Francisco Paris, el agente que más tiempo ha servido en la UCO

Francisco Paris, el agente que más tiempo ha servido en la UCO E.E

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Francisco Paris, el agente más veterano de la UCO: "La Guardia Civil investiga a quien le toca, le da igual el signo político"

Durante casi 30 años en la UCO, el hombre de 72 años investigó corrupción, narcos y fuentes humanas; hoy cuenta el precio íntimo del oficio.

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La patrulla apareció en mitad de las vacaciones.

Francisco Paris estaba en un pueblo de Guadalajara, en la casa familiar de sus suegros, con su mujer y sus hijos. No había teléfonos móviles. No había WhatsApp. No había manera de apagar del todo el trabajo. Si ocurría algo, la Guardia Civil sabía dónde encontrarlo. Y aquella vez lo encontró.

"Mis hijos se acuerdan todavía", dice París. La patrulla no traía una mala noticia. Tampoco venía a detener a nadie. Venía a buscarlo a él. Tenía que volver a Madrid. Había una operación, una urgencia, un asunto que no podía esperar. Las vacaciones terminaban en ese instante.

La escena pertenece a otra España, pero dialoga con la de estos días.

La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO) vuelve a estar en el centro de la tormenta por las investigaciones que afectan al entorno del PSOE y del Gobierno, y por el llamado caso Leire Díez, en el que se investigan presuntas maniobras para obtener información sobre fiscales, jueces y agentes, desacreditar a investigadores y activar pesquisas internas contra la propia unidad.

Paris lo observa desde fuera, ya jubilado y con 72 años, pero no como un extraño. Pasó 44 años en la Guardia Civil. Casi 30 fueron en la UCO.

No levanta la voz. No busca el titular. No habla como tertuliano. Habla con la prudencia de quien aprendió que una palabra fuera de sitio puede comprometer más que una operación.

Pero cuando se le pregunta si recuerda algún momento comparable al actual, responde sin demasiado rodeo: "Así tan cruda y tan grave, no".

La vida secreta

Francisco Sacristán Paris fue uno de esos hombres que pasaron más tiempo en la sombra que bajo los focos.

Trabajó contra el narcotráfico, contra la delincuencia económica, contra el crimen organizado y, durante sus últimos 15 años, en uno de los terrenos más delicados del oficio: la obtención de información a través de fuentes humanas.

Francisco Paris a sus 72 años.

Francisco Paris a sus 72 años. E.E

Es decir: tratar con criminales para llegar a otros criminales.

"Es lo más delicado. Y lo más repugnante", dice.

Está sentado, habla despacio y mide las palabras. A veces se detiene. A veces corrige. A veces aclara que no quiere entrar en detalles. En esa cautela hay una manera de estar en el mundo. La de alguien que durante décadas vivió con compartimentos, silencios, identidades parciales y teléfonos que podían sonar a cualquier hora.

Cuando llegó a la UCO tenía 35 años y tres hijos pequeños. Antes había trabajado de electricista. Antes, incluso, había empezado a trabajar a los 13 años. Su vida no estaba escrita para terminar en una unidad de élite de la Guardia Civil.

"Todavía, después de 44 años, no te sé decir por qué me metí", admite.

Hizo la mili. Entró en la Guardia Civil. Su primer destino fue de uniforme: cárceles, escoltas de trenes, servicios ordinarios. Después hizo un curso de conductores y terminó destinado en la Comandancia de Madrid.

Allí, por una casualidad, apareció una vacante en Información. Era 1978. En aquel tiempo no existía todavía la Policía Judicial como se la conoce hoy.

"Era el servicio de Información el que investigaba", recuerda.

Paris aterrizó como conductor, pero pronto empezó a trabajar de paisano. Delincuencia común. Inteligencia. Calle. Observación. Horas sin horario.

Años después, cuando ya era sargento, salió una vacante en la UCO. Se presentó porque le gustaba investigar y porque aquella unidad prometía algo distinto: moverse por toda España, asumir causas complejas, meterse en expedientes que otros no podían sostener no por falta de capacidad, sino por falta de tiempo.

"La UCO tiene una dedicación", explica. "Una unidad territorial tiene un cometido: los robos, los atracos, la violación. La UCO no tiene esa demarcación que le acote el tiempo de trabajo".

Al principio eran pocos. Muy pocos. Diez, doce, quince. No había departamentos tan definidos. No había especialistas para cada cosa. "Éramos todo para todo", dice. Venían de Información, del servicio fiscal, de Policía Judicial, de investigación criminal. Todos sabían algo. Todos aprendían todo.

Recuerda uno de los primeros viajes: Barcelona, el puerto, un contenedor de cocaína. No había AVE. Salían en coche. Dormían en hoteles o en residencias de comandancias. Trabajaban desde la mañana hasta que se hacía de noche. A veces más.

"No había horas", dice. "No teníamos horario definido".

El precio familiar

Los viajes podían durar 12 o 14 días. En casa quedaba su mujer. La madre de sus hijos. Ella trabajaba en una compañía de seguros cuando se conocieron, pero dejó de hacerlo al nacer el primero. Vivían fuera de Madrid. No había guarderías cerca. Alguien tenía que quedarse con el niño.

Ella se quedó.

Paris no lo cuenta con épica. Lo cuenta con una gratitud seca, repetida, casi pudorosa. "Yo he sido lo que soy, he acabado la universidad y he hecho lo que me ha gustado gracias a la madre de mis hijos, Gloria. Si no hubiese sido por eso, imposible".

La pregunta es qué precio pagó su familia.

Él no contesta en abstracto. No habla de sacrificio como consigna. Habla de una pérdida concreta.

"Ver crecer a mis hijos".

Ahora tiene cuatro nietas. Dice que está "muy colocado" con ellas. La frase le cambia la cara. Hay algo de revancha íntima en esa devoción de abuelo. Durante años, sus hijos crecieron en una casa donde el padre entraba tarde, salía temprano o directamente no estaba.

A veces podía pasar de lunes a viernes sin verlos. Se iba cuando dormían. Volvía cuando dormían.

No estuvo en muchos actos del colegio. No estuvo en muchas actividades. No los llevó tantas veces al judo ni a donde tocara. "Pocas, pocas, pocas", dice. "De todo ello se ha encargado mi mujer".

Sus hijos tardaron en saber que era guardia civil. Nunca vivieron en un cuartel. No lo veían de uniforme. Sabían que tenía horarios raros, que viajaba, que desaparecía. Poco más.

En aquellos años, además, había que tener cuidado. Era el tiempo de ETA. París trabajaba de paisano. Su mujer sabía que viajaba, pero no siempre sabía a qué. También aprendió a mirar debajo del coche.

Esa es una de las frases que permiten entender la vida doméstica de un agente de la UCO: una mujer mirando debajo del coche antes de subirse.

La UCO, para París, fue una forma de vida antes que un destino. Una unidad que exigía presencia, discreción, aguante y una renuncia que no siempre se veía desde fuera. "Mi mujer y yo llevamos 48 años casados y seis de novios", dice.

En la conversación aparece otra voz. Es Juan José Mateos, también guardia civil, autor de UCO, la historia desconocida. Él fue quien abrió la puerta al corazón de la Unidad.

Su libro funciona como una grieta en un mundo que suele resistirse a contar. Mateos interviene, completa, empuja, recuerda nombres y escenas.

No quiere que la UCO quede reducida a la corrupción política, aunque la corrupción política sea lo que ahora la devuelve a los titulares.

Francisco Paris y Juan José Mateos, Guardia Civil y autor del reciente libro publicado Uco, la historia desconocida.

Francisco Paris y Juan José Mateos, Guardia Civil y autor del reciente libro publicado "Uco, la historia desconocida".

"La UCO no es corrupción política, que también, pero en un 10%", dice.

Paris coincide. La unidad, sostiene, nació para investigar aquello que otros no podían investigar en tiempo, medios o complejidad. Homicidios que se enquistaron. Grandes tramas económicas. Narcotráfico. Crimen organizado. Fuentes humanas. Delitos que no caben en un parte simple.

Investigar al poder

Estos días, sin embargo, la UCO vuelve a ser noticia por los casos que rozan al poder.

Paris no niega la tensión. Dice que el momento es delicado. Pero introduce una idea que repetirá varias veces: a un investigador de la UCO le da igual el signo político del investigado.

"La UCO trabaja a quien le toca. Si es de este signo o de otro, a la Guardia Civil en general le da igual".

En su carrera vio la corrupción de cerca. Recuerda una de sus primeras grandes investigaciones económicas, en los años 90, vinculada al famoso 3% y a facturas falsas relacionadas, según su relato, con la familia Pujol. Aquella causa no llegó a juicio.

"No llegó a buen término", dice. Pero le permitió ver un mecanismo que después se repetiría muchas veces.

Empresas del sector de la construcción y del juego generaban facturas por servicios inexistentes. Con esas facturas sacaban dinero de la compañía como si hubieran pagado algo real. Pero ese servicio no existía.

Ese dinero, según Paris, servía para alimentar comisiones ilegales.

"El método de ocultar el dinero, de generar dinero opaco fiscalmente, es generar una factura falsa por un servicio que no existe", explica.

Lo dice sin énfasis, como quien describe una herramienta. La corrupción, para él, no es una palabra abstracta. Es una factura. Una sociedad. Un empresario. Un intermediario. Una comisión. Un papel que parece legal y esconde otra cosa.

También recuerda una investigación que aparece en el libro de Mateos y que le sirve para comparar, con cautela, el pasado con el presente. Investigaban a un industrial, un constructor íntimo amigo de Luis Roldán, entonces director general de la Guardia Civil.

Cuando llegaron a la Dirección General con el detenido, Roldán salió a recibirlos.

"¿Tiene usted detenido a fulanito?", recuerda París que le preguntó.

"Sí".

"¿Tienen pruebas contra él?".

"Sí, sí".

Paris dice que aquel hombre terminó pasando por los calabozos de la Dirección General. También recuerda otros episodios en los que algún director general se interesó por personas detenidas. No lo presenta siempre como presión.

A veces, dice, puede tratarse de alguien preocupado por un conocido o por el hijo de un amigo. "Eso es lo más normal del mundo", concede.

Pero traza una línea: una cosa es interesarse y otra influir.

"A mí, los mandos que he tenido jamás en mi vida, jamás, en 44 años, me han dicho: no investigues a este, no hagas esto", afirma.

"He tenido siempre libertad e iniciativa para hacer las investigaciones a mi buen entender, lo que yo sabía de Policía Judicial y con la directriz del juez".

Desde ahí mira lo que sucede ahora. Cree que el momento es delicado porque la UCO investiga varias causas relacionadas con el partido del Gobierno.

Pero insiste en que, dentro de la unidad, la lógica es otra. El investigador no trabaja para un ministro ni contra un partido. Trabaja para un juez.

"Yo no hago nada en una investigación si no me lo ordena el juez", dice. "Esa es la garantía del sistema penal procesal español".

Después vinieron otros mundos. La delincuencia organizada. Las bandas que viajaban por Europa para robar joyerías. Los atracadores. Las pistolas. Los seguimientos. Y, más tarde, las fuentes humanas.

Ahí Paris se detiene un poco más.

Una fuente puede ser un criminal que cuenta cosas de su propia organización. Puede servir para llegar a otros, para anticipar un alijo, para entender una red de armas, para entrar donde la investigación convencional no entra. Pero también puede contaminar al agente que lo escucha. Puede generar una cercanía peligrosa. Puede hacer que uno olvide quién usa a quién.

"Hay que tener la cabeza muy bien amueblada", dice.

El límite moral

¿Qué te salva de implicarte demasiado?

"Que tengas claro cuáles son tus principios".

La pregunta, en el fondo, es la misma que aparece cuando un investigador sabe que está tocando intereses sensibles. ¿Qué sostiene su independencia cuando alrededor hay poder, dinero, presiones o la posibilidad de torcer una investigación?

"Tu conciencia", responde París. "Tu conciencia nada más".

No lo dice como una frase solemne. Lo dice casi como una advertencia. Para él, el último límite no está en una norma escrita ni en una orden de servicio, sino en algo más íntimo y más frágil: los valores de quien investiga.

"Por eso hay casos de funcionarios de cuerpos policiales que se dejan corromper", añade. "Tu conciencia. Tus valores. No hay otra cosa. El límite es eso".

En ese punto menciona un caso reciente que le resulta especialmente próximo, el del capitán Yepes. No entra en detalles, pero sí en la herida que deja una sospecha así dentro de un cuerpo cerrado, donde la confianza no es una virtud abstracta sino una herramienta de trabajo.

"Ha estado trabajando codo con codo conmigo", dice.

Cuando se le pregunta qué supone para la UCO que alguien que conoce sus códigos pueda traicionar a la unidad, responde sin rodeos: "Una decepción terrible. Nadie se lo espera".

Y añade algo más inquietante: "Cuando pasan estas cosas no es de un día para otro. Eso va ya en la persona, y quizá el error es que no hayamos sabido detectar esa conducta antes de tiempo".

Hay una palabra que Paris repetía a sus subordinados: lealtad.

No la pronuncia como una palabra decorativa. Para él es una frontera. Lealtad al equipo, al procedimiento, al juez, al trabajo bien hecho. No lealtad entendida como corporativismo ni como obediencia ciega al poder.

Lealtad como condición mínima para sobrevivir en un grupo que pasa más horas junto que muchas familias.

"He pasado días y horas con mi gente, casi más que con mi mujer", dice. "Cuando estás todo el día en la calle con un equipo, o hay simbiosis o no va bien".

En estos días de ruido, Paris distingue entre atacar a una persona y atacar una investigación. Para él, cuando se intenta desacreditar a un agente o a un mando, el objetivo real no siempre es ese nombre propio.

"Cargarse la investigación. No buscan otra cosa".

Lo dice con mentalidad de instructor. Un procedimiento judicial es una cadena. Si un eslabón está mal hecho, la defensa lo va a buscar. Y tiene derecho a hacerlo. "Si el abogado del malo hace bien su trabajo, nosotros lo tenemos que hacer mejor", afirma.

No desprecia a los abogados defensores. Al contrario: los entiende como parte del sistema. Precisamente por eso insiste en que la UCO debe ser impecable.

Desde esa lógica relativiza también algunas sospechas políticas sobre ascensos y cambios de destino. El caso del coronel Rafael Yuste, cuya promoción a general generó lecturas políticas por el momento en que se produjo, le parece claro.

Paris sostiene que le tocaba ascender, que era número uno de su promoción y que acumulaba méritos suficientes. "Eso de que le han dado la famosa patada hacia arriba para quitarlo de en medio es falso".

Lo mismo piensa cuando se personaliza demasiado en un mando concreto. La UCO, dice, no depende de un solo hombre. Hay una estructura, un equipo, un método, controles internos, jefaturas técnicas y una dependencia judicial.

"Antonio es la cabeza visible", dice sobre Antonio Balas. "Lo que lidera es un equipo de trabajo espectacular".

Paris cree que los investigadores seguirán trabajando aunque afuera se dispare el ruido.

"A los investigadores no les afecta. Te lo garantizo". No lo dice porque piense que sean de piedra. Lo dice porque cree que entre el político y el guardia civil profesional hay una barrera. Una barrera hecha de juez, procedimiento, mando técnico y cultura de cuerpo.

"Cumplimiento del deber", dice.

La frase suena antigua. Él lo sabe. "Aunque suene muy... no sé", concede. Pero vuelve a ella porque no encuentra otra mejor.

Para Paris, la Guardia Civil se entiende desde ahí. Desde una idea de servicio que puede parecer de otro siglo y que, sin embargo, explica que un hombre deje a sus hijos en vacaciones cuando una patrulla aparece en Guadalajara.

Muchas vidas en una

Durante su tiempo en la UCO también tuvo que vivir otras vidas.

A veces trabajó con otra identidad. No una identidad nueva para siempre, sino una cobertura para una operación. "En vez de llamarme como me llamo, me llamo de otra manera".

Francisco Paris, durante sus primeros años de servicio en la Guardia Civil, donde comenzó una carrera de más de cuatro décadas.

Francisco Paris, durante sus primeros años de servicio en la Guardia Civil, donde comenzó una carrera de más de cuatro décadas. Cedida

A veces cambiaba el aspecto. "Con una peluca, por ejemplo". Si uno viera una foto suya de los años 80, dice, no lo reconocería "ni a lo blanco de los ojos".

Lo difícil no era ponerse una peluca. Lo difícil era saber dónde terminaba el personaje y dónde empezaba el guardia civil.

"Tienes que separar esa vinculación que haces de una actividad encubierta para obtener información en una investigación de tu vida de guardia civil".

Un día se es uno. Otro día se es otro. Un día se habla con un delincuente como si uno no perteneciera a la Guardia Civil. Al día siguiente se vuelve a la unidad. Ese tránsito, dice, no es fácil.

Entre los encuentros difíciles, Paris recuerda muchos. Narcotraficantes, delincuentes peligrosos, hombres capaces de matar sin demasiada ceremonia. Cuando se le pide un nombre, menciona a Ángel Suárez Flores, conocido como Casper.

"Ese tío era malísimo, malísimo. Muy malo y muy animal", dice.

También menciona al Sapo, Chris, a quien define de otro modo: no tan bruto, pero más peligroso. "Un tío muy inteligente". De Casper recuerda la violencia primaria. De El Sapo, la inteligencia del peligro. Son dos formas distintas de amenaza. Una se impone por brutalidad. La otra, por cálculo.

París conoció también a la mujer y a los hijos de Casper. Cuenta que tuvieron que rescatarla después de que él la amenazara. Ella vivía en Villalba y fue a denunciar.

París llevaba décadas cruzándose con aquel delincuente. La primera vez que la UCO lo detuvo fue en 1989 y él instruyó las diligencias.

"Era malo, era malo", repite.

No habla de miedo, pero la escena lo sugiere. Años después, en otro encuentro, Casper lo reconoció.

"Hombre, señor Paris, ¿usted sigue trabajando?", le dijo.

"Igual que tú", le respondió Paris. "¿Con qué estás aquí? ¿A hacer algún mal? Pues yo igual. Voy a ver si me lo cuentas".

La frase tiene humor, pero también una tensión seca. Un agente y un criminal que se conocen desde hace 30 años. Dos vidas paralelas, cada una del lado contrario de la línea. Uno intentando delinquir. El otro intentando que hable.

¿Sentís que viviste muchas vidas en una?

"Muchas, sí. Yo sí. Muchas".

Pesadillas de la UCO

La épica, sin embargo, dura poco. Porque cuando se le pregunta si mereció la pena, París responde que sí, que volvería otra vez. Pero enseguida cuenta algo que deja la frase en otro lugar.

"¿Sabes lo que ha cambiado mi vida desde que me jubilé? A partir de los cinco meses de jubilarme dejé de tener pesadillas".

Antes dormía mal. Muy mal. Soñaba con operaciones. Con dispositivos. Con escenas del trabajo. Con problemas que el día no había terminado de resolver.

Francisco Paris junto a su antiguo equipo de trabajo en la Guardia Civil.

Francisco Paris junto a su antiguo equipo de trabajo en la Guardia Civil. Cedida

"Me monto operaciones por las noches yo solo", dice. Durante un tiempo tuvo una libreta en la mesilla para apuntar los sueños, pero dejó de hacerlo.

"Algunas veces me asustaba".

Ahora duerme mejor. Puede dormir siete horas. Sigue soñando, pero los sueños ya no tienen la misma materia. Ya no son sólo Guardia Civil. Ya no son siempre UCO. Ya no son operaciones armadas por la cabeza en mitad de la madrugada.

Mateos escucha. Sabe de qué habla. Cuenta que en la Guardia Civil hay muchos divorcios. Que las familias pagan. Que los hijos pagan. Que ese trabajo se mete en la casa aunque uno intente dejarlo en la puerta.

Paris no se presenta como una víctima. No pide indulgencia. Tampoco reniega. Dice que nunca llegó a pensar seriamente en dejarlo para estar más con su familia.

Su mujer sí vio antes que él lo que se venía cuando entró en la UCO: viajes, ausencias, tres hijos, una vida doméstica sostenida casi entera por ella.

Hubo conflictos. Como en cualquier pareja, dice, hubo subidas, bajadas, valles, cuestas. Los superaron.

La pregunta, entonces, no es solo cómo se investiga en la UCO. La pregunta es qué tipo de vida exige esa investigación. Qué se entrega a cambio de una carrera así. Qué se pierde por el camino. Qué queda cuando se apagan las operaciones y llega la jubilación.

París tiene una respuesta sencilla para la clase de personalidad que hace falta: "Que te guste lo que haces".

Después agrega otras palabras. Voluntad. Lealtad. Capacidad de sacrificio. Principios. Una cabeza ordenada para no confundirse. Una distancia moral para tratar con criminales sin parecerse a ellos. Una disciplina suficiente para no saltarse la ley cuando la presión aprieta.

También admite que un investigador puede equivocarse. Puede obsesionarse con una hipótesis. Puede dejar de ver otras.

"El ser humano es falible", dice.

Recuerda el caso de Rocío Wanninkhof como el único error de ese tipo que vio en sus décadas de carrera. No lo esquiva. Dice que el sistema judicial falló y que ellos forman parte de ese sistema.

Quizá por eso Paris defiende tanto el procedimiento. Porque sabe que la intuición puede fallar, que el poder puede presionar, que una fuente puede mentir, que un agente puede equivocarse y que una investigación sólo se sostiene si cada paso está bien hecho.

Hoy mira a la UCO desde fuera. La unidad está otra vez bajo los focos. Se habla de presiones, de campañas, de nombres propios, de ascensos, de maniobras, de abogados que buscan grietas y de políticos que interpretan cada diligencia como un golpe.

Paris escucha todo eso y vuelve a una idea: el investigador debe seguir trabajando.

Sin épica. Sin ruido. Sin enamorarse de sí mismo.

Y sostener, incluso cuando todo alrededor se ensucia, una palabra que para él no admite demasiada literatura.

Lealtad.