De izquierda a derecha: Nuria, Rosa, Cati y Mónica junto a un retrato de Matías.

De izquierda a derecha: Nuria, Rosa, Cati y Mónica junto a un retrato de Matías. Jaime Susanna

Reportajes

Rosa, tras 13 días buscando el cadáver de su padre por las morgues de Madrid, ha conseguido enterrarlo

Matías Torres murió el pasado 21 de marzo y su cuerpo estuvo en paradero desconocido dos semanas por una cadena de errores de la funeraria Albia. 

7 abril, 2020 02:46

Matías Torres Jiménez ingresó el día 21 de marzo en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Presentaba una bronconeumonía bilateral, fallos multiorgánicos y un fuerte dolor abdominal, es decir, era un posible caso de coronavirus, uno de los más de 130.000 contagiados que ya hay en España. Dos días después Matías murió sin haber pasado por la UCI.

Además de la desgracia que supone de perder a un padre, marido y abuelo en cuestión de días, la familia ha tenido que bregar con una maraña de errores burocráticos que ha mantenido el cuerpo de Matías en paradero desconocido durante casi dos semanas.

Rosa, una de sus hijas, recibe a EL ESPAÑOL en su casa el mismo día que, por fin, han conseguido enterrar a Matías. Han hecho falta infinidad de llamadas y una aparición en televisión para que la funeraria (Albia) y el seguro (Santa Lucía) hayan hecho caso a esta familia del madrileño barrio de Vallecas. Esta es la historia de una larga cadena de errores. Este es el relato de cómo Rosa ha conseguido enterrar a su padre tras buscarlo 13 días por las morgues de Madrid. 

Ingresado por neumonía

Los problemas de salud de Matías venían de lejos. El hombre, de 75 años, había pasado ya un infarto y una grave operación de estómago, según cuenta Rosa. Matías trabajó casi 40 años en una gasolinera que había en la calle Cartagena con la Avenida de los Toreros. Como cuenta su hija, era un “buenazo” y era al primero que llamaban para cubrir turnos cuando alguien faltaba.

A los “58 o 59” años le dieron la jubilación anticipada porque sufrió un infarto y tenía isquemia en las piernas. Pese a ello el hombre había disfrutado de una calmada jubilación. “Hace un mes y poco estuvo hospitalizado por una neumonía. El 13 de marzo fuimos al neumólogo que le dijo que estaba bastante bien. Había sido muy fumador, así que era posible que tuviera EPOC [enfermedad pulmonar obstructiva crónica]”.

Hacía unas semanas que Matías sufría dolor e inflamación en el abdomen. “Podía ser pancreatitis o algo similar”, explica Rosa, que es técnico de laboratorio en la sanidad pública. “El viernes 20 le ve su doctora y nos dice que le ve mal. Le manda un antibiótico y me dice: ‘Prefiero que se quede en casa antes de que coja lo que no tiene”.

Al día siguiente, sábado 21 de marzo, viendo que el dolor abdominal iba en aumento, Matías fue ingresado en el hospital madrileño. “A partir de ahí solo tengo noticias a través de Atención al Paciente. Llamé el domingo y le habían ingresado en IPR (Instituto Provincial de Rehabilitación) de Francisco Silvela. Me dijeron que estaba consciente y sin dolor”.

Sin embargo en unas horas el panorama cambió por completo: “Ese día más tarde hablo con la doctora y me dice que mi padre está en estado crítico y que está con el oxígeno a tope”.

“El lunes por la mañana nos llamaron y nos dijeron que podía ir una persona a verle. Mi hermana, por las circunstancias de su trabajo, había tenido que guardar cuarentena y llevaba sin ver a mis padres un mes. Entonces le dije a mi hermana que fuese a verle”. Esa mañana Matías no estaba consciente y respiraba con ayuda de una máquina. Pocas horas más tarde murió.

Rosa acudió al hospital para recoger sus pertenencias y despedirse de su padre. La supervisora de la planta en un primer momento no la dejó entrar a la habitación. “Yo les dije: ‘Por favor, ¿no me vais a dejar ver a mi padre, que pertenezco a la profesión?’. Finalmente me dejaron pasar”. Para sorpresa de Rosa, el cuerpo de su padre no estaba solo en la habitación. “Había un señor mayor al lado. Estaba con una persona supuestamente muerta por Covid, mientras que a mí no me permitían entrar por si me contagiaba. Entonces, ¿están esperando a que este señor se contagie y muera? Me pareció cruel”.

El relato de Rosa se ve varias veces empañado por lágrimas, pese a que la mujer muestra una gran entereza. El dolor es reciente, hace solo un par de horas que ha enterrado a su padre y aun así ha sacado tiempo para hacer la compra y atender a este periódico. La segunda parte de esta historia es lo que hace que este caso parezca un entremés de Cervantes, pero quitándole la gracia. 

¿Dónde está el cuerpo?

La primera llamada para iniciar los trámites para que entierren a su padre fue a la compañía aseguradora. “Es misma noche me puse en contacto con Santa Lucía, porque mis padres tienen un seguro de decesos de esos que pagas el entierro por 230 veces… Bueno, hablé con ellos para tramitar todo y para que pudieran recoger el cuerpo de mi padre”.

“Al día siguiente hablo con el Hospital y me dicen que el Ejército [la UME, concretamente] se iba a llevar a mi padre si no lo recogía nadie. A mí lo que me dijeron en la funeraria era que se iban a encargar ellos de todo… Me dicen que mi padre está en las cámaras del hospital y que avise a la funeraria para que vengan a recogerlo. Yo llamo a Santa Lucía y les digo que hay que ir a recogerlo, lo normal, ¿no?”.

Bajo este estado de alarma en que, tristemente, las muertes en los hospitales se han multiplicado, si el cuerpo de una persona muerta por Covid-19 no lo recoge nadie, es la UME quien se encarga de llevarlo a la morgue. Por eso Rosa recibió esa llamada del hospital cuando nadie recogía el cuerpo de Matías.

“Yo dejo pasar unos días porque hay una demora en esto, normal. Pasan unos días que no me dicen nada. Entonces llamo a Albia [la empresa funeraria] y me dicen que están con demora. Unos días más tarde me piden el certificado de defunción…”. Los trámites empiezan a eternizarse.

En una de las muchas llamadas que Rosa intercambia con el seguro, descubre que su padre no está en el tanatorio de Móstoles, donde Albia debía haberlo llevado. “Albia me dijo que lo tenían en el tanatorio de Móstoles y Santa Lucía me dice que no, que han llamado ahí y no está. Supuestamente, lo habían recogido del Gregorio Marañón y se lo habían llevado allí. Pues no”.

Al mismo tiempo, Rosa llama a la funeraria municipal, en el tanatorio de la M-30, para preguntar por el expediente de su padre. “Me dicen que no está ahí…”. Es decir, que ni el cuerpo ni el expediente de su difunto padre estaban donde debían. Y lo que es peor, no conocían su paredero.

“Al final llamo a las quejas de Santa Lucía, ya en la desesperación total porque hablo con todo el mundo y nadie me dice nada. Hablé con el 010, con el Ministerio de Justicia y con el Palacio de Hielo. Ya mi hermana consigue que una persona se lo compruebe y le dice que mi padre había entrado el día 29 en la morgue del Palacio y que lo había llevado la UME, porque la funeraria no se había hecho cargo”.

Recapitulemos. Matías murió el día 23, lunes. Hasta el día 29 su cuerpo no salió del Gregorio Marañón porque la funeraria no se hizo cargo del cadáver. Tuvo que llegar la UME para llevárselo a la morgue del Palacio de Hielo. Y todo esto, sin avisar a su familia.

Es en este momento cuando Rosa contacta con el canal Telemadrid y les cuenta su historia. “Se emitió el programa y media hora después me llamó un señor de la funeraria para decirme que iban a recoger a mi padre en el Palacio de Hielo para trasladarlo a sus instalaciones. ¿Ahora sí?”.

Pero ahí no acaba la cadena de errores. “Esta mañana llamo a Albia para preguntarles cuándo va a ser el entierro, qué día y a qué hora. Me dicen que no tienen constancia de ello. Acto seguido llamo al Cementerio Sur y me dicen que tiene fecha para el día 6 a la 1:30. Esta misma mañana me he enterado de que enterraban a mi padre a la una y media. Una descordinación total, es surrealista”.

El entierro de Matías se ha celebrado este lunes en el Cementerio Sur de Madrid con la presencia de solo siete personas. Rosa, Cati, Nuria y Mónica (hija, esposa y nietas, respectivamente) han podido dar sepultura a su familiar tras casi dos semanas peleando contra esta cadena de errores. Tras posar para la foto, Cati no puede evitar emocionarse al observar el retrato de su marido. 

Tras 40 minutos de conversación en el salón de su casa, Rosa concluye su relato con una declaración de intenciones: “Yo voy a denunciar. Nadie va a compensar la pérdida de mi padre, pero yo voy a pedir una compensación que solo puede ser económica, por daños y perjuicios. Lo tengo clarísimo”.

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