La postal, por inverosímil, es fantasmagórica: las aceras de la Gran Vía, repletas hace siete meses, ofrecen espacio para el paseo de nacionales; los bares, acostumbrados a las reservas, acogen a cualquiera al instante más rápido que el McDonald; y el ruido, sostenido no hace tanto, cae entre un silencio estremecedor. El centro de Madrid, sin turistas, languidece. Abre la boca como señal de hambre porque, en efecto, la tiene. Los hoteles ya no reciben a nadie y los teatros apenas si mantienen las luces como símbolo de lo que fueron. Ni siquiera las tiendas de souvenirs hacen caja. “Ganamos 15, 20 euros al día… Es dramático”, se quejan, unas y otras, adjetivando, cada una a su manera, la caída, pero ofreciendo la misma cifra de miseria.

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La pandemia ha afectado a todos, pero, en especial, al turismo. Madrid, en el mes de junio, apenas si recibió 20.000 turistas internacionales (un 97% menos que en el mismo periodo de 2019) y en julio, aunque mejoró, no consiguió compensar el batacazo: a la capital llegaron 76.239 ‘guiris’ (un 87,8% menos que el año anterior), según la encuesta de movimientos turísticos en frontera (Frontur) publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) –de ahí que desde el ayuntamiento vayan a inyectar 17 millones a este sector para que aguante–.

Esos datos –y las previsiones otoñales pesimistas que se auguran– se han cebado, particularmente, con las tiendas de souvenirs. “Estamos muy mal, no viene nadie, no vendemos nada”, reconocen. ¿Y es verdad? Para comprobarlo, en EL ESPAÑOL hemos calcado, con cámara y bolígrafo, el recorrido que, al año, millones de turistas hacen en Madrid: Plaza España, Callao, Sol y Plaza Mayor. En total, hemos visitado 10 tiendas. Pues bien, no hemos contado ni el mismo número de compradores.

Las tiendas de souvenirs de Madrid sobreviven a duras penas. Beatriz Donlo EL ESPAÑOL

Ruta por el centro

En Plaza España, a las 13:00 horas, entre el ruido de las obras y el bochorno nublado de los últimos coletazos del verano, apenas si se dejan ver turistas. Ni rubios altos con los ojos azules; ni árabes vestidos con la camiseta del Madrid; ni japoneses con cámaras de fotos. Las aceras las ocupan los madrileños –la mayoría, con bolsas de tiendas de ropa–. Y ninguno, obviamente, interesado en volver a casa con imanes de toros, llaveros de sevillanas o camisetas de ‘I love Madrid’.

“No se vende nada”, lamenta Karen, empleada de la primera tienda de souvernirs de Gran Vía. “Ahora, solo limpiamos y… ya está”, prosigue, pesimista, tras un verano “terrible”. Con la suerte de que, al menos, ellos, en su establecimiento, venden también helados. Eso es lo que, a día de hoy, los mantiene, pero a medio gas. Primera tienda y apenas si, el tiempo que dura la entrevista, entra un ‘turista’ a comprar.

Karen se pasa el día limpiando, pero sin atender a turistas. Beatriz Donlo EL ESPAÑOL

A 500 metros de distancia, llegando a Callao, el dueño de souvernirs Madrid se niega a dar su nombre, pero sí ofrece cifras: “Vendemos un 90% menos”. Él, hace siete meses, acudía a su tienda a las 09:00 horas. Sabía que, desde bien temprano, progresivamente, le iban a ir ‘cayendo’ turistas para comprar regalos. Ahora, en septiembre, en temporada alta –a la capital llegan más turistas en otoño que en verano– sube la persiana a las 13:00 horas y apenas si la mantiene cuatro horas abierta. “Estamos fatal”, se queja.

Plaza Mayor

Pero en Gran vía, con todos sus problemas, ven llegar más compradores que en la Plaza Mayor. “Lo nuestro es...”, empieza Natán su relato a este periódico. Su tienda, en la calle la Sal, justo antes de acceder a la plaza, apenas si ve pasar turistas o madrileños. “Esta tienda la llevaba mi madre, pero es persona de riesgo y tuvo que dejarlo”, explica su hijo. “Ahora, somos yo y mi mujer los que la regentamos, pero no vendemos nada”.

Natán abre pocas horas y gana 15-20 euros al día. Beatriz Donlo EL ESPAÑOL

Su situación es crítica: pagan un alquiler reducido –y gracias– y al día ganan entre 15 y 20 euros. “Imagínate. Al mes, no nos da ni para pagar un sueldo”, lamenta. Por eso se han planteado hasta cerrar. Saben que no pueden aguantar demasiado tiempo así. “Es imposible. Esperamos que la vacuna nos salve o lo que sea. Si no...”, finaliza, enigmático.

Es la tónica general de todas las tiendas de la Plaza Mayor. Luis, aunque no quiere dar la cara, sí se ofrece a hablar con este periódico. “Me obligaron a cerrar en marzo, pero tuve que seguir pagando todo: alquiler, impuestos… El Gobierno me retrasó los pagos, pero qué hago yo si esto no arranca. No se cubren gastos. He pedido un ICO y aguantaré hasta entonces… Luego, ya veremos. Esto es la ruina total”, reconoce, pesimista.

A su tienda, a las 14:00 horas, no pasa nadie. En circunstancias normales, progresivamente, le irían cayendo turistas progresivamente conforme las mesas de los restaurantes se fueran vaciando. Esta semana, solo, con la luz medio apagada, sin mascarilla, aguarda que alguien se acerque. Gana, como mucho, 15-20 euros al día. Muy poco para afrontar los pagos y comer cada mes.

Tamad ha abierto hace poco. Este lunes sólo ha visto pasar a cuatro compradores. Beatriz Donlo EL ESPAÑOL

Su drama es como el de Tamad, que no se había decidido a abrir hasta hace dos semanas. Él ha visto pasar, este lunes, a cuatro personas por su tienda en toda la mañana. “Nada más. Estoy esperando que salga la vacuna, yo qué sé, lo que sea que haga que esto se reactive. Si no...”, finaliza, también, sin saber cuál puede ver su porvenir.

Sus tiendas penden de un hilo. Necesitan de los turistas, actualmente desaparecidos. En agosto, por ejemplo, la ocupación hotelera no superó el 20% –frente al 65% del mismo periodo del año anterior–. Tanto es así que, de los 400 hoteles que hay en la capital, sólo están abiertos 70. Un verdadero drama que atenta con acabar con el 8% del empleo que crea el turismo. La imagen, ya ven, es fantasmagórica, pero no sólo por lo que se ve, sino también por lo que se puede imaginar qué podría pasar a corto-medio plazo.