Tras el intento fallido de robo, la campana de Naval fue restaurada y devuelta a su lugar el pasado viernes.

Tras el intento fallido de robo, la campana de Naval fue restaurada y devuelta a su lugar el pasado viernes. Cedida

Reportajes

Del campanario a la báscula del chatarrero: el negocio 'cutre' de las mafias del bronce está dejando a España sin campanas

Santuarios aislados, golpes planificados, rutas discretas y una puerta a una chatarrería que convierte viejas campanas y cruces funerarias en pedazos de metal sin biografía.

Más información: La mafia del 'oro transparente': así se vende en China la angula del Cantábrico que pescan los furtivos, un negocio de 3.000 M.

Naval (Huesca)
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Una campana no se roba con el desenfado y la improvisación de un ladrón de bicicletas. Ni cabe en el bolsillo, ni se despacha en un callejón con dos billetes arrugados. Y además, pesa más que un buey.

"La que intentaron llevarse en nuestro pueblo a principios de septiembre pasa de los seiscientos kilos", dice el alcalde de Naval (Huesca), Jesús Bellostas. "Y el cabezal debe pesar otros seiscientos más".

En teoría, los ladrones de Naval deberían haber contado con herramientas apropiadas; con manos suficientes para gobernar el peso y, sobre todo, con una forma de domesticar el contrapeso en ese momento crítico en que el bronce deja de estar sujeto y la fuerza de la gravedad se hace con las riendas.

Tratando de desmontarla, los ladrones dañaron tanto la campana como el contrapeso y el soporte de la campana de Naval.

Tratando de desmontarla, los ladrones dañaron tanto la campana como el contrapeso y el soporte de la campana de Naval. Cedida

Precisaron, asimismo, un camino por el que extraerla; un vehículo de robustas amortiguaciones y una gran tracción para soportar y mover la carga; un lugar donde esconderla y una forma de hacerla desaparecer. Requerían, en suma, un buen plan que los delincuentes en este caso no tenían.

Golpe frustrado en Naval

Naval es una pequeña población del Somontano de Barbastro incrustada ligeramente al sur de las sierras exteriores pirenaicas, sobre el barranco del Guibano y cerca del pantano de El Grado.

Es conocido en la comarca por sus salinas –un paisaje de eras blancas y pozas donde el agua tiene la densidad del mar– y por una tradición alfarera que aún forma parte de su identidad.

No es la clase de pueblito a donde acudan en avalancha los turistas. Nadie va allí atraído por la promesa de lo pintoresco, a pesar de que su belleza resida justamente en su absoluta falta de impostura y el respeto devoto con el que han sabido preservar la pátina del tiempo.

Desmontar la campana dañada de Naval y volver a montarla tras restaurarla después del robo frustrado obligó a organizar una aparatosa operación, debido a que la pieza se halla en lo alto de un cerro solo accesible por una pista de tierra en mal estado.

Desmontar la campana dañada de Naval y volver a montarla tras restaurarla después del robo frustrado obligó a organizar una aparatosa operación, debido a que la pieza se halla en lo alto de un cerro solo accesible por una pista de tierra en mal estado. Cedida

Naval está fuera de la carretera general, en la margen de los itinerarios que recomiendan las guías de turismo. Una pequeña pista de dos kilómetros conecta la comarcal con el lugar cuya campana trataron de despistar. Nadie llega por accidente a la Virgen de los Dolores, un santuario muy amado por los del pueblo cuyos orígenes se fijan en el siglo XVIII.

El asunto viene a cuento porque los delincuentes debieron de creer que el aislamiento de la ermita facilitaría su trabajo. Tendrían que haber considerado también que, en los últimos tramos del camino que asciende hasta la loma, el asfalto desaparece y queda sólo un firme, nada firme, de tierra y grava jalonada de roderas, baches y piedras sueltas.

Al final resultó que fueron incapaces de robarla pese a todas las facilidades. "Creemos que lo intentaron el día 1 o 2 de septiembre", asegura el alcalde. "A mí me avisaron a las siete de la tarde del día 5 y me acerqué enseguida. Fui acompañado por seguridad de otro vecino por si se daba el caso de que aún estaban por allí buscando la manera de sacarla".

Como no han arrestado todavía a los autores del frustrado robo, todo son conjeturas. "Trataron de separar la campana de su soporte cortando los amarres con una sierra radial", afirma Bellostas. "Tuvieron suerte de que no lo consiguieron porque el contrapeso les hubiera caído encima y hubieran terminado muertos o, como poco, heridos".

Tras el intento fallido de robo, la campana de Naval fue restaurada y devuelta a su lugar el pasado viernes.

Tras el intento fallido de robo, la campana de Naval fue restaurada y devuelta a su lugar el pasado viernes. Cedida

¿Qué es lo que impidió que desprendieran la campana? El artesano que la ha restaurado, propietario de Talleres Mozás de Barbastro, cree que es posible que el esmeril –el material abrasivo que se usa para practicar los cortes– se les volviera en contra.

El bronce no se comporta como el hierro cuando lo muerde una radial. Al cortar, el material se calienta y se "empasta"; las limaduras se adhieren al disco, lo saturan, lo vuelven torpe, hasta dejarlo inútil. Quizá se quedaron sin abrasivo antes de tiempo o acaso se les agotó la batería.

Bellostas dice que, además de atacar los amarres, hicieron una pequeña mella en una esquina de la campana, como quien toma medidas sobre la marcha para decidir dónde conviene herirla: un tanteo del grosor, una cata del metal.

Si el plan era que la campana, ya debilitada, se partiera al caer para poder trocearla con rapidez, lo que les impidió lograrlo pudo ser la resistencia física del bronce.

"Nos preguntamos también todos cómo pretendían sacarla del santuario", dice el primer edil. "Nosotros hemos tenido mil problemas para descabalgarla del soporte y transportarla hasta Barbastro a pesar de que no teníamos que escondernos y podíamos trabajar a plena luz del día".

Lo que sí resulta obvio es que a los delincuentes no les interesaba la campana. "Estuvieron a punto de morir aplastados para venderla a peso", apostilla Bellostas. "A juzgar por lo que hemos visto no parecen muy profesionales".

La campana de Naval tuvo que ser restaurada en un taller de Barbastro.

La campana de Naval tuvo que ser restaurada en un taller de Barbastro. Cedida

No existe una "cotización oficial" única del bronce como la del oro: el precio depende del tipo de aleación, la pureza y de la zona y el comprador. Aun así, las referencias públicas de 2025 sitúan su precio por encima de los tres euros por kilo en tasaciones orientativas.

Del santuario al chatarrero

Materiales muy próximos como el latón se movían en el entorno de los cinco euros por kilo en periodos cercanos, lo que ayuda a entender por qué un robo de "metal al peso" puede resultar tentador, aunque sea un cálculo mezquino si se piensa en los siglos que caben en una campana y en lo que queda de ella cuando el bronce se funde para volverlo anónimo.

Un agregador español de precios de chatarra ofrecía la semana pasada cinco euros por kilo, lo que permitiría estimar el valor de la campana de Naval en una horquilla de entre 1.800 y 3.000 euros.

Según Bellostas, los del pueblo han reaccionado con indignación a lo sucedido. No se trata sólo del daño material –la mella, los amarres forzados, la idea de profanación de un espacio sagrado–, sino del ataque a una costumbre que es parte indisoluble de su identidad.

Durante la Cuaresma, muchos suben al santuario cada uno de los siete viernes que preceden a la Semana Santa, como una especie de novena extendida en la que se oficia misa y la ermita vuelve a llenarse de vecinos y de devotos, no sólo de Naval, sino de todas las localidades de los aledaños.

La campana, una pieza fechada en 1868, acompaña ese rito de un modo casi doméstico: no está escondida, está a la vista y al alcance de todos, montada en un lateral sobre mástiles, y "rara es la persona que no la toca" cuando sube, porque hacerla sonar con el badajo tiene algo de afirmación comunitaria.

Estado actual de la campana de Naval, tras el intento fallido de robo y su restauración.

Estado actual de la campana de Naval, tras el intento fallido de robo y su restauración. Cedida

Por eso, tras el intento de robo, el pueblo no se ha limitado a repararla. Han organizado un acto social para restituirle la dignidad que ellos le otorgan. A pesar de los problemas de transporte –las grúas grandes no entran hasta la ermita y solo cabe un camión pluma–, lograron reinstalarla el pasado día 9.

Y el viernes 13 de este mes, en la antesala de Cuaresma, volvieron a reunirse en el santuario –el sacerdote don Eduardo, el alcalde y varias docenas de residentes– para tañirla nuevamente y que su sonido reverbere por el monte.

De arte a chatarra

Aunque el intento frustrado de robo de Naval parezca obra de manos torpes –más cercanas a la chapuza que a la ingeniería–, lo cierto es que desde hace años se multiplican los robos de campanas en España y el fenómeno, visto en conjunto, ya no encaja con la figura romántica del "ladrón de ermitas".

Si han fallado justamente en Huesca es porque no eran profesionales. O si se quiere de otro modo, las campanas españolas no están desapareciendo por capricho sino porque existen redes criminales capaces de convertir una valiosa pieza artística con nombre, fecha y un aura de devoción en unos cientos de kilos de metal sin biografía.

En el verano de 2017, una ola de robos en parroquias rurales de Burgos y Palencia llegó a sumar unas 20 campanas en pocas semanas; la prensa habló entonces de una "banda" que actuaba con método, saltando de torre en torre como quien recorre un mapa de oportunidades.

A partir de ese momento, los robos de campanas dejaron de ser excepcionales. En mayo de 2019, desaparecieron dos en Hozabejas-Rucandio (Burgos) y en junio de 2021, otra más fue arrancada de madrugada en La Cañada del Fenollar (Alicante).

Y la lista prosigue: otra en Gondomar (Pontevedra) en el verano de ese mismo año; dos en Almensilla (Sevilla) y una en Ontinyent (València), en 2023; la de Cebolla (Toledo), datada en 1806, fue robada la noche del 7 de diciembre de 2023; dos campanas del siglo XVIII sustraídas en Jerez a finales de febrero de 2025; una más en Eibar (Gipuzkoa) ya entrado 2025.

Y como remate más reciente, hubo un robo en La Seca (Valladolid) durante la semana del 7 de febrero de este año. Aunque algunas campanas han sido felizmente recuperadas, hay registrados cerca de 40 robos en menos de una década. Nada impide por lo tanto que se hable de "fenómeno".

La pregunta de los cien millones es cómo se roba una pieza de mil kilos sin que nadie se entere. Atendiendo a lo sucedido en Zuia (Álava), en el Santuario de Nuestra Señora del Oro, o a la frustrada tentativa de Naval, la respuesta es muy obvia: sirviéndose de grúas y poleas o sistemas de izado, además de un equipo de personas con medios auxiliares.

Ese matiz –grúa, polea, coordinación– es clave porque desplaza el foco. El robo pesado no se parece a la rapiña; se parece a un desmontaje industrial. No ocurre "en un minuto"; ocurre en una ventana de tiempo calculada, con un equipo de "artesanos delincuentes" que, a diferencia de los diletantes de Naval, sabe qué piezas soltar primero y qué riesgos evitar después.

Una campana sin biografía

Y aun así, lo más difícil no es bajarla. Una campana de dos toneladas no se vende entera con facilidad, porque es reconocible y deja rastro. La salida es convertirla en algo que ya no sea una campana.

En Jerez, por ejemplo, dos campanas del siglo XVIII fueron robadas a finales de febrero del pasado año de un templo en obras; habían quedado a la vista tras el derribo de una pared.

No se evaporaron: aparecieron el 5 de abril en una chatarrería/centro de reciclaje, durante una inspección rutinaria del Equipo ROCA. Hubo un detenido por robo y otro investigado por receptación: la historia no terminaba en la iglesia, sino en la puerta trasera de un negocio del metal.

Y en Cebolla, tras el robo de la campana de 1806, la Guardia Civil detuvo a varios implicados. Aunque no pudo recuperarse y todo apunta a que pudo ser fundida, sabemos, sin embargo, que fue ofrecida a una chatarrería de Talavera de la Reina.

En los sumarios y en las notas policiales hay una palabra que se repite a modo de coartada: receptación. Es el delito bisagra, el punto en el que el robo deja de ser una escena rural –una ermita sin vigilancia, un campanario abierto, un yugo forzado– y entra en un mundo algo más sórdido donde todo se justifica con papeles, básculas y un oportuno "yo no sabía nada".

Hasta donde sabemos, no hay actualmente una superestructura –una organización única, con mando y franquicias– que opere de punta a punta del país a la manera de la "banda de las campanas" que en el verano de 2017 fue señalada tras la oleada de robos en parroquias rurales de Burgos y Palencia antes mencionada.

Lo que se adivina ahora es un modelo que se replica, cuadrillas distintas que aprenden el mismo oficio y se apoyan, cuando hace falta, en los mismos eslabones finales –intermediarios, chatarra, fundición. Los robos de Zuia, Cádiz y Toledo no fueron efectuados por los mismos delincuentes, pero comparten la misma arquitectura del delito.

Robar campanas es tendencia

¿Y a qué viene esta moda? Robar campanas es tendencia porque el precio del metal se ha encarecido y se ha vuelto más líquido: se compra, se corta, se mezcla y se revende con una facilidad que vuelve rentable lo que antes parecía demasiado aparatoso.

Por otro lado, España tiene miles de iglesias, ermitas y santuarios dispersos, muchos en entornos aislados donde la vigilancia es escasa o inexistente. El patrimonio campanero es, por definición, difícil de custodiar: está alto, está lejos, y suele pertenecer a comunidades pequeñas.

Ya en 2019, cuando Cultura inició el expediente para proteger el toque manual de campanas como patrimonio inmaterial, el BOE dejaba entrever que no se trataba sólo de preservar la tradición, también había una amenaza criminal contemporánea a la que convenía estar atentos.

En resumen: no es sólo codicia, es oportunidad estructural. Metal caro, control desigual, patrimonio diseminado, y un punto ciego –la conversión en chatarra– donde el objeto pierde su nombre.

Por otro lado, el robo de campanas tiene un gemelo terrestre: el saqueo de bronce funerario. Si en las torres el objetivo es una sola pieza enorme, en los cementerios el negocio se hace a base de muchas piezas pequeñas: crucifijos, placas, bustos, figuras.

Campanas arriba, cruces abajo

El mismo principio –metal caro, poca vigilancia, trazabilidad mínima– se aplica aquí con una ventaja añadida para el ladrón: el expolio no siempre se detecta al día siguiente. A veces pasan semanas, hasta que alguien vuelve a la tumba.

Las operaciones policiales lo han descrito con una claridad contable. En diciembre de 2020, la Guardia Civil cerró en Toledo la llamada Operación Crucix: robos en 21 cementerios y al menos 861 cruces sustraídas, además de ornamentos y figuras, con un valor estimado de cientos de miles de euros.

Años después, el patrón reapareció con otra etiqueta, Operación Pasmulo, también en la provincia de Toledo: un grupo dedicado a robar crucifijos de bronce en una veintena larga de localidades, con receptadores encargados de trocear el material para su fundición.

Y esta especie de epidemia de los cementerios no está restringida ni en el espacio ni en el tiempo. En Madrid, el 20 de agosto de 2025, un control de tráfico terminó con el hallazgo de 32 crucifijos de bronce en el coche de un hombre y su hijo menor, junto con herramientas; la investigación posterior vinculaba a ambos a sustracciones en varios camposantos.

Visto en paralelo, el mapa encaja: campanas arriba, cruces abajo. Y de trasfondo, el mismo impulso de convertir memoria en materia prima. Sólo cambia la unidad de negocio: en la torre, es un golpe; en el camposanto, una cosecha.