Jesús Suárez

Jesús Suárez El Español

Opinión

El día que A Coruña corre al ritmo del corazón

El comunicador Jesús Suárez dedica unas palabras a la gran cita que se celebra hoy, sábado, en A Coruña: la carrera ENKI

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Hay carreras que se ganan llegando primero. Y hay otras, mucho más importantes, que se ganan consiguiendo que nadie se quede atrás.

Este sábado, 17 de octubre, A Coruña volverá a vivir una de esas jornadas que deberían hacernos pensar en qué clase de sociedad somos y, sobre todo, en qué clase de sociedad queremos convertirnos. La Carrera ENKI celebrará su decimotercera edición. Miles de personas recorrerán nuestras calles, pero lo verdaderamente extraordinario no estará en sus piernas. Estará en lo que llevan dentro.

Y a mí, que la vida me ha enseñado a conocer el mundo de otra manera, hay algo en esta carrera que me conmueve especialmente.

Porque sé lo que significa encontrarse con una barrera que los demás ni siquiera saben que existe. Sé lo que supone depender de una mano, de una voz, de alguien que comprenda que hay cosas aparentemente sencillas que para otros pueden convertirse en una auténtica odisea.

Y también sé que lo más doloroso de una discapacidad no siempre es aquello que te impide hacer tu propio cuerpo. A veces es descubrir que el mundo ha sido construido sin pensar demasiado en ti.

Por eso ENKI me parece mucho más que una carrera.

Me parece una hermosa manera de decirnos que nos estamos equivocando cuando confundimos la igualdad con tratar a todo el mundo de la misma forma. Porque no todos partimos del mismo lugar, no todos tenemos las mismas posibilidades y no todos encontramos el mismo camino despejado.

Y, sin embargo, todos tenemos exactamente el mismo derecho a recorrerlo.

Este año, la organización ha elegido un lema que encierra una verdad inmensa: «Mucho por correr». Y tiene razón. Porque hemos avanzado, naturalmente. Pero todavía queda demasiado por hacer para que la inclusión deje de ser una palabra bonita y se convierta en algo tan cotidiano que ya no necesitemos hablar de ella.

La carrera reunirá a miles de personas en un recorrido de aproximadamente dos kilómetros y medio, con obstáculos adaptados, disfraces, familias, niños, mayores y personas con diferentes capacidades. En la edición anterior participaron más de 15.000 personas. Para esta nueva cita ya se habían superado los 14.000 inscritos semanas antes de celebrarse.

Pero a mí las cifras me importan relativamente poco.

Me importa imaginar a un niño que por primera vez puede participar en una actividad deportiva sin sentirse diferente. Me importa pensar en unos padres que, durante unas horas, pueden contemplar a su hijo disfrutando de algo que tantas veces parecía reservado para los demás. Me importa esa persona que lleva años escuchando lo que no puede hacer y que, por una tarde, encuentra una ciudad dispuesta a preguntarle qué necesita para hacerlo.

Porque detrás de cada discapacidad hay una persona. Con sus sueños, sus miserias, sus virtudes, sus ganas de vivir, de equivocarse, de enamorarse, de trabajar, de divertirse y de ser feliz.

Exactamente igual que cualquiera.

No necesitamos que nos conviertan en héroes por levantarnos cada mañana. Tampoco necesitamos que nos contemplen con esa ternura incómoda que a veces se parece demasiado a la lástima.

Necesitamos oportunidades. Necesitamos autonomía. Necesitamos que se nos mire a los ojos, aunque algunos ya no podamos devolver esa mirada.

Y necesitamos, especialmente, que nuestros hijos crezcan comprendiendo algo que debería enseñarse mucho antes que tantas otras cosas: que una persona no vale menos porque su cuerpo funcione de otra manera.

Quizá ahí esté el mayor triunfo de ENKI.

En esos niños que corren juntos sin preguntarse quién tiene una discapacidad. En esa naturalidad maravillosa con la que la infancia acepta las diferencias hasta que los adultos empezamos a enseñarles a distinguirlas. En descubrir que una silla de ruedas, un bastón blanco o una prótesis no deberían determinar hasta dónde puede llegar una persona.

Me gustaría que quienes participen este sábado se llevaran algo más que una fotografía, una camiseta o una tarde divertida.

Me gustaría que, cuando regresen a sus casas, se preguntaran cuántas personas siguen encontrando dificultades para acceder a un empleo, disfrutar de un concierto, practicar deporte o simplemente caminar por una acera.

Porque la inclusión no puede durar solamente una tarde de octubre.

Tiene que estar presente el lunes siguiente, cuando alguien busque trabajo. El martes, cuando una persona con discapacidad intente utilizar un servicio público. El miércoles, cuando un niño necesite que su colegio comprenda sus necesidades. Y todos los días en los que alguien tenga que pelear por algo que para los demás resulta absolutamente normal.

He aprendido que perder la vista no significa perder la capacidad de emocionarse. Al contrario. A veces pienso que hay sentimientos que se vuelven más intensos cuando uno deja de percibir el mundo a través de los ojos.

Y hay algo profundamente emocionante en imaginar a toda una ciudad corriendo junta, sin que importe quién llega primero, quién necesita ayuda o quién tarda un poco más.

Una ciudad que, durante unas horas, entiende que el éxito no consiste en adelantar al que tenemos delante, sino en conseguir que también pueda avanzar.

Quiero reconocer el trabajo de la Fundación ENKI, de sus voluntarios, de las familias, de las entidades y de todas esas personas que han conseguido convertir una iniciativa deportiva en uno de los acontecimientos humanos más hermosos de A Coruña.

Porque organizar una carrera está muy bien.

Pero conseguir que miles de personas comprendan, aunque sea por un instante, lo que significa ponerse en el lugar de otro, tiene un valor incalculable.

Este sábado habrá risas, disfraces, harina, obstáculos y miles de zapatillas golpeando el asfalto coruñés.

Habrá gente que corra, gente que camine y gente que necesite la ayuda de alguien para avanzar.

Y ojalá, cuando todo termine, hayamos comprendido que la verdadera carrera comienza precisamente entonces.

Cuando desaparecen los dorsales.

Cuando las calles recuperan su aspecto habitual.

Cuando cada uno regresa a su vida y tiene la oportunidad de demostrar si ha entendido realmente lo que significa la palabra inclusión.

Porque yo no sueño con una sociedad en la que las personas con discapacidad tengamos que demostrar constantemente nuestra capacidad para superar obstáculos.

Sueño con una sociedad que deje de colocárnoslos delante.

Y quizá algún día, cuando hayamos recorrido todo ese camino que todavía nos queda, ya no necesitemos celebrar una carrera para recordar que todos tenemos derecho a participar en la vida.

Hasta entonces, que corra A Coruña.

Que corra por quienes pueden hacerlo y por quienes no. Por quienes necesitan una mano y por quienes todavía tienen que aprender a ofrecerla.

Y que nadie se equivoque.

Este sábado no se trata de llegar a la meta. Se trata de conseguir que algún día todos podamos elegir nuestro propio camino.