Hacer autostop es legal. Stop. No en las autovías. Stop. Hacer dedo es una especie en extinción porque hace años que se lleva la prisa. Llegar antes al destino se considera más inteligente, pero tardar poco es vivir poco. Ignoramos que es el camino y no el destino lo que hacen al caminante sabio.

Estamos acongojados por la desconfianza que nos provoca las noticias de sucesos y las cuñas publicitarias de alarmas que nos bombardean desde la radio. Me irrita el marketing que nos mete miedo para vendernos alarmas cuando vivimos en uno de los países más seguros del mundo. El miedo es un resorte, pero debería regularse para que no se pueda utilizar para vender algo.

Hacer dedo se pierde, cuando de lo que se trata es de perderse


Esta es una carta de amor al poder del dedo pulgar, el más pequeño de todos. Si lo bajas condenas a tu enemigo a los leones, si lo subes es que estas “guay”, si subes los dos a la vez es mejor que un superlike, y si lo giras a babor o a estribor es que quieres que algo te ocurra.

Hacer dedo humaniza tanto como elegir una carretera secundaria frente a una de esas autovías en las que es fácil quedarse dormido. Piensa en ese instante en el que al bajar la ventanilla le preguntas al autoestopista: “¿A dónde vas?” En ese momento tu vida puede dar un giro repentino. Y si eres tú el que está de pie a la intemperie en la cuneta, en principio, podrías solo buscar que te lleven pero fíjate, no hay nada escrito, porque estás dispuesto a que te lleven en varios tramos, sin una hora fija de llegada y con un destino, digamos... al menos borroso. Todo lo contrario que en esta vida geolocalizada en la que vivimos.

Recoger a alguien también te saca de tu zona de confort pero mucho menos porque tu eres el que embragas. Se cumple el axioma que si no recoges a nadie nunca tampoco harás dedo. Hacer dedo es un guiño a la fortuna. Significa ponerse en manos de San Cristobal (patrón primero de los arrieros, luego de los camioneros y ahora de los conductores) para que te proteja. Y lo creas o no, lo hará.

Hacer dedo te empuja a salir de tu zona de confort. Te obliga a llevar una maleta pequeña, a empacar tu existencia


Todo el mundo tiene buenas historias sobre el autostop. Normalmente buenas. Este verano conocí así a Arna, eslovena, actriz y “vagamunda” que acababa de separarse pero que tenía tatuado en su dedo anular aún un anillo de compromiso. Hablaba todos los idiomas con la facilidad del buscavidas. ¿El autoestopista es un buscavidas o todos los buscavidas hacen autostop?

Otra de estas mañanas de chicharras y sudor diviso a una mujer y paro de inmediato. Se llama María. En cuanto pregunto noto que es porteña y se lo digo. Al ver que reconozco su acento argentino se relaja y se sienta. María tiene 76 años y no puede andar sin su garrota. Hace autoestop para ir al médico. “Un controlito, nada grave, estoy bien” me cuenta. Asombrado pregunto ¿que hace sola yendo al médico? “Mi hija aún no se levantó, teníamos un hotel en Buenos Aires y nos lo ocuparon, tuvimos que malvenderlo... estoy bien... solo voy a un controlito”. La dejo en el Can Misses y María me devuelve una sonrisa que me arregla el día. Cuando la puerta se cierra me siento vacío. Estaba mejor con María en el asiento del copiloto. ¿Cómo sacó a los ocupas de su hotel? Sentí por un momento que María me necesitaba. ¿Y ahora? ¿A donde iba yo?

Cuba e Ibiza son buenos paraísos para el autoestopista. India lo es también. Seguro que hay otros. Hace un año “manejaba” rumbo a Baracoa, por la Autopista Nacional De Cuba de doble sentido y tres carriles (la más grande de la isla), a unos prudentes 90 km por hora (por el estado de la carretera) cuando a medio kilómetro veo a un hombre en medio agitando los brazos. Según me acerco distingo su uniforme y veo que es policía. Enciendo la radio y sintonizo Radio Rebelde con la intención de empatizar. Di por hecho que me iban empapelaban por exceso de velocidad, o simplemente porque había tenido la suerte de llevar un “carro” con aire acondicionado en la Cuba de la escasez. Me para. Bajo la ventanilla y me saluda. Busco los papeles, y le veo que sigue durante un eterno minuto con la mano en la gorra, cuando de repente la baja, me suelta de sopetón. “Nos llevaría mi helmano, a mí y a mi familia...”, respiro aliviado por no ser multado, asiento con la cabeza sin preguntar ni adonde, cuando el poli habanero pega un silbido y aparece una familia completa de mujer, dos hijos y cuñado que en un abrir y cerrar de ojos se suben a mi coche.

Uno recoge por egoísmo. Para conocer a alguien nuevo. Por la curiosidad del quien será. Para soltarle la chapa esa que llevábamos rumiando varias rotondas atrás. Y también para sentirse mejor persona

Para soñar que ligará. Recoge para sorprenderse. Recoge para contarle a un tipo al que tiene cautivo en el asiento del copiloto alguna que otra mentirijilla, exageración sobre uno mismo. Los hay que se inventan profesiones, que se tiran el pisto con sus contactos, los que tienen como coletilla... “nunca cojo a nadie pero a ti te he visto con cara de buen chaval...”

La maldición del conductor es cuando vas en contradirección y ves a alguíen al que te apetecería subir, y conocer, pero quiere ir en dirección opuesta. Yo soy de los que puedo desviar mi camino si eso ocurre. Pero el destino me jugó un día una mala pasada y cuando encontré un cambio de sentido para recoger al autoestopista el coche de delante “me lo levantó”. Si eres, como yo, capaz de variar tu rumbo por tu curiosidad estate muy atento: prohibido dar volantazos.

Me aficioné el autostop con mi padre que recogía gente cuando iba solo y nos contaba sus anécdotas. En aquellas aventuras yo veía a mi viejo como al padre de Indiana Jones. Siempre que viajaba solo subía a alguien. Recuerdo que uno de sus cabreos más sonados fue el día que con 500 km por delante cogió a un hombre a las afueras de Madrid y el autoestopista no abrió el pico en las siete horas que duró el viaje.

Julio Cortazar y su mujer Durante su viaje

Julio Cortazar y su mujer Durante su viaje

Y para finalizar un libro, Los autonautas de la cosmopista (1983). El viaje, escrito y firmado a dos manos, por Julio Cortázar y su mujer, la fotógrafa americana Carol Dunlop, en una furgo Volkswagen Combi a la que bautizaron Fafner (como el dragón de Wagner), durante 33 días entre París y Marsella. Para muchos el libro más loco de Cortazar, los dos estaban enfermos terminales pero ninguno conocía su propia enfermedad, solo la del otro. Los derechos de autor del libro, tanto en su edición en español como en francés Cortazar y su mujer decidieron donarlos al pueblo de Nicaragua, seducidos por las promesas de la Revolución Sandinista. ¿Te imaginas por un momento que Julio Cortazar hubiese parado su furgo hippie a ver tu pulgar rumbo al sur y, con ese acento gangoso, te hubiera dicho... “subite”?