Foto subida a X por el presidente de Renfe del estado en el que ha quedado el Alvia tras el accidente.

Foto subida a X por el presidente de Renfe del estado en el que ha quedado el Alvia tras el accidente. Presidente de Renfe

Reportajes tragedia ferroviaria

En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos"

El descarrilamiento de un tren de Iryo y su colisión con un Alvia de Renfe deja al menos 39 fallecidos y decenas de heridos en un tramo recién renovado; mientras la investigación arranca, un pueblo entero sostiene la tragedia.

Más información: Al menos 39 muertos y decenas de heridos al descarrilar un tren de Iryo y chocar con un Alvia de Renfe cerca de Córdoba

Adamuz (Córdoba)
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En Adamuz hace frío. Un frío seco, serrano. Son ya más de las cuatro de la madrugada y el pueblo no duerme.

Las luces azules de las ambulancias y los vehículos de la Guardia Civil se reflejan en las fachadas bajas. No hay sirenas constantes, pero sí un ir y venir contenido, como si el ruido pudiera estropear algo irreparable.

Horas antes, a las 19:39 del domingo, un tren de alta velocidad de Iryo que cubría la ruta Málaga-Madrid descarriló a la altura de Adamuz e invadió la vía contigua, por la que circulaba un Alvia de Renfe (Madrid-Huelva): el choque partió la noche y dejó centenares de víctimas.

Rescate de muertos y heridos en el accidente de tren de Adamuz

A varios kilómetros del casco urbano del pueblo cordobés, en un punto de difícil acceso entre viaductos y túneles de la sierra Morena, continúa el trabajo en la zona cero. En este oscuro lugar, con la madrugada ya bien entrada, no se busca a nadie con vida. Sólo cuerpos.

"Ahora mismo lo que hay son comitivas judiciales para los levantamientos de cadáveres", explica a EL ESPAÑOL un agente de Policía Local de un municipio cercano, con la voz rota. "Nunca hemos visto algo así".

El accidente llegó sin aviso. A última hora de la tarde del domingo, cuando hay menos efectivos en la calle y el fin de semana empieza a apagarse, el sistema entero tuvo que reaccionar de golpe. Adamuz, con apenas 4.000 habitantes, se volcó como pudo. Y los pueblos cercanos también. "Nadie estaba preparado para esto", sostienen.

"Es una catástrofe", resume el policía local, todavía con restos de polvo en la ropa. "Para sacar a gente semiinconsciente que sabemos que está viva algunos estamos teniendo que empujar los restos de personas muertas". Hace una pausa. "Eso no se olvida".

Silencio y gritos

Las palabras pesan más de noche. No hay cámaras delante. No hay declaración oficial. Solo el cansancio acumulado y la imagen repetida de vagones retorcidos, hierros cortantes, asientos arrancados de cuajo.

"Había cuerpos seccionados. Literalmente. Te los encontrabas al caminar porque ya no hay nada de luz en el sitio", añade otro interviniente, que pide no dar su nombre. "Lo primero fue el silencio. Luego los gritos".

Interior del polideportivo de Adamuz, en Córdoba, al que fueron trasladados los heridos leves en el accidente de trenes.

Interior del polideportivo de Adamuz, en Córdoba, al que fueron trasladados los heridos leves en el accidente de trenes. EFE/ Salas.

Los equipos de emergencia llegaron a un escenario partido en dos. En una zona, el tren de Iryo: relativamente alineado sobre la vía, salvo los últimos tres vagones —el seis, el siete y el ocho—, completamente volcados y destrozados tras el descarrilamiento.

A casi un kilómetro de distancia, en la oscuridad más profunda, el Alvia de Renfe: peor parado, caído por un talud de varios metros, con los dos primeros coches convertidos en un amasijo de hierro.

"Ese es el tren que se ha llevado la peor parte", explican diferentes fuentes del dispositivo de emergencia sobre el terreno. "Y es donde se han concentrado casi todas las víctimas mortales".

Allí siguen trabajando los equipos forenses. Solo allí. Y la búsqueda ya no es de supervivientes.

En la imagen, el estado de los dos primeros vagones del tren Alvia después de haber colisionado con el Iryo.

En la imagen, el estado de los dos primeros vagones del tren Alvia después de haber colisionado con el Iryo. E.E.

La secuencia

El reloj marca las 19:39 horas del domingo cuando todo se rompe. El tren de la compañía Iryo, que había salido de Málaga a las 18:40 con destino Madrid, circula en línea recta por el término municipal de Adamuz.

A bordo viajan alrededor de 300 personas. En ese punto, por causas que aún se desconocen, los últimos tres vagones descarrilan en el cambio de aguja de entrada a la vía. Los coches salen del carril, se cruzan e invaden la vía contigua.

Por ella circula, en sentido contrario, un Alvia de Renfe que cubre la ruta Madrid-Huelva. Avanza a unos 200 kilómetros por hora. No hay margen. El impacto es frontal, brutal.

Los dos primeros vagones del Alvia salen despedidos y caen por un terraplén de entre cuatro y seis metros de altura. Dentro de esos dos coches viajaban 53 personas.

Pasajeros del Iryo salen del tren tras el accidente en Adamuz.

Pasajeros del Iryo salen del tren tras el accidente en Adamuz. E. E.

Uno de los fallecidos es el maquinista del tren de Renfe, de 27 años, que recibió el golpe directo. Otros pasajeros quedaron atrapados entre hierros durante horas. Algunos salieron por su propio pie. Otros no salieron nunca.

Un tramo "nuevo"

El ministro de Transportes, Óscar Puente, compareció pasada la medianoche desde la estación de Atocha, donde siguió la evolución del accidente desde el centro de emergencias de Renfe. Utilizó una expresión que se ha repetido desde entonces: "tremendamente extraño".

La vía, explicó, había sido renovada en mayo, con una inversión cercana a los 700 millones de euros. El tren de Iryo tenía menos de cuatro años de antigüedad. El accidente ocurrió en un tramo recto. "Todos los expertos que hemos consultado están extrañados", insistió.

La investigación apenas ha comenzado. Se ha anunciado la creación de una comisión independiente, como marca la ley. No hay hipótesis oficiales. Sólo preguntas.

Óscar Puente durante su comparecencia ante los medios.

Óscar Puente durante su comparecencia ante los medios. Fuente: TV

Fuentes ferroviarias apuntan a un posible fallo en el cambio de aguja, pero nadie lo confirma. Nadie quiere adelantar conclusiones en una noche trágica.

Los heridos y la red sanitaria

La respuesta sanitaria fue masiva. Córdoba activó todos sus hospitales, públicos y privados. Se abrieron quirófanos. Se redistribuyó sangre desde centros de transfusión de Andalucía. Se preavisó a hospitales de Jaén, Andújar y Sevilla por si había que derivar pacientes.

En total —y siempre al cierre de esta crónica, a primera hora de la mañana— al menos 73 personas han resultado heridas. Quince de ellas, muy graves. Treinta, graves. Más de 170, leves, atendidas en el hospital de campaña y el polideportivo de Adamuz.

"Cortes, magulladuras, contusiones, fracturas abiertas", enumera Paco Carmona, jefe de Bomberos del Consorcio de Córdoba. "Los vagones están retorcidos, hay amasijos de hierro, sillones por todas partes".

Una ambulancia traslada a un herido tras el accidente con víctimas mortales entre un tren de Iryo y otro de Renfe en Adamuz.

Una ambulancia traslada a un herido tras el accidente con víctimas mortales entre un tren de Iryo y otro de Renfe en Adamuz. Reuters

El polideportivo municipal funciona como un pulmón improvisado. Allí han llegado los heridos leves, los pasajeros ilesos, los que caminaban sin saber muy bien hacia dónde.

Mantas térmicas, botellas de agua, voluntarios de Cruz Roja, vecinos que entran y salen sin hacerse notar. En el ambulatorio, más pequeño, la actividad no se detiene. Nadie pregunta demasiado. Todo el mundo sabe por qué está allí.

La Unidad Militar de Emergencias desplazó efectivos desde Morón de la Frontera. Dieciséis forenses, psicólogos, trabajadores sociales. El protocolo de grandes catástrofes se activó por completo.

Voces desde dentro

"Parecía un terremoto", cuenta Salvador Jiménez, periodista de RNE, que viajaba en el tren de Iryo. "Primero fueron vibraciones muy fuertes, luego golpes secos, uno detrás de otro. Las maletas empezaron a caer de los portaequipajes y durante unos segundos nadie entendía nada".

Después llegó el silencio. "Un silencio raro, pesado. Pensamos que había sido solo un descarrilamiento, hasta que salimos". Jiménez recuerda cómo algunos pasajeros activaron los martillos de emergencia para romper las ventanas.

"Había gente sangrando, otros atrapados entre los asientos. Nadie daba órdenes, pero todo el mundo ayudaba como podía. Se formaron pequeñas cadenas humanas para sacar a los heridos".

Afuera, la noche era cerrada. "No se veía nada. Solo se escuchaban lamentos y teléfonos intentando coger cobertura".

María San José, de 33 años, viajaba en el vagón seis, uno de los que descarrilaron. "Salí despedida y abrí la puerta con la cabeza", relata horas después, aún envuelta en una manta térmica.

"No sabía si estaba herida de verdad o si era el shock. Sigo temblando". Recuerda gritos, cristales rotos, gente llamando a familiares sin saber qué decir. "Había personas preguntando por hijos, por padres. Nadie tenía respuestas".

Un miembro del equipo de emergencia habla con los pasajeros de un vagón del tren, después de que el tren de alta velocidad descarrilara y chocara contra otro tren que venía en sentido contrario.

Un miembro del equipo de emergencia habla con los pasajeros de un vagón del tren, después de que el tren de alta velocidad descarrilara y chocara contra otro tren que venía en sentido contrario. E. E.

En los vídeos difundidos en redes sociales se escucha la voz de trabajadores de la compañía pidiendo calma. "Si alguien tiene conocimientos sanitarios, que avise", repiten.

También solicitan linternas, teléfonos, cualquier cosa que sirva para alumbrar el interior de los vagones volcados.

No hubo carreras ni escenas de pánico descontrolado. Hubo miedo, sí, pero un miedo contenido, casi disciplinado, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza la gravedad de lo ocurrido.

"Lo peor fue no saber", explica otro pasajero. "No sabíamos si el otro tren estaba bien, si había más vagones afectados, si venía ayuda. Solo sabíamos que algo muy grave había pasado".

A esa hora nadie conocía el alcance real de la tragedia. No había cifras oficiales, no había listas, no había confirmaciones. Solo la certeza, compartida en susurros, de que el golpe no había podido salir gratis

Un pueblo que sostiene

Adamuz ha improvisado una ciudad dentro de sí misma. Autobuses para trasladar a los ilesos. Vecinos que llevan mantas y agua. Concejalas que coordinan sin levantar la voz.

La caseta municipal convertida en hospital de campaña. La alcaldía abierta toda la noche. "Esto nos ha pasado por encima", reconoce un vecino. "Pero no podíamos mirar para otro lado".

En la estación de Huelva, en Córdoba, en Atocha, familiares esperan noticias. Algunos no consiguen contactar con los suyos. Dan DNIs, nombres, números de teléfono. La angustia se reparte a cientos de kilómetros.

El Gobierno cancela agendas. La Casa Real expresa su pésame. Los mensajes institucionales llegan uno detrás de otro. Pero aquí, en el frío de la madrugada, todo eso queda lejos.

Un agente de la Guardia Civil de Tráfico controla el acceso al lugar del accidente cuando ya pasan las cuatro de la mañana del lunes.

Un agente de la Guardia Civil de Tráfico controla el acceso al lugar del accidente cuando ya pasan las cuatro de la mañana del lunes. Julio César R. A.

La noche más larga

Pasadas las cinco de la mañana, los vehículos de emergencia siguen entrando y saliendo de la zona cero. Ya no hay prisas. Hay método. Hay silencio. El trabajo ahora es otro.

"Es la noche más dura que he vivido en servicio", admite un guardia civil de la agrupación de Tráfico. "Y llevo aquí más de 30 años".

El accidente de Adamuz ya forma parte de la historia negra del ferrocarril español. Pero aquí, todavía, es presente. Permanecen las luces azules, el barro en las botas y el olor a metal.

Y mientras amanece lentamente sobre la sierra, Adamuz sigue despierto. Hay noches que no se acaban por mucho que salga el sol.