Madrid, famélica y cansada, el 5 de marzo de 1939, amanece hambrienta, desnutrida y exhausta. Resiste (o cree resistir), entre versos de Alberti y la reverberación del "¡No pasarán!", como lo hace un púgil sin posibilidades cuando se avecina el último asalto. Con la simple exigencia de sobrevivir, cumple su rutina tras tres incansables años de Guerra Civil. Se calienta con leña ante la ausencia de combustible para prender la calefacción doméstica. Tiene frío, mucho frío. Carece, en su escasez crónica, de medicamentos y vendajes para curar sus heridas. Sin fuerzas, sólo alarga su existencia con exiguas raciones de comida. Apenas cincuenta y cinco gramos de lentejas, judías o arroz; a veces, azúcar o bacalao en salazón para abrir y cerrar boca. Pequeños caramelos. Inanición, crisis alimentaria y muerte. Se acerca el final de la contienda. Muchos no lo saben, pero algunos –los principales– ya lo intuyen. 

En la madrugada del 4 al 5 de marzo, el propio Juan Negrín, presidente de la República, desde El Poblet (Alicante), donde el gobierno agoniza, se rinde ante las sospechas del posible golpe del coronel Segismundo Casado. Con ojeras, sin afeitar y los pantalones remangados, exhala las palabras de la capitulación ante el que fuera Ministro de Educación y Sanidad, Jesús Hernández Tomás. “Ya han comenzado las sublevaciones. Ahora ha sido Cartagena y la Escuadra; mañana será Madrid o Valencia. ¿Qué podemos hacer? ¿Aplastarlas? No merece la pena. La Guerra está perdida”. 

Juan Negrín, en lo simbólico, ese día, exorciza el final de la contienda con palabras lapidarias. Hasta entonces, no lo había hecho. Su camino era hincar las rodillas con honor. “La paz negociada, siempre; la rendición sin condiciones para que fusilen a medio millón de españoles, nunca”, esgrimía. Esa era su salida al conflicto. Nunca llegó. La República certificaba su defunción aislada internacionalmente y ahogada en sus ensoñaciones. Había luchado, entre cantos libertarios y anhelos, en un entorno hostil, con Europa germinando la Gran Guerra entre Campos de Concentración nazis y camisas negras italianas. 

Segismundo Casado, en el centro de la instantánea.

Madrid, entre la lírica de la resistencia, había evitado la caída. Lo hizo en 1936, al comienzo; pero también en el Jarama y Brunete. Era la niña bonita de la República y la femme fatal de Franco. Hasta aquel 5 de marzo, cuando todo saltó por los aires. El coronel republicano Segismundo Casado llevaba tiempo orquestando un plan para acabar con el régimen. Lo hizo en colaboración con las redes de espionaje franquistas y la Quinta Columna de Madrid; con el apoyo del socialista Julian Besteiro; con Wenceslao Carrilo, líder de UGT, y padre de Santiago Carrillo; con el anarcosindicalista Cipriano de Mera; y con el general José Miaja. Convenció a sus afines con un imposible: poner fin a la contienda sin derramamiento de sangre. No lo consiguió: enterró la República, pero no taponó los disparos.

No era su pretensión, pero así sucedió. Casado, nacido en la Nava de la Asunción (Segovia) y criado bajo la recta disciplina militar de su padre (capitán de infantería), quería, con el golpe,  pasar a la historia como la persona que puso fin a la guerra de forma pacífica y negociando con Franco. Su aspiración pasaba por dar un final feliz a un relato de terror. Tras la batalla del Ebro, la caída de Cataluña y la sublevación de Cartagena, sólo quedaba Madrid. Por eso fijó su objetivo en la capital, en el gobierno central y en Negrín, al que sólo le quedó el apoyo de los comunistas. 

EJECUCIÓN DEL GOLPE 

El 5 de marzo amanece con las tropas del IV Ejército de Mera acumulándose en la Posición de Jaca, al nordeste de Madrid, preparadas ante las posibles inclemencias. Negrín, sin embargo, a pesar de las sospechas, continúa con sus rutinas y obligaciones. A las 17:00 horas, los miembros del Gabinete se reúnen. Discuten sobre el discurso del presidente del día 6. Se plantean, incluso, la posibilidad de insistir en lograr la paz a través de tres condiciones o garantías. Negrín, entonces, pide llamar a Miaja para que les acompañe. Pero este se niega a acudir. ¿Por qué? Por lo evidente: el golpe del coronel Casado está en marcha. Parte del ejército se subleva ante su ‘jefe’.  

Segismundo Casado y Wenceslao Carrillo, en Londres.

Paralelamente, Casado sale de la Posición de Jaca y se encierra en el Ministerio de Hacienda. Se tumba en la cama. No es capaz de mantenerse en pie. Le duele el estómago. Su marcial estilo de vida y su carácter irascible le generan, en cierto modo, úlceras de estómago. Eso le revienta, pero está acostumbrado. Mantiene el tipo pese a todo. Le duele la tripa, pero no esconde su satisfacción ante lo que está por vivir: su victoria frente a Negrín. Tirado en el colchón, ve llegar a sus colaboradores. Julian Besteiro y Wenceslao Carrillo hacen su aparición, y García Pradas, reconocido anarquista, manda a los suyos a que controlen las emisoras republicanas Unión Radio y Radio España.

En el Ministerio de Hacienda, reunidos, esperan el final los representantes de Izquierda Republicana, Unión Republicana, Partido Socialista y “antinegristas”; y organizadores sindicales de UGT y CNT-FAI. Las tropas de Mera avanzan hacia puntos estratégicos; y los líderes sublevados se reparten los puestos en el nuevo Ejecutivo. Casado nombra a Miaja, tras la negativa de Besteiro, presidente del Consejo Nacional de Defensa, y entrega el resto de carteras quedándose en su poder con la de Defensa. 

A media noche, Casado y Besteiro se dirigen, a través de la radio, a la “España antifascista”. Hablan de la ilegitimidad del Gobierno actual y la buena nueva del Consejo Nacional de Defensa. Horas más tarde, Segismundo, el líder del golpe, el timón de la sublevación, llama al presidente. “Está usted destituido”, le inquiere Negrín. “Mire usted, eso ya no importa. Ustedes ya no son el Ejecutivo, ni tienen fuerza ni prestigio para sostenerse y menos para detenernos… La suerte está echada y no retrocedo”, le contesta Casado. 

Segismundo Casado.

El golpe, en su origen, cumple con el guion establecido. Pero, a partir de ahí, languidece. Negrín se exilia a Toulouse (Francia) y Madrid, hambriento y famélico, se convierte en un campo de batalla. El cambio de poder deviene en una pequeña Guerra Civil en la capital. En una semana, deja 20.000 víctimas –o algunas menos, dependiendo del historiador que lo cuente–. Es el final de la barbarie. Casado y Franco no llegan a un acuerdo para acabar la guerra con una "paz honorable". Es más, el bando nacional no acepta ninguna de las "concesiones" que le habían prometido a Casado si este daba el golpe. Y, antes de que ambas partes pudiesen albergar una postura común, los nacionales entran en la capital. El 1 de abril, el Generalísimo emite el último acta de guerra: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado!". 

Días antes de la capitulación, Casado llega a Toulouse (Francia). Esa es su primera parada. Después, en soledad, se refugia en Inglaterra. Pasa 22 años sin ver a su familia. En 1951, vuelve a reencontrarse con ellos, pasa por Venezuela y fija su residencia, finalmente, en Colombia. A Madrid vuelve en 1961. Se le absuelve por el delito de rebelión, pero camina hacia la vejez sin compatriotas a los que abrazarse. Los nacionales le dan la espalda por republicano y los republicanos no lo aceptan por traidor. Muere de un ataque cardíaco. Nadie quiere acordarse de él. Ni siquiera los diarios, en su último día, le ofrecieron gloria –lo incluyeron en un breve–. 

Así se marchó, con una página exigua en la historia. Su golpe puso fin a la guerra. No cómo él quería ni de la forma que quería. Se fue sin amigos y entre improperios. Para el general José Miaja, uno de sus colaboradores, era un “cuatro caras” (le parecía poco el doble rostro). Para Dolores Ibárruri, la Pasionaria, fue la “alimaña más cobarde y escurridiza que cabe imaginarse”. Y para Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor, “el militar más político y más avieso y más medroso de cuantos profesionales” sirvieron a la República. Así ha quedado su memoria: mancillada por los suyos y obviada por los que fueron, en gran medida, sus enemigos (y ayudantes) a la hora de acabar con la guerra.

*Fuente: El final de la guerra (Paul Preston)