Eduardo Vilar Sánchez lleva más de una década estudiando cómo lograr vencer el cáncer.

Eduardo Vilar Sánchez lleva más de una década estudiando cómo lograr vencer el cáncer. Cedida

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Eduardo Vilar, el genio español que está a cinco años de acabar con cuatro tipos de cáncer: "La vacuna es eficaz al 100%"

El oncólogo Eduardo Vilar lidera un equipo de investigación en Estados Unidos, en el que están estudiando cómo vencer el cáncer desde hace más de 10 años.

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Un pequeño libro llegó en un sobre hace dos semanas desde Guatemala a la casa del oncólogo Eduardo Vilar Sánchez (Madrid, 1978), en Estados Unidos. Leyó el nombre de su remitente y no tuvo ningún recuerdo asociado.

Después, abrió el paquete cuidadosamente y los recuerdos le devolvieron un peso que había olvidado. "Era un libro de fotos de Guatemala", dice con un tono de voz bajo.

Es extraño que Eduardo baje la voz. Está acostumbrado a dictar y sentenciar lo que se debe hacer con un diagnóstico y un final que no siempre es feliz. Pero la memoria suele poner debajo de la alfombra lo que duele.

Por ello, aprendió a no grabarse los nombres de sus pacientes, pero sí sus rostros. Además de las fotografías de paisajes de ese país, unas páginas más adelante había un rostro conocido de una mujer junto a una nota.

Esa mujer, que fue su paciente, murió hace dos meses por un cáncer de colon metastásico. Y quien escribió la carta era su esposo. Allí, él le agradeció por los esfuerzos para intentar salvarla y pese a no poder, sí logró que tuviera una mejor calidad de vida.

"Él amaba profundamente a su esposa. Eso me hizo recordarla con mucho cariño", comenta. Eduardo lleva más de dos décadas estudiando el cáncer. En ese proceso se acostumbró a ver morir a más personas de las que superan la enfermedad.

El cáncer está diseñado para acabar con el ser humano— dice Vilar. Y es que esa enfermedad puede atacar en sigilo durante años y que las personas se enteren al final.

También puede atacar de frente y que el paciente durante años intente vencer algo que le supera, que no entiende y tampoco ve, pero que siente y mata.

Vilar ha trabajado con la muerte sentada en su consultorio, sabiendo que posiblemente ese sea el desenlace de la mayoría de sus pacientes. "Cada persona que he atendido me enseña el valor de estar aquí, en el presente, y disfrutar al máximo de todo lo que tenemos y de las cosas sencillas", resalta.

No es la primera vez que perdió un paciente. También reconoce que no será la última. "Es una lucha en el sentido de superación. En la vida constantemente lo hacemos contra obstáculos y adversidades. Y no quiere decir que tengamos que ser exitosos, pero es parte de nuestra existencia", expresa.

Luchas heredadas

Los síntomas son muy variables para detectar el cáncer, dice Vilar. Puede llegar de múltiples formas: un lunar que no existía o un dolor repentino y frecuente, pero manejable.

A veces no se hace notar, lo que dificulta su diagnóstico. Y en algunos casos son heredados. "Es decir, el abuelo tuvo cáncer, su padre también y al hijo también lo diagnosticaron", comenta.

Cuando existe ese tipo de patrones se le llama síndrome de Lynch. Y el cáncer suele atacar en el colon, recto, endometrio y estómago. Por ello, a la par que atiende a pacientes, también los investiga.

"Los pacientes tienen una gran vocación para ayudar a las próximas generaciones. Ellos son conscientes de que esa enfermedad está en sus genes y sienten responsabilidad", asegura.

Debido a ello, desde hace 10 años lidera un equipo de investigadores del Centro de Estudios del Cáncer MD Anderson en Houston (Estados Unidos). Allí se está realizando una vacuna contra los cuatro tipos de cáncer heredados más frecuentes en colaboración con la compañía farmacéutica Nuscom, radicada en Suiza.

La vacuna NOS-209 podría estar en el mercado dentro de cinco años. Su función es "entrenar" al sistema inmunitario para identificar y destruir células premalignas antes de que se conviertan en tumores.

Vilar explica que no se utilizaron virus activos sino "constructores adenovirales", que son fragmentos de virus inofensivos. Esto también sería una de las claves para evitar los efectos adversos en las personas.

"Hace un tiempo invitamos a 45 participantes voluntarios sanos con síndrome de Lynch y recibieron la vacuna", dice orgulloso Vilar. Luego de la primera inyección, a las ocho semanas se aplica otra.

Los 45 pacientes, hasta el momento, han tenido una respuesta inmune efectiva en el 100 % de los casos. Eso, a Vilar, lo llena de orgullo porque, pese a que ha sido un camino de 10 años que empieza a dar frutos, sabe que está en una etapa casi final.

"Hemos logrado que la vacuna esté esponsorizada por el National Cancer Institute en Estados Unidos", asegura.

También explica que le restan dos fases. En total, para completar el proceso deben aplicar entre 1.200 a 1.400 dosis. Para ello se van a apoyar en una red internacional de al menos 30 centros de investigación.

"Puede que en los próximos cinco años ya esté para el público", dice. Su orgullo radica en que cuando se retire, quiere "dejar las cosas mejor que como las he encontrado".

Eduardo Vilar, en el laboratorio del Centro de Estudios del Cáncer MD Anderson en Houston.

Eduardo Vilar, en el laboratorio del Centro de Estudios del Cáncer MD Anderson en Houston. EVS LAB image

El tiempo, explica Vilar, se debe a que se necesita realizar seguimientos clínicos prolongados a los pacientes para comprobar la efectividad y evolución en las personas.

Eso representaría una esperanza para la población, ya que podría ayudar a frenar una enfermedad que, según la Organización Mundial de la Salud, causa más de 2 millones de muertes anuales en todo el mundo.

Vocación

Por la sangre de Eduardo también corre la historia de su familia. Su abuelo fue ginecólogo y realizó la primera consulta de fertilidad y de esterilidad en España. Su padre, de la misma profesión y especialidad, fue jefe de servicios en el Hospital Virgen de la Salud en Toledo.

Su madre fue matrona, por lo que Eduardo estuvo acostumbrado a ver pacientes y acompañar a sus padres en las consultas.

"El servicio es tradición en nuestra familia. Cuando había médicos residentes que eran de fuera de la ciudad o estaban de guardia, los invitábamos a cenar los 24 de diciembre", recuerda el oncólogo.

Para él la medicina no fue una elección. Tampoco una tradición. Simplemente encajaba con sus ganas de aprender y de ayudar a las personas. "Siempre supe que quería dedicar mi vida a entender el laboratorio y con ello lograr avances para la medicina", asegura.

Ese camino lo llevó a Estados Unidos, donde realizó una estancia postdoctoral de investigación en la Universidad de Michigan entre 2007 y 2009. Después se ganó una beca, en la misma universidad, para realizar un estudio clínico de hemato-oncología.

Allí volvió a enfrentarse en cientos de casos a ese gigante casi imposible de vencer. Vilar no le teme. Su diagnóstico ha sido una sentencia para la mayoría de las personas, pero busca luchar contra ello en sus investigaciones.

En los ojos de sus pacientes ha visto la euforia de quienes casi lo logran, la aceptación de la pérdida de la lucha, el dolor, la alegría de quien sí venció el cáncer y el amor en los finales.

Porque en esos finales no todo acaba. En los últimos momentos de los pacientes, Eduardo ha notado en los ojos de quien va a morir la gratitud por haberlo intentado. Él bien lo define con su frase "no siempre se tiene éxito", aunque ello lleve implícito la pérdida de una vida en la que nadie es responsable.

—Disculpa, acabo de aterrizar en Estados Unidos. Estaba en Italia, realizando una investigación. Quizás no puedo responderte ahora— dice Eduardo.

Vilar regresará al hospital en unos días, con la esperanza de no trabajar con la muerte sentada en su consultorio. Espera que sus diagnósticos no sean una sentencia. Y que, quienes padecen de cáncer, al menos tengan una alternativa a la cual aferrarse.

Entre tanto, en su hogar los recuerdos que pesan ya no se guardan debajo de la alfombra, sin importar que duelan. Ahora, ese libro del que no recordaba a su remitente -pero abrió nuevamente una herida- reposa en la biblioteca, al lado de los textos de medicina de su padre y su abuelo.