Ana María Lajusticia (Bilbao, 1924), a sus 43 años, experimentó, quizás, el primer gran 'drama' de su vida. Le diagnosticaron diabetes tipo II. Tenía un problema. “Su alimentación –como explica en su web– era muy deficiente. Carecía de aportes proteínicos y vitamina C”. Llevaba 20 años metida en un corsé ortopédico con dolores articulares propios de la artrosis. Tenía calambres, forúnculos, infecciones, problemas en la espalda, arritmias, extrasístoles, necesidad de respirar porque se le acababa el aire… Se excedía, además, en la ingesta de hidratos de carbono y las verduras que comía eran pobres en magnesio. Pero, justo en ese momento, dio con la solución. Investigó lo que podía significar en su vida un cambio de dieta y un aporte de magnesio. Funcionó. 

A los 52 años, dejó de usar corsé. Aquello lo superó. Más difícilmente podrá hacer lo mismo ahora. Su hija Conxita, a los 60 años, hastiada y arruinada, soltera y sin hijos, prefirió acabar con todo antes que ser desahuciada por su hermano Manel, propietario de la masía donde había crecido y residido hasta este funesto día –y por la que tenía un litigio con él–. “Ya tienes una casa más y una hermana menos”, le dejó escrito en las paredes antes de morir. ¿El motivo? Ella había sido criada para triunfar en la vida, ser millonaria y trascender. Al fin y al cabo, esa era su tradición familiar, el camino recto a seguir. Pero no lo consiguió y, antes de asumir su caída, decidió poner punto y final. 

Conxita murió exenta de la fama que sí cultivó su madre. Ana María Lajusticia era el espejo en el que se miraban sus seis hijos –de hecho, su empresa, vendedora de suplementos (como colágeno y magnesio), llegó a alcanzar los 11 millones de euros en 2015–. Poco importa que su infancia no fuera la más idílica. Ella, hija de Jesús y Delfina, sufrió las consecuencias de la Guerra Civil. Su padre murió en 1937 y ella empezó a sufrir taquicardias nocturnas relacionadas con la “necesidad de ser buen estudiante”, de sacar buenas notas. Quería contribuir, como fuera, a la economía familiar cuanto antes. Por eso, a los 15 años, se trasladó con su familia a Madrid. Terminó el bachillerato y decidió hacer bioquímica. 

Ana María Lajusticia.

La culpa de que tomara esa decisión la tuvo su abuela. "Si estudias ciencias sólo puedes ser profesor; si estudias Química puedes ser profesora, pero también puedes trabajar en la industria", reconoció en una entrevista con Diario Sur la propia Ana María Lajusticia. Dicho y hecho. Entró en la Universidad. No había prácticamente mujeres, pero ella no dudó. Desde pequeña, había cultivado el gusto por la Ciencia. Su padre le había enseñado Matemáticas cuando era muy pequeña. Ella lo interiorizó y terminó la carrera con éxito. 

Su vida no podía ir mejor. Un año después de finalizar la carrera, se trasladó a Girona para trabajar en las Minas de Osor. Se casó, también, en Cataluña. Concretamente, en Anglès, con Manuel Feliu de Cendra, propietario agrícola -aunque luego se separaría-. Con él tuvo seis hijos: cuatro chicas y dos chicos. Años más tarde, le diagnosticaron diabetes y todo cambió. Se convirtió, de repente, en la ‘reina del magnesio’ con su empresa.

 

“Hubo un grupo de médicos que se dieron cuenta de que los heridos en la Primera Guerra Mundial que estaban recuperándose en balnearios con aguas magnesianas estaban mejor que los que se encontraban en hospitales corrientes (…) Pero ahí quedó la cosa”, explicaba en una entrevista Ana María Lajusticia concedida a El Correo

Colágeno Ana María Lajusticia

Ella, para mejorar su salud, empezó a tomar alimentos ricos en magnesio y a investigar sobre los beneficios que tenía para el cuerpo. Descubrió que la mayoría sufre un déficit del compuesto y empezó a comprar en las droguerías. A los tres años, se pudo quitar el corsé. Fue el principio de su negocio millonario. Le encargó pastillas de magnesio a un farmacéutico de la zona e inauguró su reinado. Ahora, comercializa 30 productos que se venden en Europa y son cada vez más numerosos en América Latina. 

Desde entonces, la han llamado “indocumentada, irresponsable y bruja”. Da igual. En los 50 ya era conocida y en los 60 puso de moda el magnesio. Poco a poco, el imperio comenzó a crecer. En 1992, sus ingresos alcanzaron las 498.486 pesetas. Pero, sobre todo, su segundo gran impulso ha llegado recientemente. En 2014, con la fiebre del running campando a sus anchas, la marca alcanzó los 12 millones de euros. En 2015, última cifra conocida, bajó algo –hasta los 11–, pero siguió con su influencia. 

Ana María Lajusticia. EL ESPAÑOL

Ana María Lajusticia ya no sólo vende suplementos (magnesio y colágeno) para la salud, sino también para deportistas. De hecho, 37 años después de escribir su primer libro, un ‘best seller’ (El magnesio, clave para la salud), publicó El magnesio en el deporte. Toda una declaración de intenciones. Ha expandido su negocio (de mismo nombre y con su cara como logo) al mismo tiempo que ha aumentado su longevidad con una dieta que recomienda en cada una de sus entrevistas: huevo, jamón york y zumo de naranja, pan integral y leche (o té) para desayunar; unas avellanas a media mañana; ternera guisada o pimientos verdes fritos o setas para comer; y pescado (congelado o en lata) para cenar. 

Ese es su ABC. Lo que, durante este tiempo, la ha convertido en ‘reina del magnesio’ y, también, en multimillonaria. Precisamente, eso es lo que no consiguió su hija, lo que la llevó a suicidarse antes de ser desahuciada y mostrar que, en efecto, no pudo cumplir las expectativas. Es más, ni siquiera la buena relación con su hermano.