Ana, Dolores, María y Carmen junto a la sede de la asociación de vecinos.

Ana, Dolores, María y Carmen junto a la sede de la asociación de vecinos. Fernando Ruso

Reportajes Defensa personal

Las ancianas boxeadoras de Cádiz: así se entrenan para noquear al machismo

En el barrio de Santa María, las jubiladas reciben clases de pugilismo. Aprenden a defenderse, a la vez que consiguen verbalizar situaciones de maltrato y violencia que han vivido durante su octogenaria vida.

Pepe Barahona Fernando Ruso

Carmen sabe encajar bien los golpes. Los derechazos, las directas, no hanconseguido que bese la lona. De vez en cuando, cuando las fuerzas flaquean, seagarra a las cuerdas, recibe las arengas de los suyos y vuelve a la pugna. Dostumores, la quimioterapia, el fallecimiento de su marido y las horas y horas quepasó limpiando para conseguir un jornal con el que sacar adelante a sus tres hijosya están entre los púgiles batidos. Ahora está jubilada, con 80 años, sin cargas ysigue recibiendo golpes, de los que ya apenas duelen, encima de un cuadrilátero.

Cádiz. Hace frío, o todo el que puede hacer en la costa gaditana. Mientras las olasrompen en el Campo del Sur, unas doce octogenarias entre las que se cuelanalgunas mujeres de menos edad se reparten golpes sin mesura. Algunas contra lasoledad, otras contra el machismo que sufrieron durante décadas, la mayoría para,sencillamente, tumbar al aburrimiento. Derechazos y directas, siempre con mucha guasa. Mientras que unas ejercitan las piernas, otras se reparten los guantes de boxeo para hacer sombras.

Boxeadoras octogenarias

Boxeadoras octogenarias Fernando Ruso

“La primera vez que vi un guante de estos me eché a llorar… de risa”, explicaCarmen. “¡¿Quién me iba a decir a mí hace unos años que acabaría boxeando?!”, insiste la octogenaria, una mujer vitalista, menuda y con el pelo cardado y blanco.

Hace seis años se vio sola en la calle. Algo falló en su cabeza y no recordaba su casa,nada en su entorno. Se puso tan nerviosa que acabó llorando. Una vecina la vio,desconcertada y la llevó a casa. Era la segunda vez que le pasaba algo similar. Añosantes tuvo dificultades para recordar el nombre de su hijo. “Era un coágulo en unavenita en la cabeza”, explica Carmen, que vive sola desde que enviudó. Las clasesde boxeo son, muchas veces, la excusa para salir a la calle y relacionarse con gentecon las mismas aficiones.

Carmen Sánchez, 80 años, viuda. Ha vencido al cáncer en dos ocasiones.

Carmen Sánchez, 80 años, viuda. Ha vencido al cáncer en dos ocasiones. Fernando Ruso

Y ahí está ella. Colocándose los guantes con sus amigas Carmen, Dolores, Manuela,María, Ana, otra Carmen y Ana María. Todas obedecen, espartanas, las indicacionesde Jesús, el entrenador que las hace moverse, estirar los brazos y golpear todo loduro que el cuerpo les permite.

Boxeo, deporte y terapia

“Un día le di un puñetazo a una de ellas y… ¡Qué Dios me lo perdone!”, comentaentre risas Carmen Gelos, una de las veteranas. Escondida bajo varias capas de bufandas, tocas y demás abrigos, responde resuelta las preguntas de EL ESPAÑOL.“Esto es una terapia —subraya—, nos da muchísimo”.

Ya hace un par de años desde que el boxeo se sumó a la lista de actividades queofrece la asociación de vecinos del Barrio de Santa María de Cádiz a sus mayores.Surgió sin más, gracias a uno de los habituales del grupo, Jesús, que ahora hace lasveces de entrenador. Su propuesta fue bien recibida por todos, también por lasalumnas, que jamás imaginaron que terminarían a golpes entre ellas.

“Fue una buena idea, porque aplicando técnicas sencillas, además de mejorar eltono muscular, aprenden cómo zafarse de agresiones y eso les da seguridad parasalir a la calle”, explica el entrenador, un antiguo trabajador de encargado dealmacén ya jubilado pese a sus cincuenta años. Un infarto cerebral y unadiscapacidad lo sacaron del mercado laboral, pero no de los gimnasios, que llevafrecuentando toda su vida. Allí, en el de Issac Manhattan, un espacio en el que sepractica Muay Thai o Krav Maga, aprendió lo que hoy enseña a estas octogenarias.

“Las artes marciales son una excusa para que ellas se muevan, para que fortalezcanlas articulaciones, pero siempre les insisto lo mismo: si alguien le saca una navaja,mejor que le entreguen todo lo que les pidan y no se resistan”, zanja Jesús.

Manuela Aragón recibe instrucciones de Jesús para protegerse ante una agresión.

Manuela Aragón recibe instrucciones de Jesús para protegerse ante una agresión. Fernando Ruso

El entrenador señala a Manuela y María como sus alumnas más aventajadas. Laprimera es la benjamina; la segunda es portentosa, alta y fuerte. Las dos destacan,más que por sus golpes, por la guasa. “Ahora les estaba comentando a lascompañeras lo mucho que me reí ayer con el cuarteto ‘Los tres’, tienen esa gracia,ese ‘age’ de Cádiz, que sacan un chiste de cualquier tontería”, comenta MaríaTorres. 74 años y vecina del barrio de La Viña, epicentro de los ensayos delcarnaval de Cádiz. “De la calle San Vicente —apunta—, de donde nació elcomparsista Antoñito Martín”.

Los días de concurso en el Falla, María se acuesta tarde. Vive sola y ve sola lasactuaciones de las comparsas, las chirigotas, los coros o cuartetos. La final tambiénla vio sola. “No me hace falta nadie —se consuela—, yo misma me jaleo y meentono”. Es animosa y nunca evita una broma con una compañera.

“El boxeo es un cachondeo”

“El boxeo es un cachondeo”, advierte casi antes de empezar la entrevista. “Una sepuede agachar, otra no; una se mueve mejor, otra más lenta; las hay que golpeanmás fuerte, pero todas le ponemos mucha voluntad”, explica.

—¿Y qué se le da mejor a usted?

—¿A mí? Ir a ver al Cádiz en el Carranza todos los domingos. Eso me lo quita todo.

Explica María que el boxeo es la excusa para verse con el resto de púgiles. “Aquíhablamos de todo; y lo que aquí se dice, aquí se queda”, confirma.

Ana Franco, 72 años y vecina del barrio de Santa María de Cádiz.

Ana Franco, 72 años y vecina del barrio de Santa María de Cádiz. Fernando Ruso

El espacio en el que entrenan es un lugar de confianza. Hablan de sus vidas, de lomucho que pasaron en su infancia, en su juventud y, en muchos casos, de lotormentosas que fueron sus vidas de casadas. La mayoría viudas, gracias a estaintimidad generada, han conseguido verbalizar situaciones de machismo, demaltrato, de violencia.

“Eran esclavas de sus propios maridos, no todas, pero sí muchas; las víctimas decontroles enfermizos, de dependencias, económicas y afectivas”, explica JoséAntonio Migueles, Pepe, el profesor que atiende otras cuestiones más allá delentrenamiento de boxeo. Él, profesor jubilado, se ha ganado la confianza de suspupilas. Es el gurú al que todas recurren. La persona que les ha abierto unaventana al exterior. Alguien a quien respetan todas y que impone orden cuandoempiezan a aflorar las coplillas de carnaval.

Una excusa para la liberación

“Esto es una liberación para ellas, es darle respuestas a aquello que no saben,también a sus necesidades; fomentamos el autocuidado del grupo”, puntualizaPepe.

María estuvo 17 años cuidando de su marido, encamado por una graveenfermedad. No salió de casa en todo ese tiempo. Su marido no consentía quealguien que no fuese ella lo atendiera. Las comidas, los baños, las curas. Enviudóhace ocho años. “Ahora es cuando estoy viviendo”, sentencia.

“Ahora es cuando estamos disfrutando de una libertad que antes no tuvimos”,asegura María. “Yo no me podía poner bañador para ir a la playa —explica—, eso era impensable. Ni escote. Y ahora voy a la Caleta, con mi bañador, cómo no”.

Dolores practicando una técnica de luxación con su instructor.

Dolores practicando una técnica de luxación con su instructor. Fernando Ruso

En otros casos, el grupo fraguado en la asociación de vecinos del barrio de SantaMaría ha sido la medicina con la que superar depresiones o situaciones de agobioeconómico. Manuela Aragón, la benjamina, relata ahora desahogada la que fue lasituación más dramática a la que se ha enfrentado en su vida: la separación del quefue su marido. “Antes no era capaz de decírselo a mi familia, porque me dabavergüenza. Me pasaba los días llorando”, explica a sus 64 años Manuela, alumnaaventajada.

—Manuela, si se cruzara con un chorizo que le sacara una navaja, ¿cómoreaccionaría?

—Me da pánico pensar en que me puedan atracar en la calle. Y ojalá que no tengaque vivirlo. Aunque sé que ahora puedo estar más preparada. No para plantarlecara, por supuesto, pero sí hablamos mucho de las cosas que hay que hacer en esassituaciones. Hay que saber responder. Hay que saber evitar los golpes. Y noponerse nerviosa.

Mientras que habla con los periodistas de EL ESPAÑOL, Manuela marca variosmovimientos de defensa con los que zafarse de agresiones. Y se le ve convencida.“¡Ay, si hubiese conocido esto hace doce años!”, se lamenta. “La separación fue muy traumática, confié en él y se quedó con todo, me vi en la calle sin nada”, recuerda Manuela. “Era dependiente, y no solo económicamente, no sabía ir a los sitios sin él”, explica. “Lloraba y lloraba cada vez que tenía que arreglar un papeleo—insiste— , estaba sola. Si me pilla ahora, con todas las mujeres que tengo alrededor…”.

A golpes contra la soledad

La depresión a Manuela le duró años. Hasta que un día pasó por la puerta de laasociación de vecinos y se decidió a preguntar el motivo del jaleo. “El día que le dijea mi hija, Eva, de 38 años, que iba a boxear no podía parar de reír”, recuerda. “Me dijo que siguiese adelante; que me iba a hacer bien. Y así fue”.

Aún recuerda el primer día que se enfundó los guantes. “Parecía de película”,apunta riéndose. “Más allá del grupito que hemos hecho —apunta Manuela—, en elque nos apoyamos unas en otras, el boxeo nos da seguridad”. “Mi cambio ha sidobrutal, algo radical”, zanja.

El grupo se reúne tres días en semana. Algunas solo salen a la calle para esa cita.Poco más. A Dolores, de 77 años, le gusta andar. Enviudó hace once años. No tuvohijos. Sí tiene sobrinos de sus cinco hermanos. Solo que quedan dos. Y rara vezrecibe visitas en casa. “La gente va a lo suyo”, lamenta. “Me quieren mucho, pero esnormal, la gente tiene mucho por hacer”, insiste tratando de descargarresponsabilidades a los demás.

El grupo de mujeres en el Barrio de Santa María, junto a los monitores José Antonio y Jesús.

El grupo de mujeres en el Barrio de Santa María, junto a los monitores José Antonio y Jesús. Fernando Ruso

“Menos mal que tenemos este grupito”, apunta. Dolores, aunque torpemente, semaneja en WhatsApp. Aunque allí no haya muchas compañeras de cuadrilátero.“Nosotras somos más de llamarnos por teléfono”.

—¿Fijo?

—¡Claro!

“Nos cuidamos, estamos pendientes unas de otras, quedamos para salir, para ir deviaje… siempre estamos para lo que se nos pide”, detalla Dolores. “Y con el boxeo levamos comiendo horas al día”.

—¿A qué le pegaría un derechazo?

—A la soledad.