresidente de la International Arthur Miller Society y vocal para Europa de la Edward Albee Society.

Un hombre habituado a diseccionar las grandes tragedias y los dramas de la condición humana sobre el papel, que hoy asiste, con lucidez pasmosa, al drama real de la universidad pública española.

"Esto de la compensación curricular es un papel que tiras al suelo en una calle que lleva años sin limpiarse. Debajo hay tantísimo...", resume el preceptor. "No puedo hablar de corrupción directamente, pero sí de que la roza", asevera.

A partir de ahí, la conversación abandona las aulas para adentrarse en una crítica frontal al funcionamiento del rectorado, a la política universitaria y a un modelo académico que, a su juicio, lleva años sacrificando la exigencia en favor de la popularidad.

La vía de escape

La nueva normativa de evaluación compensatoria —un explícito compromiso electoral de Carmen Vargas— faculta al estudiantado de Grado o Doble Grado para solicitar, de manera excepcional en este mismo curso 2025-2026, la superación de su última asignatura pendiente.

Los requisitos técnicos parecen blindados: haber cursado al menos el 50% de los créditos en la US, haber agotado cuatro convocatorias y contar con un mínimo de 3 sobre 10 en dos de ellas. Quedan fuera los Trabajos de Fin de Grado, el Prácticum y las carreras habilitantes.

A pesar de estos filtros normativos, la lectura a pie de aula es radicalmente distinta.

"El otro día escuché a un alumno decir que él había decidido qué asignatura iba a dejar a la compensatoria. Es decir, hay alumnos que lo han interpretado —y no les puedo culpar por hacerlo— como que ya no hace falta aprobar todas las asignaturas para obtener el título universitario", sostiene.

Cree que la mera existencia de la medida altera la forma en la que algunos estudiantes afrontan la carrera. "Los alumnos ahora contemplan qué asignatura no les gusta o cuál les es más complicada y eligen compensarla", afirma el catedrático.

El profesor rechaza el argumento de que esta medida una es solución para quienes encuentran dificultades en una materia concreta.

"Si hay una asignatura que no sirve para nada, lo normal es eliminarla y sustituirla por otra que sí sirva. Pero si forma parte del plan de estudios, habrá que aprobarla", expresa Espejo.

"Populismo" y ley del silencio

Detrás de este movimiento, el catedrático identifica un mal endémico de la gobernanza universitaria contemporánea: el debate ha dejado de ser pedagógico para ser político.

"No hay nada que avale científicamente la evaluación compensatoria. Simplemente responde un cambio de gobierno en el rectorado", sostiene el profesor.

A su juicio, la aprobación de esta medida forma parte de una estrategia para mantener el respaldo de distintos colectivos de la universidad en un momento especialmente delicado.

"Estamos ante un caso más de populismo por parte de los políticos de dentro de la institución: los rectores y todos los que les acompañan. En esta ocasión no podemos culpar a los políticos que conocemos. Los rectores se han convertido en ellos. Hacen política dentro de la institución y saben que los alumnos son un colectivo con el que tienen que contar para aprobar determinadas medidas como aprobar normas y estatutos", declara Espejo.

Las consecuencias de esta "estrategia", según denuncia el docente, rompen la equidad y desincentivan la búsqueda de la excelencia, fragmentando al propio alumnado.

"La compensatoria es una medida que beneficia a quienes menos les interesa la universidad. Beneficia a los estudiantes que quieren aprobar la carrera haciendo el menor esfuerzo posible y a los rectores porque se pueden poner la medalla del índice de éxito, que a ellos siempre les gusta", afirma el catedrático.

Frente a la condescendencia institucional, Espejo propone inversión y docencia personalizada.

"La solución para cuando a alguien se le atraganta una asignatura es estudiar y dotar presupuestariamente a que haya un profesorado de apoyo que en esos casos pueda sentarse con ese estudiante que está teniendo dificultades y realmente diseñarle un plan de aprendizaje personalizado que le ayude a aprobar esa asignatura", sostiene.

Recortes e incremento del alumnado

¿Por qué se aprueba la compensatoria precisamente ahora? La explicación oficial de la vicerrectora del área, Carmen Barroso, a la implementación de las nuevas medidas está en una "situación presupuestaria especialmente exigente", marcada por el desmesurado incremento de los gastos de personal.

Para frenar la hemorragia, el Plan de Eficiencia de la Hispalense establece cinco líneas de contención que congelarán promociones, limitarán contrataciones y recortarán planes propios y becas, esperando ahorrar 16 millones de euros en 2026.

Para Ramón Espejo, la cuadratura del círculo político de la rectora Vargas es evidente. Mientras el equipo de gobierno advierte de recortes y "amenaza" al profesorado con un incremento del número de alumnos por grupo para el próximo curso, el catedrático interpreta la compensatoria como una forma de "pacificar" al estudiantado.

"Si paso por un mal momento de popularidad, me dedico a aprobar cosas de este tipo que contentan a algún colectivo y me aseguro unos cuantos votos. Es la representación de la política en el seno de la universidad, pero no la política noble que se basa en defender unas ideas y una manera de mirar el mundo; es la otra política, la de: 'Yo te doy lo que quieras con tal de que me pueda perpetuar en el poder'", expresa.

El profesor cuestiona también la estructura del actual equipo de gobierno, al que acusa de haber multiplicado los cargos directivos mientras reclama austeridad al resto de la comunidad universitaria.

"No podemos hablar directamente de ello, pero sí de que roza la corrupción", sostiene.

Habla de un organigrama "casi de Estado", con "17 vicerrectorados y tres direcciones generales", y denuncia una forma de gobernar basada, según él, en el reparto de responsabilidades y favores internos.

Según el relato de Espejo, el origen del agujero financiero que ahora motiva el "hachazo" a la plantilla no se debe únicamente a factores externos, sino al tren de vida y al hipertrofiado organigrama de la cúspide universitaria.

También critica los viajes institucionales realizados durante los últimos años por distintos equipos rectorales, que considera incompatibles con la situación económica que ahora atraviesa la universidad.

"La rectora y el rector anterior, que es su mentor, llevan mucho tiempo haciendo viajes inexplicables a lugares lejanísimos para firmar convenios de los que luego no tenemos ninguna noticia. Van con séquitos de 20 personas a Asia e Iberoamérica en clase business, se hospedan en hoteles de 5 estrellas y ahora tienen que hacer recortes porque se han dado cuenta de que se han gastado el dinero", asegura.

¿Y cómo se silencia la contestación interna? "Pues, por ejemplo, en el caso de los sindicatos, dándoles más liberados sindicales. Ahora tienen más liberados sindicales que nunca porque necesita que no le hagan una oposición muy fuerte", afirma.

La ley del silencio

"Lo peor es no hablar", lamenta. "Que se extienda la ley del silencio y que no se pueda hablar de estas cosas".

Asegura que muchos profesores son conscientes del deterioro que denuncia, aunque pocos están dispuestos a hacerlo públicamente.

El catedrático no oculta que su diagnóstico trasciende la Hispalense, aunque prefiere limitarse a aquello que conoce de primera mano.

"Los rectores van sucediéndose unos a otros como en las dinastías de la Edad Media en Europa: se lo pasan unos a otros. El problema ya no es solo ese, sino que llegan ahí con la única voluntad de explotar y servirse de la institución todo lo que pueden para sus viajes, para favores a los amigos y para todas las cosas que probablemente no sepamos; que si todo lo que ya sabemos es lamentable, no quiero ni pensar en las cosas que probablemente no sepamos", afirma el catedrático.

Mientras la nueva normativa comienza a aplicarse a los estudiantes que cumplen los requisitos, el debate sobre sus consecuencias ya ha salido de las aulas. Y, al menos para voces como la de Ramón Espejo, la discusión no consiste únicamente en si una asignatura puede compensarse o no, sino en qué tipo de universidad se quiere construir y qué valor tendrá, dentro de unos años, el título que hoy expiden sus facultades.