Hay cuatro millones de niños que, en junio, cuentan los días para ver a sus compañeros y amigos de campamento. Para irse a Cuenca, Cáceres, Asturias o Jaén; a granja escuelas, campus deportivos o multiaventuras. Sin embargo, el coronavirus, este año, puede que deje a muchos de esos menores sin sus particulares ‘vacaciones’ lejos de la familia. ¿La razón? La primera, el miedo. Muchos padres no se terminan de fiar de que sus hijos pasen dos semanas con desconocidos. La segunda, la económica. Ya saben, ERTEs, casas que no llegan a fin de mes… Qué les vamos a contar que no sepan. Y tercera, la imposibilidad de apuntarlos: se calcula que “el 40% de las empresas organizadoras cancelaran sus campamentos este año”, según reconoce Juan Manuel Fernández, portavoz de este colectivo, a EL ESPAÑOL.

El restante 60% de empresas organizadoras sí los mantendrán, pero lo harán con la mitad menos de menores. “No vamos a ganar dinero. Este verano es para sobrevivir y tratar de mantener el negocio”, cuentan a este periódico. ¿Y qué significa eso? Que cuantos menos niños, menos dinero y, obviamente, menos puestos de trabajo se generan. Desde el Colectivo de Campamentos calculan que se dejaran de crear 110.000 puestos directos. “Más todos los indirectos. Nosotros solemos trabajar en lo que llaman la ‘España vacía’ y esto lo van a notar en los pueblos y localidades donde tenemos las instalaciones”, prosigue Juan Manuel.

Con toda esa incertidumbre y “17 protocolos autonómicos” a la hora de regular las vacaciones de los niños, muchos padres no saben qué hacer y algunos organizadores todavía no pueden garantizar que se vayan a celebrar los campamentos –pendientes de normas o de preinscripciones– o que, como en el caso de Aragón, los gobiernos autonómicos decidan cancelarlos todos. En EL ESPAÑOL hablamos con cinco organizadores para ver cómo se están adaptando a la regulación de las autoridades sanitarias.

Campamentos Cervantes

Primitivo Arcos, dueño de Cervantes, hizo su primer campamento en 2006 en el término municipal de Pedrajas de San Esteban, en el límite entre las provincias de Segovia y Valladolid, en la comarca conocida como Tierra de Pinares. Desde entonces, cada verano, de finales de junio a primeros de septiembre, ha conseguido juntar a 93 niños cada quincena en su instalación multiaventura con capacidad para 115 (equitación, tirolina…).

Sin embargo, este año, diez días atrás, no sabía si iba a poder organizarlo. “No teníamos casi inscripciones, pero, desde entonces, los padres se han ido animando”, explica a EL ESPAÑOL. Y, ahora mismo, al menos, sabe que no va a tener que cancelar sus campamentos. “Sólo nos faltan seis inscritos para la segunda quincena de julio. El resto hay menos...”, cuenta. Eso sí, de grupos más reducidos: la Junta de Castilla y León, conforme a las normas sanitarias, sólo le permite cubrir un 50% de las plazas. “Aunque realmente es un tercio, que es como están limitados los dormitorios”, prosigue. Es decir, entre 35 y 40 niños como mucho, con el correspondiente descenso de personal contratado: de 15 a 7-8.

Una niña monta a caballo en el Campamento Cervantes.

Todos ellos tendrán que llegar con una declaración firmada por sus padres en la que conste que, en los 15 días previos a viajar al campamento, no han tenido síntomas relacionados con el coronavirus o han estado con algún paciente con diagnóstico positivo. A partir de ahí, los monitores les medirán la temperatura mañana y tarde, y no dejarán pasar a ninguno que tenga más de 37,5 grados de temperatura. A esto, se le suman las medidas conocidas por todos: lavarse las manos con frecuencia, usar hidrogeles antes de entrar a cualquier instalación, promover las actividades al aire libre…

Pero también otras menos comunes. Por ejemplo, en el campamento se crearan burbujas de niños. Es decir, habrá grupos de nueve menores acompañados por un monitor que podrán tener un mayor contacto. Y estarán obligados a llevar mascarilla siempre que, con otros grupos del campamento, estén a menos de metro y medio de distancia. En el comedor, por ejemplo, sentándose a la distancia recomendada. “Fíjate que es un espacio habilitado para más de 90 personas y sólo vamos a tener a 35-40”, explica Primitivo.

¿Y si hay un positivo? El niño será acercado al centro médico más cercano y serán las autoridades sanitarias las que decidirán qué hacer. “Yo lo que le digo a los padres es que no se preocupen. Yo también soy padre y creo que es mejor que los niños estén en un campamento, al aire libre, semiconfinados, que en Madrid o en Barcelona, donde tienen más riesgo –salvo que estén metidos en sus casas– de coger el virus”, finiquita.



Imagina Summer Camp (Jaén)

Andrés Bayona gestiona Imagina Summer Camp: tres campamentos (multiaventura, deporte y granja) que, tradicionalmente, se organizan en Bedmar (Jaén) entre julio y agosto. “Tenemos mucha capacidad y, cada verano, pasan por aquí entre 200 y 300 niños (de 7 a 16 años)”, explica. Sin embargo, este verano no sabe si va a poder abrir las instalaciones: “Sólo vamos a abrir si nos sale rentable. Fíjate que, de primaras, tenemos que gastarnos 1.500 euros para poner todo a punto. Sabemos que no vamos a ganar dinero, pero al menos que nos sirva para manteneros. Aun así, si no tenemos niños, no lo hacemos”, reconoce.

Los niños juegan en el campamento de Bedmar.

Pero no pierde la fe. De momento, hay prescritos entre 40 y 60 niños, pero necesita llegar al menos a 100. “Hay muchas familias que se lo están pensando, que están valorando los pros y los contras…”. ¿Su problema? Andalucía todavía no ha establecido una normativa con los protocolos a seguir por pare de los campamentos.

Sin embargo, él está tratando de poner en marcha la instalación con el protocolo que envió el Colectivo de Campamentos al Instituto de la Juventud y al Gobierno. ¿Los prioritarios? Aforo del 50%, grupos burbuja, maximizar la limpieza de las instalaciones, que los niños no compartan nada, que se relacionen lo menos posible entre grupos…

En el comedor, por ejemplo, Andrés no tendrá buffet. “A cada niño se le servirá su plato, así evitamos un posible foco de contaminación...”, explica. Pero también, además de las medidas de temperatura diarias, en el campamento les pedirán que lleven su propia cantimplora.



Abancay tiempo libre

Rubén Martínez, dueño de Abancay tiempo libre y animación, lleva 20 años organizando campamentos tradicionales (con actividades en grupo, gymkana...) y, este verano, en condiciones normales, habría puesto en marcha tres: uno en la sierra norte de Madrid con entre 50 y 60 niños, otro en Pola de Somiedo con 150 y un último en Pintueles con otros 50 (estos dos últimos en Asturias). “Nosotros tenemos la suerte de que contamos con familias muy fieles, que reservan en enero-febrero y, aunque tenemos algunas plazas disponibles, en general lo tenemos completo”, cuenta el gerente de la empresa de animación.

WhatsApp Image 2020-06-17 at 17.01.13

Pero Rubén, este verano, no sabe si va a poner en marcha los tres. “Tenemos un problema en Asturias porque, a día de hoy, todavía no han sacado una normativa. Y lo que nos llega, de momento, es poco alentador: regulaciones muy estrictas, aforo de menos del 50%… Por eso no sabemos si los vamos a organizar”, explica.

En función de eso, Rubén tiene dos opciones. La primera, decirle a más de la mitad de las familias que hicieron la inscripción en enero que sus hijos no van a ir; y segunda, cancelar el campamento al completo. “Por responsabilidad con esos padres, posiblemente, haríamos eso, pero estamos pendientes de las regulaciones y a ver… Lo que está claro es que hay una diferenciación entre territorios que, en este caso, nos perjudica”, cuenta.

Su suerte es que Madrid sí ha hecho pública su normativa y va a poder celebrar su campamento en la sierra, en Collado mediano, con los protocolos sanitarios que llevan a cabo el resto de empresas que han hablado con EL ESPAÑOL: uso de mascarilla, medición de temperatura, limpieza, aprovechar los espacios al aire libre, mantener la distancia…

Eso sí, para poder acoger a todos los niños va a tener que organizar el campamento en una instalación con el doble de capacidad, con lo que eso supone en lo económico. “Llevamos en ERTE desde el 23 de marzo y, ahora mismo, hemos pedido préstamos a los socios… Este verano trataremos de sobrevivir”.

Imagina cosas divertidas

Julio Martínez, dueño de Imagina cosas divertidas, ya ha sacrificado parte de su negocio: los 18 campamentos urbanos donde reunía a 250 niños a la semana en diferentes urbanizaciones de Extremadura. Pero sí va a mantener la joya de la corona, Aldealix, su campamento al aire libre, recreación de una aldea gala, que se organiza en la comarca de la Vera (Extremadura) y donde tendrá que recudir su aforo: de 150 a 75.

Hasta hace 10 días, no pudo “lanzar las inscripciones” y, a día de hoy, crecen a buen ritmo, pero no lo tiene todo completo. “La primera quincena de julio está al 60% y a partir de ahí las tengo al 40%”, explica. Ahora, se encuentra implementando los protocolos de la Junta de Extremadura –hechos públicos esta semana– para tenerlo todo listo para cuando lleguen los primeros niños. ¿Sus normas? Los de todas las empresas anteriores –todos mantienen los mismos, con independencia de la comunidad.

Los niños se divierten en el campamento Aldealix.

En su caso, por ejemplo, cuando los niños jueguen al fútbol, tendrán que desinfectar el balón antes y después y lavarse las manos; permanecerán en una burbuja (grupos pequeños de nueve menores más un monitor) y todos los protocolos ya comentados en los anteriores casos de este reportaje.

En su caso, con el consiguiente perjuicio económico. “Este año va a ser una carrera de supervivencia. Ya hemos perdido el 60% de la facturación, pero si conseguimos organizar los campamentos, podemos salvar la temporada”, reconoce. Eso sí, con bastantes menos contratos para monitores: “Yo he llegado a crear, entre campamentos urbanos y Aldealix, 58 puestos de trabajo; este verano serán solo 12”, lamenta.

Kid Camp (Madrid)

Kid Camp Los Pinos es un caso singular en lo que a campamentos se refiere: hacen uno en la Escuela Infantil Los Pinos (Madrid) y lo tienen todo completo (80 niños que este año serán 36 por las restricciones de aforo). “Vienen a las siete de la mañana y se van a las 15:30 o 17:00 horas, dependiendo de lo que le venga bien a los padres”, cuenta Mónica Herguedas, coordinadora del campamento.

En su caso, van a crear grupos burbuja y, para las actividades que se hagan en el interior de las instalaciones, asignarán una clase para que, dentro de sus posibilidades, los niños no se crucen ni se junten los unos con los otros. Y seguirán las medidas que marca Sanidad: limpieza de manos, desinfección de los espacios comunes, toma de temperatura todas las mañanas…

Noticias relacionadas